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El peso de la prueba

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Cuando Stern volvió a la cocina, Marta acababa de colgar el teléfono.

– ¿Cómo está tu hermana? -preguntó Stern.

– Inquieta. Parece haber mucha tensión. Dijo que John declaró ante el gran jurado la semana pasada.

– Eso tenía entendido. Hoy he hablado con Tooley.

Marta pidió que le resumiera la declaración de John. No había querido preguntárselo a Kate.

– Mi conversación fue como todas las que entablo con Mel. Muy vaga. Insistió en decirme que no había estado presente en la sala… como si yo pensara que podría estar presente. Pero parece que todo anduvo como esperábamos. John culpó a tu tío: Dixon había dado órdenes, John obedeció sin tener idea de lo que significaban.

– Vaya.

– Sí. Vaya.

– ¿Y la caja de seguridad?

– No la tengo -contestó Stern.

– ¿Has tenido noticias del tío Dixon?

– Ni una palabra.

– ¿Sabes qué se propone?

– A veces se me ocurre algo. Pero estoy desconcertado.

– Le anunciaste que presentarías esa moción, mañana, ¿verdad? ¿Para renunciar?

– En efecto -dijo Stern.

– Será mejor que lo hagas. Tienes que distanciarte de él. Esa mujer, Sonia o como se llame, va a pedir tu cuero cabelludo. Y tal vez la juez Winchell se lo entregue.

– Sí -dijo Stern.

También lo había pensado.

– ¿Qué haremos?

– Ya veremos. -Stern se acercó a su hija y la abrazó-. Ve a ver a Kate. Menciónale tu mudanza. Sin duda estará encantada.

– ¿Y tú? ¿De verdad que no te molesta tener de vuelta a tu hija chiflada?

Stern le dio un beso. Pensó en Peter, John y Kate. En Dixon. Clara.

– Estarás en tu casa -dijo.

43

No eran las siete cuando Stern llegó a la oficina el martes por la mañana. Le había dejado una nota a Marta, donde le sugería que fuera a verlo por la tarde para organizar su presentación ante el gran jurado. La oyó llegar tarde esa noche, pero no se había levantado para saludarla. Podía pasar otro día sin recibir noticias de Kate y John.

Al entrar, le pareció oír un ruido. Se detuvo ante la puerta de su oficina, que habitualmente estaba cerrada con llave pero ahora se hallaba entornada. La abrió de par en par y vio a Dixon dormido en el sofá color crema. La oficina apestaba a cigarrillo y otros efluvios.

Al lado, sobre la moqueta, estaba la caja de caudales.

Stern se acercó en silencio al escritorio. Trabajó allí un cuarto de hora hasta que llamó un cliente, el acusado en el caso del vertedero, un sujeto barrigón llamado Alvin Blumberg. Alvin era culpable y estaba paralizado de miedo; quería algo que no le podían dar: la promesa de quedar libre. Stern escuchó las quejas de Alvin, que criticó a sus fiscales, socios y esposa. Al cabo de un tiempo lo interrumpió para decirle que le presentaría a Sondra y pasó la llamada. Dixon estaba incorporándose, desperezándose, frotándose los ojos. Llevaba una camisa de algodón y pantalones de pinzas, una gruesa cadena de oro le colgaba del cuello. Se tocó los bolsillos de la camisa buscando cigarrillos.

– ¿Qué hora es?

Stern se lo dijo.

– Tengo que llamar a Silvia. ¿Te importa?

Stern empujó el teléfono hacia la esquina del escritorio y Dixon llamó a la esposa: había ido a la oficina de Sandy, tenía que examinar unos documentos, había pasado toda la noche allí.

– Está aquí. Me encontró dormido. Pregúntaselo. Me encontraste dormido, ¿verdad? -Dixon volvió al teléfono. Stern, reacio a verse envuelto con Dixon y sus excusas para una noche pasada en otra parte, masculló por el auricular que Dixon estaba dormido cuando llegó- ¿Ves? -dijo Dixon, y luego le recitó su horario del día, cada reunión, cada persona a quien debía ver-. Te quiero -dijo Dixon antes de despedirse.

Estaba moreno, con la barba crecida, y se le aflojaban las carnes bajo la mandíbula. El cabello ondulado empezaba a clarear. La edad lo estaba alcanzando. Pero Dixon aún concentraba todo su interés en sus charlas con Silvia. En sus años de decadencia Dixon y Silvia mantendrían esa feliz fijación mutua, socorridos, sin duda, por la inevitable disminución del interés de Dixon en otras aventuras. Este reconocimiento turbó a Stern: por perversa o inmadura que fuera la vida emocional de Dixon, no mentía cuando le decía a Silvia que la quería. Después de su descubrimiento del domingo, Stern había pensado que presenciar esta conversación, como lo había hecho a menudo a lo largo de los años, lo habría enfurecido, pero sólo sintió un aguijonazo de ausencia, languidez, envidia: su propia esposa se había ido.

– ¿Quieres desayunar? -preguntó Dixon, colgando el teléfono.

– ¿Qué me has traído, Dixon?

– ¿No querías la puñetera caja? Pues aquí la tienes. ¿Estás contento? ¿Se acabaron los problemas?

– El gobierno también pide una declaración jurada mía, afirmando que no se ha alterado el contenido.

– Pues dales la declaración jurada.

– ¿Cómo podría hacerlo?

– ¿Quieres ver lo que hay dentro?

– Todo lo contrario. Me limito a remarcar un hecho.

– Quiero que mires.

La caja estaba frente a él, y Dixon hizo girar la llave. Metió la mano y arrojó un papel sobre el cristal del escritorio. Era el cheque de Dixon, plegado en cuatro, el que había redactado para cubrir el déficit de la cuenta Wunderkind. Stern buscó las gafas y fingió que estudiaba el documento.

– ¿Nada más?

– ¿Sabes qué mierda estás mirando?

Dixon había renunciado a sus modales civilizados. Ahora se mostraba él mismo: brusco y procaz.

– Creo entender la importancia del cheque, sobre todo para el gobierno. -Si entregaban sólo esto, Sonny Klonsky acusaría a Stern de más mala fe, de modificar el contenido de la caja según los conocimientos del gobierno. Desde luego, quedaría un rencor más entre ellos: ella nunca podría contar a Sennett lo que había revelado-. Por lo visto el gobierno cree que hay documentos de la cuenta en alguna parte.

– ¿Hay? -preguntó Dixon con una mirada socarrona, enfatizando el tiempo presente.

– Eso sería una estupidez, Dixon.

– Bien, estoy de acuerdo. Estaba preparando una fogata y luego me arrepentí, pero sólo pude salvar esto. -Señaló el cheque-. No se quejarán. Tendrán mi cabeza en bandeja de todos modos, si llegan a conseguir esto.

– Siempre que no tengan ya este cheque -objetó Stern.

– ¿Dónde iban a conseguirlo?

– Desde luego, es posible que las citaciones para el banco estuvieran destinadas a conseguirlo.

Dixon analizó la idea y luego pasó a lo evidente: ¿por qué molestarse con la caja si ya podían demostrar que Dixon controlaba la cuenta Wunderkind? Una táctica, explicó Stern. Si encontraban pruebas de que Dixon retenía documentos demostrarían su actitud culpable.

– ¿Quieres decir que he caído en la trampa? -preguntó Dixon.

– Es muy probable -admitió Stern, cruzando las manos, absolutamente sereno.

Nunca había actuado mejor. Dixon se acarició la barbilla en ademán pensativo. Suspiró, se rascó la nariz, meneó la cabeza.

– Crees que debería declararme culpable, ¿verdad? Eso dijiste la última vez.

– Cuando se es culpable, esa posibilidad siempre merece una seria consideración.

– ¿Qué me pasará? ¿A qué trato puedes llegar?

– Lo habitual es intentar comprar la libertad. Negociar por una elevada multa y un período más corto de prisión.

– ¿Cuánto tiempo?

– ¿En la actualidad? Con las tendencias federales en la materia, unos tres años.

– ¿Y cuándo me dan libertad condicional?

– Ya no hay libertad condicional en el sistema federal.

– Dios mío.

– Es muy duro.

– Y yo que voté a los republicanos -suspiró Dixon. Sonrió rígidamente- ¿Cuánto tengo que darles para conseguir los tres años?

– Sólo podemos hacer estimaciones, Dixon. Millones, sin duda. Sólo Dios sabe cuánto querrá pedir Stan Sennett. Tal vez un amplio porcentaje del valor de tu interés en MD. Será muy caro.

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