Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
«¿Entiendes lo que es una prueba forense, muchacho?» fueron las palabras que abrieron de par en par la puerta a la confesión, porque una confesión era lo que la Policía quería obtener de esos chicos; es una confesión lo que la Policía quiere de todos los criminales. Después del arresto de los chicos, se recogieron los uniformes de la escuela, los zapatos y la ropa de abrigo para su examen; más tarde, las pruebas obtenidas de estos artículos no sólo les situaban en la obra abandonada de Dawkins, sino también en compañía de John Dresser en los terribles momentos finales del pequeño. Los zapatos de los tres chicos presentaban salpicaduras de sangre del niño; fibras de sus ropas fueron recogidas no sólo en el mono azul de John, sino también en su pelo y en su cuerpo; las huellas dactilares de los tres estaban en el secador de pelo, en una tubería de cobre de la obra en construcción, en la puerta del lavabo portátil, en el asiento del váter y en las pequeñas zapatillas blancas de John. El caso contra ellos se abrió y se cerró, pero en los primeros interrogatorios, la Policía, por supuesto, no podía saber eso, ya que las pruebas aún no habían sido analizadas.
Tal como finalmente entendió la Policía y tal como convinieron los asistentes sociales, una confesión de los tres chicos serviría a varios propósitos. Por una parte, activaría la recientemente aprobada Ley de Desacato en la Corte, poniendo fin de este modo no sólo a las crecientes e histéricas especulaciones de los medios de comunicación en relación con el caso, sino a cualquier posibilidad de que detalles perjudiciales para el juicio fuesen filtrados a la opinión pública. También permitiría que la Policía centrase su atención en construir cualquier tipo de caso contra los chicos que intentara presentar ante los fiscales de la Corona. Proporcionaría, a su vez, el material necesario a los psicólogos para que llevasen a cabo una evaluación de los chicos. La Policía, en conjunto, no consideró el valor de una confesión como algo que correspondiese a la curación de los chicos. Para todo el mundo resultaba evidente que había «algo profundamente malo en todas las familias» (palabras del superintendente Mark Bernstein en el curso de una entrevista celebrada dos años después del juicio), pero la Policía no consideró que fuese su obligación aliviar el daño psicológico y emocional causado a Michael Spargo, Ian Barker y Reggie Arnold en sus propios hogares. No hay duda de que no se les puede culpar por ello, a pesar del hecho de que la naturaleza demencial del crimen revela una profunda psicopatología en todos ellos. Porque la tarea de la Policía era llevar a alguien ante la justicia por el asesinato de John Dresser y, de este modo, aportar algo de consuelo a sus desconsolados padres.
Como se podría sospechar, los chicos comenzaron por acusarse mutuamente una vez que se les informó de que el cadáver de John Dresser había sido localizado y de que, en las proximidades del lavabo portátil se habían encontrado desde huellas de pisadas hasta materia fecal y que los criminólogos analizarían estas pruebas que, sin duda, estaban relacionadas con los secuestradores del pequeño. «Fue idea de Ian que nos llevásemos al crío», son las palabras de Reggie Arnold, quien dirige su grito no al Policía que le está interrogando, sino a su madre, a quien le dice: «Mamá, yo nunca, nunca me llevé a ese crío». Michael Spargo acusa a Reggie, e Ian Barker no dice nada hasta que le informan de la acusación de Reggie, y en ese punto dice: «Yo quería ese gatito, eso es todo». Los tres comienzan a protestar y a decir que ellos no le hicieron daño a ningún bebé. Michael es el primero en admitir que ellos «quizás le llevaron fuera de Barriers para dar un paseo o algo, pero sólo fue porque no sabíamos de dónde era».
A los tres se les insiste para que digan la verdad. «La verdad es mejor que mentir, hijo», le dice varias veces a Michael Spargo su entrevistador. «Tienes que hablar. Por favor, cariño, tienes que hablar», le dice su abuela a Ian Barker. Reggie es aconsejado por sus padres: «escúpelo, ahora, como algo malo que tienes en el estómago y debes eliminar». Pero toda la verdad es algo abominable que los chicos temen abordar. Sus reacciones ante tales requerimientos ilustran cómo se resisten a hablar.
Capítulo 18
El hombre entró nuevamente con el coche en la finca mientras Gordon estaba dando de beber a los ponis. Diez minutos más y se marcharía a su trabajo en el tejado del Royal Oak. Pero ahora estaba atrapado. Permanecía dentro del prado con una manguera en la mano. Gina le observaba desde de la cerca; esta vez ella no había querido entrar en el prado. Aquella mañana los ponis parecían estar nerviosos. Su valor se había desvanecido.
Por encima del borboteo del agua que caía en el abrevadero, Gordon no oyó el motor del coche cuando el vehículo entró en el camino particular. Gina, sin embargo, estaba cerca del borde del camino y llamó a Gordon con cierto titubeo en el mismo momento en que el ruido de la puerta del coche al cerrarse atrajo su atención.
Él vio las gafas oscuras. Reflejaban la luz del sol como las alas de un murciélago extraviado. Luego el hombre echó a andar hacia la cerca y el movimiento de sus labios le confirmó a Gordon que ese hombre estaba decidido a disfrutar lo que fuese que sucediera a continuación.
– Un día magnífico, querida, ¿verdad? Un poco caluroso, pero quién puede quejarse. En este país tenemos muy pocos días de buen tiempo, ¿no cree? -le dijo a Gina en un tono perfectamente controlado para transmitir una absoluta ausencia de simpatía.
Gina miró a Gordon, una mirada rápida cargada de preguntas que no haría.
– Para ser sincera, me gustaría más que corriese un poco de brisa fresca -dijo ella.
– ¿Eso le gustaría? ¿No puede conseguir que nuestro Gordon la abanique a los postres, cuando los dos están calientes y sudorosos?
El hombre sonrió con una exhibición de dentadura que era tan falsa como todo lo demás en él.
– ¿Qué es lo que quieres?
Gordon lanzó la manguera hacia un lado. El agua continuó saliendo a chorros. Los ponis, sorprendidos por su inesperado movimiento, se alejaron trotando a través del prado. Pensó que quizás Gina entrase en la zona cercada en ese momento -con los ponis a una distancia segura-, pero no lo hizo. Se quedó junto a la valla con las manos apoyadas sobre uno de los postes recién colocados. No fue la primera vez que él maldijo ese trozo de madera vertical y a todos sus congéneres. Pensó que quizá tendría que haber dejado que todos los jodidos postes se pudriesen.
– Qué poco amable -respondió el hombre a la pregunta de Gordon-. Lo que quiero es un poco de conversación. Podemos tenerla aquí o podemos dar un paseo.
– Tengo trabajo que hacer.
– Esto no llevará mucho tiempo.
El hombre hizo un mínimo ajuste a sus pantalones: un leve tirón, un desplazamiento lateral, las pelotas colocadas en una posición más cómoda. Era la clase de movimiento que tenía cien interpretaciones diferentes, dependiendo de las circunstancias y del tío que lo hiciera. Gordon apartó la mirada.
– ¿Qué hacemos, pues, mi amor?
– Tengo trabajo pendiente.