Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
Una larga serie de lecturas históricas, superficiales y anecdóticas, que Pedrito había efectuado en las buhardillas de los hoteles de París, tendido en una cama sucia, olvidando sus deberes de criado o de otra clase, habían modificado sus modales. Si se hubiera visto rodeado de los esplendores de la antigua Intendencia, de sus magníficas colgaduras y muebles dorados dispuestos a lo largo de los muros; si se hubiera hallado bajo de un dosel, hollando una magnífica alfombra roja, probablemente la conciencia de su triunfo y elevación le hubiera hecho muy peligroso. Pero en aquella residencia, saqueada y devastada, con sólo tres muebles ordinarios, colocados de cualquier modo en medio del vasto local, la imaginación de Pedrito estaba cohibida por un sentimiento de inseguridad y peligro de un cambio en la situación. Ese sentimiento y la firmeza demostrada por Carlos Gould, que hasta entonces no había empleado ni una sola vez la palabra "Excelencia", le empequeñecieron a sus propios ojos. Revistióse, pues, del aire de hombre de mundo ilustrado y rogó a Carlos Gould que desechara todo motivo de temor. El administrador de la mina de Santo Tomé -le recordó Pedrito- estaba conversando con el hermano del amo del país, encargado de una misión reorganizadora. "Sí, repitió, el hermano leal del amo del país." Nada más lejos de los planes acariciados por el prudente y patriota héroe que las ideas de destrucción.
– Le suplico a usted encarecidamente, don Carlos, que no se deje llevar de sus prejuicios antidemocráticos- exclamó en un desahogo de condescendencia efusiva.
Pedrito Montero sorprendía a primera vista por el vasto desenvolvimiento de su frente calva, superficie amarillenta y lustrosa, flaqueada por mechones de pelo negrísimo y crespo lanudo, así como por la forma atrayente de la boca y la suavidad inesperada de la voz. Pero sus ojos, muy brillantes, como si hubieran sido recientemente pintados a una y otra parte de la corva nariz, cuando se abrían del todo, tenían la redondez y fijeza inflexible de los de las aves. Ahora, sin embargo, los cerró con expresión afable, alzando su barba cuadrada y hablando por la nariz con los dientes un poco cerrados, a estilo de gran señor, según él creía.
En esa postura, manifestó de pronto que la más alta expresión de la democracia era el cesarismo: el gobierno imperial, basado en el voto popular directo. El cesarismo, conservador y fuerte, reconocía las legítimas necesidades de la democracia que requiere decoraciones, títulos y distinciones, para ser conferidos entre los ciudadanos de mérito. El cesarismo llevaba consigo paz y progreso, asegurando la prosperidad del país. Pedrito Montero se mostró arrebatado de entusiasmo.
– Vea usted lo que el Segundo Imperio hizo por Francia. Fue un régimen que se complacía en honrar a los hombres del tipo de usted, don Carlos. El Segundo Imperio cayó, pero fue porque su jefe estaba desprovisto del genio militar, que había elevado al general Montero al pináculo de la fama y la gloria.
Pedrito levantó la mano para dar más énfasis a las ultimas palabras.
– Tendremos todavía muchas entrevistas y llegaremos a entendernos perfectamente, don Carlos -exclamó en tono amistoso-. El republicanismo ha terminado su misión; la democracia imperialista es la forma política de lo porvenir.
Pedrito, el guerrillero, al revelar sus secretos proyectos, bajó la voz de un modo significativo. Un hombre señalado por sus ciudadanos con el honroso nombre de Rey de Sulaco no podía menos de ser reconocido en todo su mérito por una democracia imperialista, como un gran director del progreso industrial y persona de consejo autorizado, cuya denominación popular debería ser pronto reemplazada por un título más sólido.
– ¿Eh, don Carlos? ¿Cómo no? ¿Qué dice usted? ¿Conde de Sulaco, eh?… o marqués…
Calló. El aire era frío en la plaza, donde una patrulla de caballería daba vueltas y vueltas sin entrar en las calles, repletas de voces y zumbido de guitarras, que salían de las puertas abiertas de las pulperías. Tenían orden de no perturbar las diversiones populares. Y encima de los tejados, cerca de las líneas perpendiculares de las torres de la catedral, la nevada curva del Higuerota tapaba una gran extensión de cielo azul oscuro, frente a las ventanas de la Intendencia. Poco después, Pedrito Montero, metiendo la mano bajo el forro de su chaqueta, inclinó la cabeza con lenta dignidad. La audiencia había terminado.
En saliendo, Carlos Gould se pasó la mano sobre la frente, como para ahuyentar las sombras de una pesadilla, cuya grotesca extravagancia deja tras sí una sutil sensación de peligro físico y depresión intelectual. En los pasillos y escaleras del viejo palacio, los soldados de caballería de Montero pasaban el tiempo en ir y venir de aquí para allá con aire insolente, fumando y obstruyendo el paso a todo el mundo; el ruido metálico de sables y espuelas resonaba en todo el edificio. Tres grupos silenciosos de hombres civiles, en traje negro de severa etiqueta, aguardaban en la galería principal, graves y cohibidos, un poco dispersos, como si al cumplir con un deber oficial estuvieran dominados por el deseo de no ser vistos por persona alguna.
Eran las comisiones que esperaban audiencia. Por encima de la que representaba a la asamblea provincial, mas inquieta y agitada que las demás en su expresión corporativa, descollaba el respetable semblante de don Justo López, fofo y pálido, con párpados prominentes y envuelto en solemnidad impenetrable, como en una densa nube. El presidente de la asamblea provincial, que venía animosamente a salvar el último jirón de las instituciones parlamentarias (según el modelo inglés), apartó los ojos del administrador de la mina de Santo Tomé, en señal de dignificada desaprobación del escepticismo de Carlos con respecto al único principio capaz de evitar la ruina del país.
La tétrica severidad de aquella censura no impresionó al interesado, pero en cambio éste fijó la atención en las miradas que sin expresión hostil le dirigían los demás miembros de la comisión, al parecer con el único fin de leer en su rostro lo que ellos podían esperar de la audiencia. Todos estos señores habían conversado, vociferado y declamado en el salón de la casa Gould. La lástima que le dieron aquellos hombres, prendidos con extraña impotencia en las redes de la degradación moral dominante en el país, no le movió a hacerles indicación ninguna: padecía demasiado por haberlos tenido de compañeros en el mal camino. Sin dificultad atravesó la plaza. El Club Amarillo estaba lleno de perdularios que celebraban el cambio político; y por todas las ventanas asomaban sus cabezas sucias; en el interior resonaban voces ebrias, estrépito de pataleo y rasgueo de guitarras. Todo el suelo aparecía sembrado de botellas rotas.
Cuando Carlos Gould volvió a entrar en su casa, todavía encontró allí al doctor Monygham. Este dejó la hendedura del postigo por la que había estado observando la calle.
– ¡Ah! Por fin le veo a usted de vuelta -dijo en tono satisfecho. -Le he estado diciendo a su señora que la vida de usted no corría peligro, pero no tenía seguridad completa de que ese individuo le dejara marchar.
– Ni yo tampoco -respondió Carlos Gould, poniendo el sombrero sobre la mesa.
– Va a ser preciso que salga usted de su inacción.
El silencio de Carlos Gould pareció admitir que no quedaba otro expediente. No solía ir mas allá en significar sus intenciones.
– Supongo que no habrá usted dicho nada a Montero de lo que piensa hacer -añadió el doctor con ansiedad.
– He intentado hacerle ver que la existencia de la mina está ligada a mi seguridad personal -replicó Carlos Gould apartando a un lado la cara y fijando los ojos en el boceto a la acuarela que pendía de la pared.
– Y ¿le ha creído a usted? -inquirió el doctor con viva curiosidad.
– "Eso Dios lo sabe -contestó Carlos. -Le debía a mi esposa hacer esa declaración. Pero Montero estaba ya bien informado. Sabe que tengo allí a don Pepe. Fuentes ha debido ponerle al corriente de todo. No se les oculta que el veterano oficial de Páez es muy capaz de volar la mina de Santo Tomé sin la menor vacilación ni remordimiento. A no ser por eso, no me hubiera dejado salir de la Intendencia en libertad.