Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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– ¿De qué estás hablando?
– Ya te lo dije otra vez. La mayoría de las mujeres, cuando quieren estimular a un hombre, bueno, tienen la oportunidad de hacerlo y de presentarse atractivas a sus ojos. Tal como puedo hacer cuando estoy en mi casa. Pero ahora no estoy en mi casa, estoy aquí -hizo un gesto vago-en una habitación casi vacía, sin mis efectos personales, sin nada femenino, sin posibilidad de ofrecerte variedad y emoción.
Si tuviera algunas cosas.
– ¿Qué cosas? -le preguntó perplejo.
– Ah, pues, lo de siempre, todas las tentaciones de que dispone una mujer en su tocador. Jabones de olor, colonias, perfumes, maquillaje. -Recogió la falda y se la mostró-. Ropa para cambiarse. Prendas de vestir y prendas interiores sugerentes.
Vine aquí sin estar preparada, con sólo lo que llevaba puesto. Y eso no está bien ni para ti ni para mí.
– Te bastas tú sola. No eres como las sosas mujeres corrientes.
– Llegaré a ser igual que ellas. Ya lo verás.
– Bueno, bueno, Sharon. Ya me encargaré de que consigas lo que quieras si eso te complace.
– Me sentiré más excitante.
– Muy bien, no veo ninguna dificultad. Puedo salir cualquier mañana a comprarte algunas cosas. No tardaría mucho. Hay una ciudad que no está muy lejos.
A Sharon le dio un vuelco el corazón. Esperaba que él no se hubiera dado cuenta. Una ciudad. Una ciudad que no estaba lejos. Entonces no estaban en Los Angeles. Estaban fuera de la ciudad, probablemente en alguna zona aislada, pero no lejos de una ciudad.
– Y hay un centro comercial que está muy bien -añadió él deseoso de complacerla-. Es posible que tengan algo que te guste.
Ella le abrazó con alegría infantil.
– ¿Lo harías, cariño, harías eso por mí?
– Pues claro que lo haré. Es más, mañana por la mañana me encargaré de ello. Deja que me vista. -Se levantó para recoger su ropa-. Será mejor que me digas lo que quieres y lo anotaré en una lista.
– ¡Maravilloso! -exclamó ella batiendo palmas.
Fingió observarle mientras se vestía pero, en su lugar, estaba reflexionando. Aquello podía ser importante, sumamente importante, y tenía que manejarlo a la perfección. Su cerebro iba pasando revista a las distintas prendas de vestir y objetos de tocador, seleccionando algunas cosas y desechando otras.
el encontró un trozo de papel en su cartera, lo partió por la mitad, volvió a guardarse una de las mitades en la cartera y se guardó ésta en el bolsillo de los pantalones. Después se metió la mano en el otro bolsillo y sacó un bolígrafo. Volvió a sentarse a su lado, se apoyó sobre la rodilla el trozo de papel e intentó escribir "Lista de compras" pero no lo consiguió.
– Necesito escribir sobre una superficie lisa -dijo. Dejó el papel y el bolígrafo sobre la cama, se levantó una vez más para buscar algo y al final vio el montón de libros y se dirigió hacia el mismo.
Sharon examinó el bolígrafo.
Tenía grabadas unas pequeñas letras mayúsculas. Leyó. "Compañía de Seguros Everest", decía. Debajo había otras palabras que no consiguió leer.
Levantó la mirada. El tipo se encontraba de espaldas a ella y de cara a los libros que había sobre la mesa del tocador.
Sharon acercó la mano al bolígrafo y le dio la vuelta con los dedos. Pudo leer entonces las demás palabras.
"Howard Yost. Su Agente de Seguros de Confianza", decía.
Volvió a apoyarse la mano sobre el regazo y fingió arreglarse la falda y después la blusa.
Empezó a reflexionar acerca del bolígrafo. ¿Sería suyo o pertenecería a otra persona? “Debía” ser suyo. Claro. El Vendedor debía ser un agente de seguros.
La profesión le sentaba perfectamente bien. El extrovertido, el fanfarrón, el charlatán acostumbrado a vender tenía que ser un vendedor de seguros.
"Muy bien, me alegro de conocerle, señor Howard Yost, grandísimo hijo de puta".
Se encontraba de nuevo sentado a su lado con el papel encima del libro que mantenía apoyado sobre sus rodillas, dispuesto a escribir.
– Muy bien, Sharon, dime lo que quieres que te compre.
A Sharon ya se le había ocurrido una idea. La había ensayado y estaba dispuesta a ponerla en práctica.
– Primero mis medidas. ¿Quieres anotarlas?
– Muy bien.
Ella bajó la voz y le dijo guturalmente:
– Bueno, las medidas básicas son, bueno, noventa y cinco D, sesenta, noventa y tres.
El la miró como para cerciorarse:
– ¿Eso significa?
– Significa una talla de sujetador noventa y cinco D, sesenta centímetros de cintura y noventa y tres de cadera.
– Menuda chica -dijo él emitiendo un silbido.
– Si tú lo dices.
Con la mano libre le empezó a acariciar el muslo pero ella se lo impidió.
– No seas malo. Ahórralo para cuando me haya vestido para gustarte.
– Muy bien -dijo él asintiendo-. Te digo que ya me estoy muriendo de impaciencia. -Volvió a apoyar el bolígrafo sobre el papel-. Sigamos.
– Dale mis medidas a la dependienta y ella sabrá las tallas que me corresponden -le dijo ella aparentando indiferencia-. Ahora te diré lo que necesito, suponiendo que puedas encontrarlo. Mmmm… vamos a ver. Algunas horquillas para el cabello.
Cualquier dependienta sabrá lo que quiero. En la sección de perfumería, bueno, un lápiz de cejas, maquillaje y polvos baratos, barra de labios. Rojo fuerte. Me refiero al carmín. Y polvos traslúcidos.
– Espera -le dijo él esforzándose por anotarlo todo-. Muy bien, sigue.
– Laca para uñas. Roja también carmín. Un perfume almizcleño, una cosa que resulte excitante.
– ¿Alguna marca en especial?
– Bueno, yo uso Cabochard de Madame Grés. Te lo voy a deletrear. -Se lo deletreó lentamente mientras él lo anotaba-. Pídelo, pero no lo tienen en todos los establecimientos.
Si no lo tienen, tal vez puedan encargarlo. De lo contrario, me conformaré con cualquier otra cosa que tú consideres excitante. Ahora, un poco de ropa para cambiarme. Tendrás que buscar una tienda de artículos para señora.
– No te preocupes. Déjalo de mi cuenta.
– Lo haré. En seguida adiviné que sabías desenvolverte. Bueno, nada más que unas cositas. Vamos a ver. Me gustaría un jersey de cachemira o cualquier otra clase de lana suave que no rasque.
Rosa o quizás azul pálido. Una o dos faldas. Ligeras. Y cortas. No me gustan las faldas largas. Algo que haga juego con el jersey, azul tal vez. Confío en tu gusto.
Ahora ropa interior, no suelo usar pero me gustaría que me trajeras algunas cosillas. Vamos a ver -Se humedeció los labios con la lengua-. Un sujetador de encaje.
– ¿Para qué necesitas el sujetador? -le preguntó él mirándola.
– Para que tú puedas quitármelo, cielo -le contestó ella sonriendo.
– Ah, buena idea -dijo él concentrándose de nuevo en la lista-. ¿Qué más?
– Dos pares de fajitas, no, espera, son demasiado engorrosas. Pongamos dos pares de bragas, cuanto más pequeñas mejor. Ya me conoces. Del color que sea.
Una bata vaporosa, de color de rosa si la encuentras.
– La encontraré.
– Y anota también un par de zapatillas muy suaves. Este pavimento es muy húmedo de noche. Bueno, me parece que ya está todo.
A menos que no quieras comprarme una cosa que me sienta muy bien.
– ¿De qué se trata?
– De un minibikini. Me encanta descansar en bikini.
– Ten cuidado. Me estás volviendo a excitar.
– Pues espera a ver cómo te excitas cuando me veas con ese bikini puesto. Bueno, si quieres ser muy generoso, hay tres cositas que echo muchísimo de menos. Me muero por tenerlas.
– Dímelas y las tendrás.