Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Esta cuestión de separarse de sí misma y volver a ser ella misma, siempre la había dejado confusa y agitada, hasta hacía algunos años en que tuvo ocasión de definir mejor su verdadera identidad, consiguiendo que la auténtica Sharon Fields no se viera afectada por los papeles que interpretaba.
En cierta ocasión buscó remedio a su conflicto interior a través de la lectura de los comentarios de Robert Stevenson a propósito de la creación de “El extraño caso del Doctor Jekyl y el Señor Hyde”. En dicho relato, el autor había intentado resolver "esa acusada sensación de desdoblamiento de la personalidad que se produce en determinadas ocasiones y abruma la mente de toda criatura pensante".
Eso no es que se refiriera precisamente a su problema, pero constituyó para ella un consuelo. Entonces era cierto. Todas las personas poseían una doble personalidad, eran dos personas en una según las circunstancias.
Pero dicho descubrimiento no solucionó su problema y Sharon se esforzó por ser una sola persona y puede decirse que casi lo consiguió.-Pero ahora, en cautiverio, se había producido de nuevo el conflicto como consecuencia de su necesidad de sobrevivir. Había aceptado el reto de uno de sus más difíciles papeles, es decir, el de interpretar la figura de la persona que no era, de la persona que todos los hombres se imaginaban o deseaban que fuera.
Viviendo intensamente dicho papel, había conseguido escapar a la humillación y amortiguar su dolor. Esta tarde había interpretado el papel de la Sharon Agradecida.
Al parecer, sus actuaciones de ayer constituyeron un éxito resonante. Sus horribles admiradores la inundaron de regalos. Entraron después del almuerzo, la desataron, le concedieron libertad dentro del dormitorio y el cuarto de baño, le anunciaron su nueva autonomía y le recordaron que ésta sería limitada y que ella seguía estando prisionera, cosa que subrayaron colocándole un pestillo adicional por la parte de afuera. Después empezaron a llegarle los regalos de sus carceleros: un pequeño aparato portátil de televisión por parte del Tiquismiquis, dos montones de libros de bolsillo y revistas por parte del Soñador, una bolsa de golosinas y una botella de plástico conteniendo whisky por parte del Vendedor.
Y ella había interpretado el papel de la agradecida Margarita Gautier, la hechicera cortesana que recibía dones, halagaba y demostraba su gratitud a sus admiradores.
Pero tras marcharse ellos y dejarla encerrada, había vuelto a ser ella misma y se había llenado de odio al pensar en su estimulación de colaboración, si bien logró experimentar cierto alivio al dirigir dicho odio hacia ellos.
¡Cuánto les odiaba! Cuánto les aborrecía y cuánto ansiaba vengarse de todos y cada uno de ellos, por la degradación y desdicha en que la habían sumido. Cuánto les detestaba por obligarla a arrastrarse ante ellos, por esperar de ella que se mostrara agradecida por el hecho de haberla desatado y dejándola sin embargo encerrada.
Entonces se preguntó por primera vez si la prisión en la que se encontraba sería a prueba de huidas. Al fin y al cabo, la habían confinado en una simple habitación corriente, no en una prisión con barrotes de hierro. Habiendo recuperado la libertad de movimiento, cabía la posibilidad de escapar.
Pensando en dicha posibilidad, había recorrido la estancia cuidadosamente, estudiando y examinando todas las paredes. Se percató de que no le sería posible abrir la puerta. Los goznes estaban oxidados y los pestillos resultaban inexpugnables.
Le resultaría difícil aun en el caso de disponer de las necesarias herramientas, pero no había herramientas ni las habría. El pavimento y el techo no revelaban señales de escotillones o troneras.
Sólo quedaban las ventanas, pero las tablas que las cubrían habían sido clavadas con docenas de resistentes clavos que no podrían desclavarse. Acercando un ojo a una rendija de entre las tablas pudo distinguir vagamente un barrote metálico, lo cual significaba que las ventanas estaban doblemente protegidas por las tablas del interior y los barrotes metálicos del exterior.
Sí, estaba enjaulada, atrapada, con tan escasas posibilidades de escapar como un prisionero encerrado en su solitario confinamiento de San Quintín. ¿San Quintín? ¿Qué la habría inducido a pensar en aquella penitenciaría de alta seguridad de California? Lo recordó instantáneamente y el recuerdo se lo trajo a la memoria. En una de sus primeras películas había interpretado el papel de una joven esposa que en una de las escenas esperaba, a la entrada de la prisión, la puesta en libertad de su marido. Había sido un pequeño papel sin importancia y la escena se había rodado en la misma entrada de San Quintín.
Tras haberse rodado las cinco o seis tomas de la escena, ella, junto con el director y otros actores, habían sido invitados por el alcaide y los guardianes a almorzar dentro del recinto de San Quintín.
La atmósfera se le había antojado opresiva, y todo aquel ladrillo, cemento y acero le había parecido sobrecogedoramente inhumano, intuyendo el desamparo en que debían encontrarse los reclusos en aquella enorme jaula.
En el transcurso del almuerzo había manifestado sus pensamientos por decir algo, y había preguntado cuántos reclusos solían intentar escapar. Le dijeron que muchos intentaban evadirse pero que muy pocos lo conseguían. El alcaide y los guardianes le refirieron muchas historias de evasiones fallidas, y uno de ellos había recordado el más memorable de los intentos de evasión de toda la historia penitenciaria, un intento no de huir, sino de birlarle al Estado una víctima de ejecución. Jamás había olvidado aquella historia, y ahora había vuelto a pensar en ella tras finalizar el examen de su propia celda en un intento de descubrir en ella algo que pudiera serle de utilidad.
La historia era todo un compendio de decisión e inventiva humana. En los años treinta, no, había sido exactamente en el año 1930, un leñador polaco-americano ¿cómo se llamaba?… Kogut, William Kogut, había sido sentenciado a muerte por el asesinato de una mujer y había sido confinado en una de las celdas del pasillo de la muerte de San Quintín.
El juró que no permitiría jamás que el Estado le ejecutara. A medida que se aproximaba la fecha de la ejecución, Kogut se inventó un inteligente medio no de huir de su celda sino de la sentencia.
A pesar de sus escasos y casi ridículos recursos, Kogut decidió fabricar una bomba. Decidió fabricar una bomba utilizando una baraja. Al recordar la historia, Sharon comprendió que era sumamente importante no pasar por alto ni una sola de las fases del incidente.
Primera fase: Sabía que las zonas rojas de los naipes de rombos y corazones estaban integrados por celulosa y nitrato, ingredientes altamente explosivos.
Rascó cuidadosamente la superficie roja de todos los rombos y corazones.
Segunda fase: Había arrancado una pata de su jergón, recogió todas las virutas, las metió en la pila del lavabo y con el mango de una escoba las introdujo en la tubería metálica de desagüe, dejando el mango metido al objeto de que no penetrara aire en la tubería.
Tercera fase: Utilizando la lámpara de petróleo de la celda, mantuvo la bomba de fabricación casera sobre la llama durante toda la noche, al tiempo que en la tubería se formaba vapor y gas.
Cuarta fase: al rayar el alba, la bomba improvisada hizo explosión con un tremendo fragor, haciendo saltar en pedazos la celda y a Kogut con ella. Salió triunfante en contra de todas las previsiones y consiguió escapar.
Pensó un buen rato en repetir la hazaña de Kogut.
El Soñador le traería una baraja si ella se la solicitaba con el pretexto de hacer solitarios.
Podría rascar el color rojo utilizando las uñas. Pero ¿y después qué? Vaciló al pensar en la siguiente fase. En la habitación no había nada que se pareciera a una tubería metálica. Tampoco había lámpara de petróleo ni una vela que pudiera arder varias horas. Pero aunque poseyera todo lo necesario para fabricar una bomba, comprendía que no le sería posible llevar a la práctica aquel proyecto.