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Fan Club

Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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La segunda vez, quizás un año más tarde, creo que fue con aquella preciosa viuda morena, de treinta y tantos años. La conocí en el cine. Se hallaba sentada a mi lado y, al salir, empezamos a hablar y ella me invitó a su apartamento.

En cuanto entramos en su casa, empezó a desnudarse. Estaba muy excitada y yo también me excité mucho. Estaba a punto de penetrarla cuando eyaculé. El desdichado incidente se repitió de nuevo al día siguiente. Al llegar la tercera noche, ella me ofreció dos tragos muy fuertes y empezó a acariciarme y, cuando ya estuve listo, me facilitó dos preservativos y me los hizo poner el uno encima del otro y dio resultado.

En los años sucesivos ya no hubo problema. Después de mis dos fracasos con el Objeto -que me dejaron profundamente confuso-, decidí hallar una solución práctica. Pensé en acercarme a Riverside para ver a un médico, no fuera caso de que padeciera una infección de próstata o una irritación del prepucio. Después, caso de que no se descubriera el origen, tenía intención de pedirle al médico algo de que había oído hablar, un anestésico local llamado Nupercainal, que algunos amigos me habían dicho que era estupendo si te lo aplicabas a la punta del miembro cuatro o cinco minutos antes de hacer el amor.

Al parecer, esta sustancia insensibiliza el prepucio y evita que se produzca un orgasmo rápido. No obstante, no me agradaba la idea de acudir a visitar a un médico a espaldas de mis amigos y me constaba que éstos no me lo permitirían caso de proponérselo.

Sea como fuere, había estado pensando en este desesperado remedio hasta anoche, cuando cesó finalmente mi obsesión. En estos momentos, mi ansiedad es mucho menor. Ello se debe a que el Objeto me ha manifestado los verdaderos sentimientos que yo le inspiro, y me ha dicho con toda sinceridad que no me preocupe, porque está dispuesta a ayudarme a consumar nuestra unión. Su actitud me ha librado de buena parte de mi angustia. No obstante, dicha angustia había sido hasta ahora tan abrumadora que me había impedido poner en práctica mi idea de llevar un diario.

Sin lugar a dudas, éste fue el primer factor que me impidió hacerlo. El segundo factor que me ha impedido escribir el diario fue la violenta e ilógica oposición del Mecánico, a pesar de haberle yo prometido que se trataría de algo muy secreto y privado. Sin embargo, he decidido anotar algunos puntos destacados siempre que tenga ocasión (como me sucede en estos momentos en que el Mecánico está echando una siesta) y seguir toda la cronología de la puesta en práctica del primer proyecto del Club cuando regrese a casa y ya no tenga que actuar de acuerdo con los demás.

Hemos organizado un almuerzo informal del Club de los Admiradores y aquí están casi en estilo taquigráfico, los principales puntos de la decisión a que hemos llegado. Al reunirnos para almorzar, todos nosotros nos mostrábamos más alegres, tranquilos y satisfechos que en otras ocasiones. Por primera vez nos mostramos unánimemente entusiastas a propósito de nuestra aventura.

A través de nuestras palabras resultó evidente que el Objeto había cumplido su promesa. Estaba claro que había llegado al convencimiento de que la colaboración tenía sus ventajas, había hecho las paces con su situación y ya no nos causaría más problemas. Es más, pude deducir que con mis compañeros había hecho algo más que limitarse simplemente a colaborar.

Había superado su resentimiento y les había ofrecido su amistad. Me divertí pensando en cuál sería su reacción si supieran o tuvieran la más mínima idea de los sentimientos que yo le inspiraba al Objeto.

El Objeto y yo guardaremos celosamente nuestro secreto. Sea como fuere, gracias al entusiasmo provocado por el Objeto, se hicieron varias propuestas, que se sometieron individualmente a votación.

El Mecánico prologó la primera propuesta diciéndole al Perito Mercanticlass="underline" "Bueno, ¿estás ahora de acuerdo? ¿A eso ya no se le puede llamar violación forzosa, no te parece?" A lo cual repuso el Perito con rostro afable: "Ya no." Después el Mecánico trajo a colación lo que yo estaba a punto de mencionar.

"Digo que está lo suficientemente tranquila para que la dejemos en libertad en su cuarto." "No me cabe la menor duda", dije yo.

"Es inofensiva", añadió el Agente de Seguros.

El Perito Mercantil fue el único que se mostró receloso.

"¿Estáis seguros de que no correríamos riesgo?"

"No hay peligro -dijo el Agente de Seguros-.

Como es natural, primero tomaremos toda clase de medidas. Ahora hay en la puerta un pestillo por la parte de adentro. Podemos sacar el pestillo de una puerta en la que no nos haga falta y colocarlo en la puerta del dormitorio por la parte de afuera. De esta forma, cuando uno de nosotros esté con ella podrá cerrar la puerta por dentro. Al salir, cerraremos el pestillo de la parte de afuera para que no se le ocurra hacer ninguna trastada".

"Sí -dijo el Mecánico ofreciendo la solución-. Hay otro pestillo en la puerta trasera de la cocina. No nos hace falta.-Lo sacaré y lo colocaré en su puerta algo más arriba que el pestillo de dentro".

El Perito Mercantil se mostró satisfecho de esta medida de precaución.

El Agente de Seguros resumió brevemente el siguiente paso.

"Muy bien, a partir de esta noche gozará de completa libertad dentro de los límites del espacio que le ha sido asignado. Podrá moverse con entera libertad, ir al cuarto de baño cuando lo desee, leer y hacer lo que quiera".

Se hicieron a este respecto varias propuestas unánimemente aprobadas. Todas las propuestas constituían pequeñas recompensas al Objeto, en agradecimiento a su sentido común y buen comportamiento.

El Perito Mercantil propuso prestarle el aparato de televisión portátil. Dijo que no nos hacía falta y que ella podría distraerse un poco. Lo aprobamos tras asegurarnos de que no existía ningún canal local que pudiera delatar la localización de nuestro escondite.

El Agente de Seguros propuso suministrarle bebidas alcohólicas y vasos para que el ambiente le resultara más acogedor.

El Mecánico se opuso a cualquier recipiente de cristal que pudiera convertirse en arma agresiva, y presentó una enmienda por la cual se le suministraría al Objeto bebidas alcohólicas en frascos de plástico y vasos de plástico. Se aprobó por unanimidad.

Por mi parte, yo dije que me gustaría entregarle algunos libros y revistas que me había traído para que pudiera distraerse un poco. No hubo objeciones. Fue una reunión amistosa, en la que se demostró que distintas personas pertenecientes a diferentes estratos sociales, pueden llegar perfectamente a un acuerdo y vivir en armonía cuando son felices y no se producen contratiempos.

Todo el mundo esperaba ansiosamente su cita nocturna con el Objeto.

Estamos a domingo, día que siempre confiere cierto aire festivo a todas las actividades humanas. El Agente de Seguros ha sacado una baraja y, como de costumbre, hemos echado a suerte los turnos; primero el que sacara la carta más alta, después el que le siguiera inmediatamente, etc. El orden de privilegio de visita de esta noche será el siguiente: Primero, el Agente de Seguros; después el Perito Mercantil; en tercer lugar el Escritor, es decir, un servidor de ustedes, y en cuarto el Mecánico.

Grandes esperanzas. Tal como afirmó John Suckling en el siglo XVII: "La esperanza te hace amar una dicha;, El Cielo no sería Cielo, si supiéramos cómo era".

En el transcurso de todo este día y parte de la noche -que aún no había finalizado, puesto que todavía faltaba un servicio-, Sharon se vio sumida en un creciente estado de esquizofrenia.

Se trataba de un estado por el que ya había pasado en determinados momentos de su carrera: el estado de ser dos personas distintas a lo largo de veinticuatro horas, de verse sumergida de día en la en la identidad de otra persona, en un papel imaginario que ella creía auténtico y era el que interpretaba en los platós, y de ser, en el transcurso de su tiempo libre, ella misma si bien con menos convencimiento.

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