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Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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No estaba segura de que diera resultado y, caso de no darlo, la descubrirían y la castigarían de nuevo, lo cual le resultaría insoportable. Por otra parte, aunque diera resultado, no sabía cuál sería el alcance de la explosión y temía ser destruida junto con el cuarto.

Aunque sobreviviera e intentara escapar a través de alguna brecha en la pared, habría… todo aquello era ridículo y se debía a la frecuente dramatización a que la inducía su mentalidad teatral.

Tonterías. Estupideces. Estaba prisionera, encarcelada, enjaulada. No había posibilidad de huida. Estaba reducida a la impotencia. Era necesario que dejara de pensar como una actriz y que se dedicara, en su lugar, a interpretar un papel. Tenía que concentrarse en la interpretación del papel de Sharon Fields y nada más. Aquélla era su única posibilidad, si no de huida, por lo menos de supervivencia.

El aborrecimiento que le inspiraban a causa de lo que le estaban haciendo le subió de nuevo a la garganta y se la llenó de amarga y verdosa bilis. Durante todo el día se sintió inflamada por el odio que la poseía como un demonio.

Al caer la noche fue presa del terror -un terror parecido al que experimentan los actores antes de salir a escena-y pensó que no estaría en condiciones de seguir interpretando con éxito su papel, habida cuenta del veneno que se albergaba en su interior.

Sin embargo, cuando llegó el momento de actuar, desechó (como siempre) sus temores, se identificó de nuevo con su papel y la consumada actriz que era Sharon Fields volvió a dominar fríamente la situación desde el principio hasta el final.

Sentada en la cama, ahora que eran las once y cuarto de la noche, peinándose distraídamente la larga y rubia melena mientras aguardaba la aparición en escena del último de sus cuatro apresadores, evocó los detalles de las tres actuaciones anteriores y pensó en el partido que les había sacado. El partido había sido sensacional.

A un observador exterior, lo que había logrado y aprendido hubiera podido antojársele un simple accidente. Pero ella sabía que se trataba de algo más. Toda la información que había obtenido no se había debido al simple azar sino a su habilidad y talento.

Se había entregado a sus apresadores sin reservas y había conseguido desarmarles por completo. Habían creído en ella, habían olvidado la verdadera naturaleza de las relaciones que les unían a ella y se habían ablandado lo suficiente como para bajar la guardia de vez en cuando. Y ella había estado alerta y vigilante, dispuesta a abalanzarse sobre todos los bocados.

En lugar de recibir de cada uno de ellos un simple bocado, había logrado beneficiarse de un insólito e inesperado festín.

¿Por casualidad? No, ni hablar, eso sólo hubieran podido pensarlo quienes no la conocían. Se consideraba acreedora a los aplausos. Al igual que en todas las ocasiones anteriores, ella había sido la directora de escena de todas sus actuaciones.

El éxito había empezado a producirse a primeras horas de la noche con el Vendedor. Se había lavado y secado la blusa y las bragas de seda y había eliminado las arrugas de la falda manteniéndolas sobre el vapor de la bañera, y, al entrar el individuo en el jardín de los placeres, la encontró pulcramente vestida y rebosante de hechizo.

La variedad sería el ingrediente, la variedad sería el menú que le serviría esta noche y, a pesar de la repugnancia que ello le inspiraba, decidió apartar firmemente de sus pensamientos cualquier idea de inhibición.

No había tiempo que perder. Se arrojó inmediatamente en sus brazos, le besó y le permitió que la acariciara. En cuanto se cerró la puerta, decidió esforzarse al máximo.

A través de los más recientes actos sexuales había conseguido llegar a ciertas deducciones y había logrado imaginarse cuál debía ser la auténtica vida sexual de aquel individuo.

Se había imaginado las aburridas repeticiones del acto con su esposa, y lo que probablemente buscaba y a veces encontraba fuera del hogar. Había comprendido que no era un sujeto paciente y que no estaba en condiciones de proporcionar placer, sino que, por el contrario, ansiaba simplemente la satisfacción sexual sin que se le exigiera a cambio ni tiempo ni destreza.

Muy bien. Se apartó de él y empezó a desnudarle. Después, mientras él terminaba de desvestirse, se despojó rápidamente de la blusa y la falda, y únicamente se dejó puestas las provocadoras bragas negras.

Esperó a que se tendiera en la cama y después se le acercó. Le ofreció un prolongado beso francés, acariciándole el cuerpo con una mano.

La reacción del sujeto a sus dedos fue inmediata. Antes de que pudiera levantarse para hacer lo que de él se esperaba y lo que él mismo se exigía, los expertos dedos de Sharon se curvaron alrededor de su miembro.

Empujándole con la otra mano, le concedió permiso para que siguiera tendido de espaldas y le prometió silenciosamente que ella se encargaría de todo.

En pocos minutos el tipo se convirtió en una burbuja desamparada. Ella se le arrodilló encima y empezó a acariciarle el pecho y el estómago con su rápida lengua, mientras la corpulenta mole que tenía debajo se estremecía de felicidad. Sus labios se acercaron a su bajo vientre y se detuvieron.

Sharon levantó la cabeza, procuró no mirar el abultado miembro que había estado sosteniendo en su mano y, al final, se lanzó.

El tipo no cabía en sí de excitación. Le golpeaba la espalda con las manos y aporreaba la cama con los pies, y su cabeza giraba enloquecida, a uno y otro lado presa de un goce insensato.

Su orgasmo fue el más prolongado y ruidoso de todos los que había experimentado en el transcurso de aquella semana. Al regresar del cuarto de baño, le encontró tal como le había dejado: una masa inmóvil de carne saturada, mirándola con el pavor con que mira un humilde súbdito a su legendario soberano.

Ella se sentó al lado de su figura tendida, le rodeó las rodillas con sus brazos, ladeó la cabeza y le miró con expresión complacida.

– ¿Te he hecho feliz, cariño? -le preguntó.

– Ha sido lo mejor. Jamás me había excitado así.

– ¿Lo dices en serio? Espero que no sea simplemente un cumplido.

– ¡Vaya si lo digo en serio! -dijo él. Después vaciló-. Francamente, jamás pensé que tú… bueno, que accedieras a hacerme eso.

Ella arqueó las cejas mirándole con inocencia.

– ¿Por qué no? En cuestiones sexuales no existe ninguna norma acerca de lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse y acerca de lo que está bien o está mal.

Lo que está bien es lo que hace feliz a la gente. Si a ti te ha gustado, está bien. A mí me ha gustado, deseaba hacerlo, me he sentido a gusto haciéndolo y me siento muy satisfecha.

– Ojalá hubiera muchas mujeres como tú.

– ¿Acaso no las hay?

– Qué va. Tanto mi mujer comootras muchas son demasiado inhibidas. Se atienen estrictamente al manual.

– Lástima. Porque no sólo te privan a ti de una cosa agradable sino que también se privan ellas. Pero, bueno, nosotros somos felices, ¿verdad?

El se incorporó y le dio un abrazo de oso.

– Yo sé que lo soy.

– Y yo también, cariño. -Se apartó y frunció levemente el ceño-. Sólo que… Hábil pausa. Suspiro.

Se desplazó sobre la cama y fue a sentarse en una esquina.

El se levantó y se sentó a su lado en el borde de la cama, escudriñádole el preocupado rostro.

– ¿Qué sucede? ¿Ocurre algo malo?

No ocurre nada malo, tonto. Claro que no. Es… bueno, quizá sea una estupidez -dijo ella deteniéndose.

– Anda, sigue. Nada que nos concierna puede ser una estupidez.

– Pues, bueno, si quieres que te diga la verdad -dijo ella irguiéndose-me preocupa que bueno, que puedas cansarte muy pronto de mí.

– ¡Jamás!

– No estés tan seguro. Conozco a los hombres. Cuando lo han probado y repetido todo con una mujer, empiezan a aburrirse. No querría que a nosotros nos ocurriera lo mismo, pero me doy cuenta de que va a ocurrirnos porque estoy en condiciones de inferioridad y no puedo hacer por ti todo lo que quisiera.

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