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Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Rezó para que no se le viera el plumero y decidió correr el riesgo.

– Bueno, me gustaría ver el ejemplar de esta semana del “Variety”, si es que lo encuentras en el kiosko. Quiero saber qué tal ha ido el estreno de mi película.

– Cuenta con ello.

– Y otros dos lujos. Me gustaría poder fumarme un cigarrillo de vez en cuando. Muy suave. Mi marca preferida es de importación sueca. Se llama Largos. Si me encuentras una cajetilla, muy bien.

Si no, no te preocupes. Finalmente, pastillas de menta inglesas para el aliento. Altoid.

– ¿Al qué? ¿Cómo se escribe?

Ella le deletreó el nombre de la marca.

– ¿Algo más? -le preguntó él mirándola.

– Sólo tú -le dijo ella con una provocadora sonrisa.

– Pues aquí me tienes -dijo él guardándose el papel y el bolígrafo en el bolsillo-. Lo demás lo tendrás cuando regrese mañana de hacer las compras.

– ¿Seguro que no te importa?

– Cariño -le dijo él rodeándola con un brazo-, haría cualquier cosa por ti. -Se levantó-. Esta noche has estado fantástica.

– Soy lo que tú haces de mí. Espero que mañana pueda darte algo más. Y espera a verme mañana por la noche cuando esté arreglada.

– No te preocupes. Me gustas como estás.

Cuando se hubo marchado, Sharon se preguntó si habría merecido la pena. Su situación era tan desesperada que le parecía que ya nada merecía la pena.

Sin embargo, mañana a aquella misma hora, y por primera vez desde su desaparición y cautiverio, habría conseguido comunicarse con el mundo exterior.

La posibilidad de que la lista de compras llamara la atención de alguien era tan remota que hasta se le antojaba ridícula. Sin embargo, disponía de muy pocas alternativas, y aquello que decidiera hacer tenía que resultar muy confuso para sus apresadores, tan confuso que apenas resultaría visible en el mundo exterior.

Sin embargo, había conseguido emitir una señal desde un planeta desconocido en un intento de decirle a alguien de algún lugar del universo que había vida en otro planeta. Mañana habría comunicado tres marcas de importación escasamente conocidas que eran las que habitualmente utilizaba.

Perfume Cabochard. Cigarrillos Largos. Pastillas de menta Altoid. Y después el semanario “Variety”.

Reunidas por alguien que la conociera, las cuatro cosas equivaldrían a Sharon Fields. Y también habría lanzado un quinto SOS. Una marca en cierto sentido indisolublemente unida a su fama. 95-60-93.

Había muchísimas otras mujeres con aquellas mismas medidas, estaba segura, pero sólo había una joven actriz mundialmente famosa, cuyo nombre era sinónimo de estas cifras.

Para sus incondicionales adoradores, los números 95-60-93 eran el carnet de identidad de Sharon Fields. Pero decidió poner bruscamente freno al vuelo de su fantasía.

¿Qué más daría todo aquello si ni una sola persona de entre un millón lograba interpretar sus tristes intentos de comunicación? ¿Qué más daría, teniendo en cuenta que nadie sabía que se encontraba en dificultades y necesitaba ayuda? ¿Qué más daría? Pisó desesperada otro freno, esta vez el de su creciente depresión.

Tenía que hacer todo lo que pudiera. Algo era mejor que nada. En el transcurso del primer encuentro de la velada había conseguido hacer un buen progreso.

Se encontraba en las cercanías de una ciudad. Era una ciudad en la que había un centro comercial. Uno de sus apresadores era probablemente un agente de seguros llamado probablemente Howard Yost.

Y ella comunicaría varias de sus necesidades a distintas personas del mundo civilizado. No es que fuera mucho. Pero era algo más que nada.

Gracias, Howard Yost.

Su siguiente visita fue la del Tiquismiquis, quince minutos más tarde. Apartó a un lado sus meditaciones para concentrarse una vez más en su papel. Entró con un ramillete de flores color púrpura.

– Para ti -le dijo tímidamente-. Las he cogido para ti esta mañana.

– Oh, qué atento eres -le dijo ella aceptándolo como si se tratara de un edelweis duramente ganado-. Qué bonitas son, qué preciosas. -Se inclinó hacia adelante y le rozó los labios con un beso-.

Gracias por pensar en mí.

– He estado pensando en ti todo el día. Por eso salí a coger estas flores. No es que sean gran cosa pero en la ciudad no se encuentran.

– ¿Qué son? -le preguntó ella alegremente.

– Pues, no sé cómo se llaman. Son una especie de flores silvestres.

Clic. Flores silvestres. Silvestres. Asociación de ideas. Silvestres. Bosques, gargantas, montañas, desiertos, prados, campiña.

El tipo se había dirigido hacia una silla que había al lado de la tumbona, había depositado en ella una especie de estuche de cuero que llevaba y ahora se volvió para mirarla con sus ojos de miope a través de las gafas de gruesos cristales.

– Oye, esta noche, estás preciosa, Sharon -le dijo muy relamido.

Muy fuera de lugar, pensó ella. Se está comportando como un anciano pretendiente que visitara el apartamento de una joven a la que estuviera cortejando.

– Qué amable eres, qué amable -le dijo ella.

Avanzó hacia él contoneando sensualmente las caderas y se quedó de pie a su lado con los brazos colgándole a los lados. Su proximidad y desenvoltura le hicieron jadear como un asmático y parpadear involuntariamente.

– Anoche fuiste muy buena conmigo.

– Pues esta noche quiero ser mejor.

Le atrajo suavemente hacia la tumbona.

Se desabrochó la blusa, guió su temblorosa mano por debajo de ésta y se la dejó descansando sobre un abultado pecho. El sujeto temblaba sin poderlo evitar. Ella le atrajo la cabeza hacia su pecho, se abrió la blusa y advirtió que empezaba a lamerle y besarle un pezón.

Le acunó mientras él pasaba alternativamente de uno a otro pecho.

Bajó la mano hacia la bragueta de sus pantalones. Le bajó la cremallera e introdujo la mano suponiendo que le encontraría rígido como un lápiz. Pero, en su lugar, sus dedos tropezaron con una pequeña masa pulsante.

Al rozarla, se hinchó ligeramente pero no se levantó. Le rozó la sudorosa frente con los labios y después le acercó la boca al oído.

– Cariño, quiero saber qué es lo que más te excita.

Fue a contestarle pero no se atrevió y, al final, hundió el rostro entre sus pechos y guardó silencio.

– Ibas a decírmelo, cariño. Anda, dímelo. No hay nada de que tengas que avergonzarte.

Escuchó su apagada voz.

– Anoche -empezó a decirle tartamudeando-tú dijiste, me dijiste…

– Sigue -le dijo ella dándole unas palmaditas en la cabeza-¿Qué te dije?

– Que había muchas cosas que todavía no habíamos probado.

Ella le levantó el rostro asintiendo muy seria.

– Sí, y te hablaba con toda sinceridad. No te averguences. No es malo ni está mal nada que se haga a cambio del placer sexual. Lo único que quiero es hacerte feliz. Dime qué es lo que te gustaría, por favor.

El levantó el brazo y le indicó el estuche de cuero que había dejado encima de la silla.

– ¿Qué es eso? -le preguntó ella.

– Mi nueva cámara Polaroid.

Comprendió inmediatamente al pobre, miserable y repugnante Viejo Sucio. Decidió ir al grano inmediatamente.

– ¿Te refieres a que te gusta tomar fotografías de mujeres desnudas? ¿Eso es lo que más te excita?

– Espero que no pienses que soy un… -empezó a decir él bajando la cabeza.

– ¿Un qué? ¿Un pervertido sexual? Santo cielo, pues claro que no, cariño. Hay muchos, muchísimos hombres que gustan de hacerlo.

Es la culminación del erotismo. Eso les excita más que ninguna otra cosa. Y, a decir verdad, a mí también me excita.

– ¿Ya lo has hecho otras veces?

– ¿Posar en cueros? Muchas veces. Forma parte de mi profesión. Me encanta exhibir el cuerpo y me gustaría mucho exhibírtelo de una forma que jamás hubieras visto.

– ¿Lo harías?

– Lo estoy deseando.

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