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Fan Club

Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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El título aparecía escrito en una especie de caligrafía inglesa y debajo, con la misma caligrafía, figuraban las palabras "Ensoñación imaginaria" y después un "por" y después un agujero en el lugar donde debiera haber estado el nombre.

Maldita sea. Había abrigado la esperanza de añadir un tercer ejemplar a su colección, pero, de momento, las tres primeras anotaciones de su lista de Fugitivos Más Buscados tendrían que ser Howard Yost, Leo Brunner y el Soñador.

El Soñador no le había resultado muy útil. Su avance se había detenido momentáneamente.

Sin embargo, algo sí había conseguido. Esta noche le había convertido en un hombre. Y, a cambio de eso, no le cabía duda de que un hombre experimentaría la necesidad de recompensar a una mujer. Tendría que esperar un poco. Miró hacia la puerta.

Bueno, ya había trabajado a tres y faltaba uno. Faltaba uno, y habría terminado. Pero de este uno no esperaba recibir mucha información. Era demasiado precavido, demasiado astuto y cauteloso en relación con sus asuntos personales.

Probablemente no sacaría nada en claro. Aunque nunca se sabe, se dijo a sí misma tal como solía hacer en su época de ascenso.

Era pasada la medianoche y estaba agotada. Yacía en la cama, en la habitación a oscuras, al lado de la forma dormida del Malo.

Estaba deseando que el velloso y repulsivo animal se levantara y saliera de la habitación dejándola sola.

La fornicación le había dejado satisfecho, de eso estaba bien segura. Se habían hecho incesantemente el amor por espacio de tres cuartos de hora y, gracias a su nueva libertad de movimientos y la posibilidad de utilizar las manos, había conseguido mostrarse más sexualmente agresiva y corresponderle también con mayor vehemencia.

El se enorgullecía sobre todo de su actuación y ella había procurado halagarle constantemente maldiciéndole, arañándole, suplicándole más y, finalmente, fingiendo experimentar el orgasmo al mismo tiempo que él, simulando un sísmico y rugiente orgasmo, para sumirse después en una semi-inconsciencia.

Había sido una actuación que hasta las más grandes actrices -la Duse, la Bernhardt, la Modjeska-le habrían aplaudido.

El se quedó tan agotado que no estuvo en condiciones de levantarse inmediatamente de la cama, tal como tenía por costumbre, para irse a dormir a su cuarto.

Se desplomó exhausto a su lado. Se pasó diez minutos esperando que se recuperara y se largara. Le miró en la oscuridad tratando de adivinar si estaría despierto o dormido.

Estaba parcialmente despierto, con la cabeza hundida en la almohada y los párpados semicerrados, mirándola a través de unas estrechas rendijas. Procuró sonreírle para disimular la repugnancia que le inspiraba, aquel vil degenerado.

– ¿Te he hecho feliz? -le preguntó él con voz pastosa y soñolienta.

– Mucho.

– Te has vuelto loca.

– Me averguenzo de la forma en que me has hecho comportar.

– Dime una cosa ¿te excita tanto alguno de estos necios?

– Pues claro que no. No soy fácil. Y ellos no son muy buenos. Tú eres el único que sabe excitarme. No quiero que se te suban los humos a la cabeza, pero eres un amante maravilloso.

– Gracias, nena -le dijo él bostezando-. Tú tampoco estás nada mal. Santo cielo, estoy agotado. -Volvió a bostezar-. Bueno, yo soy hombre de palabra.

Te dije que si te portabas bien, te concedería más libertad y les he convencido.

– Te lo agradezco mucho.

Le repugnaba tener que arrastrarse y reprimir su ardiente enojo. Observó que al tipo se le cerraban los párpados.

– ¿Estás dormido? -le susurró.

– ¿Cómo? no, descansando un poco antes de levantarme.

– Descansa todo lo que te apetezca.

– Sí.

Pensó en la conveniencia de intentar averiguar algo acerca de su persona. Si es que iba a hacerlo, no habría mejor ocasión.

– Cariño -le dijo-, ¿puedo preguntarte una cosita?

– ¿Qué?

– ¿Cuánto tiempo vais a tenerme aquí?

– ¿Y qué más te da? -le dijo él parpadeando-. Creía que te gustaba.

– Y me gusta. No se trata de ti y de mí. Tengo una carrera, compromisos. Pensaba que podrías darme una idea de…

– No sé -la interrumpió él con los ojos cerrados-. De nada te servirá preguntarlo. Cuando lo sepamos, lo sabrás.

– Muy bien. No hay prisa. Sólo quería decirte que, cuando volvamos a Los Angeles…

– ¿Y quién te ha dicho que no estamos en Los Angeles? -le preguntó él escudriñándola.

– Bueno, donde quiera que estemos, quería decir que, cuando me soltarais, bueno, no quisiera que fuera el final. Podríamos seguir viéndonos. Me encantaría.

– No será fácil, hermana -le dijo él con un gruñido-.-No hay cuidado. Me fiaría de ti tan poco como de cualquier otra mujer en las mismas circunstancias. No, cuando hayamos terminado, nos largaremos y sanseacabó. -Sonrió sin abrir los ojos-. Pero no te preocupes. Te daré suficiente amor como para que puedas vivir diez años. Entonces, si tienes suerte, tal vez se celebre una nueva reunión del Club de los Admiradores y volvamos a llevarte con nosotros.

Se levantó con un gruñido y se volvió de lado dándole la musculosa espalda. Se estremeció y le miró la nuca con un odio que jamás había conocido. Tendría que recordar una cosa, se dijo a sí misma. Nada de bromas con este tipo.

No debía subestimarle ni arriesgarse a dirigirle más preguntas.

Es un hijo de puta muy astuto con una acusada tendencia al sadismo. Es imprevisible y capaz de revolverse contra quien sea en el momento menos pensado.

Por mucho que intentara ablandarle, complacerle y ganarle, jamás lograría utilizarle.

El Malo se encontraba más allá del alcance de sus maquinaciones. Tendría que contar con las debilidades más previsibles de Yost, Brunner y el Soñador.

Yacía tendida, pensando que ojalá no se durmiera y se largara, para poder librarse de la tensión de su presencia. Escuchó un sonido crujiente, contempló su forma inmóvil y comprendió que estaba roncando. Estaba profundamente dormido, el muy cochino. Bueno, que se vaya al infierno, pensó.

Ella también necesitaba dormir. Buscó el Nembutal en la mesilla de noche, lo encontró y vio que no había agua.

Se deslizó fuera de la cama muy despacio para no molestarle, recogió el camisón y se dirigió de puntillas al cuarto de baño.

Una vez dentro, cerró la puerta, encendió la luz, se introdujo la píldora en la boca y la ingirió con un sorbo de agua. Después se lavó rápidamente y, levantándose el camisón, se miró al espejo.

Estaba horrible. Con el cabello enredado y enmarañado, los ojos hinchados y el rostro pálido y escasamente atractivo a causa de la falta de sol y maquillaje.

Tendría que soportar su miserable presencia y conformarse hasta que regresara a la civilización, si es que regresaba alguna vez a la civilización.

Fue a apagar la luz para regresar a la cama y, al acercar la mano al interruptor, su mirada se posó en la puerta cerrada del cuarto de baño y, por primera vez, se percató de que colgaba del gancho una prenda que no le pertenecía.

Sus pantalones. Los pantalones de tela gruesa del Malo colgados por el cinturón.

Y los bolsillos no estaban planos. Se quedó de una pieza y notó que la sangre le afluía a las sienes.

¿Se atrevería? Se encontraba encerrada y la puerta la aislaba de aquel animal que dormía en su cama.

Estaba sola pero no estaba a salvo porque, aunque habían dejado la manija en su sitio, ésta no podía cerrarse por dentro.

Si corría el riesgo de registrarle los bolsillos y él despertaba de repente, la buscaba, entraba sin previo aviso y la encontraba examinando sus efectos personales, sería espantoso.

La golpearía hasta matarla. O cosa peor. Por otra parte, tal vez jamás volviera a presentársele una ocasión parecida. Hasta aquellos momentos, el tipo no había sido vulnerable.

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