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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– ¿Qué lista?

Nuevamente una duda.

– Tal vez no debí decirlo…

– Explícate, por favor. Esto quedará entre nosotros dos.

– Bueno, es una lista muy confidencial que lleva la Supranational, acerca de la gente que puede ser entretenida a su costa.

Él tuvo la súbita sensación de que le apretaban una soga al cuello.

– ¿Quién hace la lista?

– No sé. Sé que nos la dan a nosotras, las chicas. No sé quién la hace.

Él se detuvo, pensando nerviosamente, y razonó: lo hecho, hecho estaba. En realidad debía estar contento de no figurar ya en la lista, aunque se preguntó, con algo de envidia, quién figuraría ahora. En todo caso esperaba que las copias fueran cuidadosamente destruidas. En voz alta preguntó:

– ¿Eso significa que ya no puedes venir aquí a verme?

– No exactamente. Pero, si lo hago, tendrás que pagar tú, Roscoe.

– ¿Cuánto costará eso? -preguntó, maravillándose de ser él quien estaba hablando.

– Está mi pasaje aéreo desde Nueva York -dijo Avril, muy directamente-. Después el precio del hotel. Y, para mí… doscientos dólares.

Heyward recordó haber pensado alguna vez cuánto habría costado él a la Supranational. Ahora lo sabía. Apartando el teléfono luchó mentalmente: el sentido común contra el deseo; la conciencia contra la certeza de lo que representaba estar solo con Avril.

El dinero era también más de lo que podía permitirse. Pero la deseaba. Mucho en verdad.

Acercó otra vez el teléfono.

– ¿Cuándo puedes venir?

– El martes de la próxima semana.

– ¿Antes no?

– Mucho me temo que no, cariñito.

Sabía que estaba haciendo el tonto; que, entre ese día y el martes, él tendría que formar cola detrás de otros hombres cuyas prioridades, fuera cual fuese, eran mayores que las suyas. Pero no pudo evitarlo y dijo:

– Está bien. El martes.

Arreglaron que ella iría a alojarse en el Columbia Hilton y le telefonearía desde allí.

Heyward empezó a saborear la próxima dulzura que le esperaba.

Recordó otra cosa que debía hacer: destruir los certificados de sus Inversiones «Q».

Desde el piso treinta y seis usó el ascensor que bajaba directo a la planta baja, después marchó por el túnel hasta la sucursal vecina. Tardó sólo unos minutos en llegar a su caja fuerte personal y retirar los cuatro certificados, cada uno por quinientas acciones. Los llevó personalmente arriba, donde pensaba destruirlos en una máquina de cortar papeles.

Pero, ya en su despacho, pensó de nuevo. La última vez que había controlado la cosa, las acciones valían veinte mil dólares. ¿Acaso estaba obrando apresuradamente? Después de todo, si llegaba el caso, podía destruir los certificados en seguida.

Cambió de idea y los guardó en un cajón del escritorio, junto con otros papeles privados.

12

La gran ocasión llegó cuando Miles Eastin menos la esperaba.

Sólo dos días antes anduvo frustrado y deprimido, convencido de que su servidumbre en el club Double Seven no iba a producir otro resultado que el de sumergirlo más en la criminalidad, con la renovada sombra de la cárcel pendiente y aterradora. Miles había comunicado su depresión a Juanita y, aunque quedó momentáneamente aliviado al hacer el amor, el estado de ánimo básico proseguía.

El sábado había visto a Juanita. Ese lunes por la noche, en el Double Seven, Nate Nathanson, el gerente del club, mandó buscar a Miles que había estado ayudando como de costumbre, llevando bebidas y sándwiches a los jugadores de cartas y dados, en el segundo piso.

Cuando Miles entró en la oficina del gerente, vio que otros dos hombres acompañaban a Nathanson. Uno era el prestamista tiburón, el ruso Ominsky. El otro era un individuo tosco, de facciones gruesas, que Miles había visto varias veces en el club, y a quien había oído nombrar como Tony, «Oso» Marino. Lo de «Oso» parecía muy apropiado. Marino tenía un cuerpo pesado y poderoso, movimientos ágiles que sugerían un salvajismo apenas oculto bajo la piel. Que el «Oso» Tony tenía autoridad, era evidente, y era tratado con deferencia por los otros. Siempre llegaba al club en una limousine Cadillac, acompañado por un chófer y un compañero, evidentemente un guardaespaldas.

Nathanson pareció nervioso al hablar.

– Miles, he dicho a míster Marino y míster Ominsky cuán útil eres aquí. Quieren que nos hagas un servicio a…

Ominsky dijo cortante al gerente:

– Espere fuera.

– Sí, señor -y Nathanson salió rápidamente.

– Abajo hay un tipo en un coche -dijo Ominsky a Miles-. Que te ayuden los hombres de míster Marino. Tráelo, pero que no le vean. Llévalo a un cuarto cerca del tuyo y asegúrate de que se quede allí. No le dejes más de lo necesario y, cuando tengas que salir, ciérralo con llave. Te hago responsable de que no salga de aquí.

Miles preguntó, inquieto:

– ¿Se supone que debo retenerlo a la fuerza?

– No necesitarás fuerza.

– El viejo conoce el juego. No armará líos -dijo Tony el «Oso». Para un individuo de su tamaño, su voz sonaba sorprendentemente a falsete-. Recuerda que es importante para nosotros, así que debes tratarle bien. Pero no le des bebida. Te la pedirá. No le des nada. ¿Has entendido?

– Eso creo -dijo Miles-. ¿Quiere usted decir que ahora el hombre está inconsciente?

– Está borracho como una cuba -contestó Ominsky-. Ha estado de juerga una semana. Tu tarea es cuidarlo y que se le pase la borrachera. Mientras esté aquí… tres o cuatro días… tu trabajo puede esperar -añadió-: Si lo haces bien te apuntarás un tanto.

– Haré todo lo que pueda -contestó Miles-. ¿Cómo se llama el tipo? Tengo que llamarle de alguna manera.

Los otros dos se miraron y después Ominsky contestó:

– Danny. Es todo lo que necesitas saber.

Unos minutos después, ante el Double Seven, el chófer guardaespaldas del «Oso» Tony, escupía asqueado sobre la acera y se quejaba:

– ¡Por Cristo! ¡Este viejo apesta como cloaca!

Él, el segundo guardaespaldas y Miles Eastin miraban la figura inerte en el asiento trasero del sedán Dodge, aparcado en la esquina. La puerta trasera del coche estaba abierta.

– Voy a ver si lo limpio -dijo Miles. Su propia cara se contrajo ante el poderoso olor a vómito-. Pero primero hay que llevarle adentro.

El segundo guardaespaldas urgió:

– ¡Carajo, terminemos cuanto antes!

Ambos se inclinaron y levantaron el cuerpo. En la calle escasamente iluminada lo único que podía distinguirse del bulto era un revoltijo de pelo gris, unas mejillas pastosas y hundidas, con matas de barba, unos ojos cerrados y una boca abierta y floja, que mostraba unas encías totalmente casi desdentadas. Las ropas del hombre estaban casi todas desgarradas y manchadas.

– ¿Te parece que está muerto? -preguntó el segundo guardaespaldas cuando extraían el cuerpo del auto.

Precisamente en ese momento, quizá provocada por el ajetreo, una oleada de vómito emergió de la boca abierta y cayó sobre Miles en una cascada.

El chófer guardaespaldas, que no había sido tocado, se rió.

– No está muerto. Todavía no -después, cuando a Miles le dio una arcada-: Prefiero que te haya tocado a ti y no a mí, hijito.

Llevaron al reticente viejo dentro del club y allí, usando una escalera posterior, hasta el cuarto piso.

Miles había traído la llave de un cuarto y abrió una puerta. Era un cubículo como el suyo, cuyo único mobiliario era una cama estrecha, una cómoda, dos sillas, una palangana y algunos estantes. Linos paneles alrededor del cubículo se interrumpían a un palmo del techo, dejando abierta la parte superior. Miles miró dentro, después dijo a los otros:

– Esperad -y, mientras esperaban, él corrió escaleras abajo y trajo una sábana de goma del gimnasio. Al volver la tendió sobre la cama. Echaron allí al viejo.

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