Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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– Eres estupenda. Una mujer de cuerpo entero como jamás ha habido otra. Precisamente lo que he andado buscando toda la vida. -Asintió-. Muy bien. A partir de ahora vamos a ayudarnos el uno al otro.
Reseña de última edición: La señorita Sharon Fields, en el papel de protagonista, ha hecho gala de la asombrosa versatilidad que siempre cabe esperar de una verdadera estrella. Jamás había estado más convincente.
Cuarta actuación.
En escena con el Soñador.
La muchacha encantadora reducida a la quintaesencia de la feminidad en contra de sus deseos.
El amor del hombre la ha conmovido, ha conseguido llegar hasta su corazón y ella no puede evitar corresponderle. La bárbara y brutal empresa se está convirtiendo para ella en una romántica aventura. Se ha transformado, a los ojos de su amante, en la criatura soñada que éste se había inventado.
Su ardiente pasión (sabiamente guiada por ciertos recuerdos de Ellis, Van de Velde, Kinsey y, sobre todo, Masters-Johnson) se esforzará por devolverle la virilidad.
De lograr esto último, la actuación se convertiría en un triunfo.
El Soñador había entrado en la estancia con cierto recelo. No se molestó en desnudarse. Se sentó en la cama, completamente vestido, y sin moverse.
Parecía que meditara, Sharon ya sabía acerca de qué. Tendría que manejarlo con cuidado.
– Hola, hombre. No te veo muy contento.
– Es que no lo estoy.
– Yo sí debiera estar triste y no tú. ¿Es que no has venido a hacerme el amor?
– Yo bien quisiera. Créeme, lo quisiera. Pero estoy muy desalentado. Y, cuanto más lo intento, peor, Creo que ya sé lo que ocurre.
– ¿Quieres decírmelo?
– ¿Acaso quieres saberlo? -le preguntó él asombrado-. Pensaba que estabas muy molesta con nosotros.
– Lo estaba y sigo estándolo con los demás. Pero me he percatado de las diferencias que os separan. Ya no te considero igual a los demás.
– Me alegro -dijo él animándose un poco-, porque no soy igual. Te aprecio de veras. Creo que eso es lo más importante. Te aprecio lo suficiente como para saber que no está bien forzarte estando tú indefensa. Eso es lo que me perjudica. El sentimiento de culpabilidad.
– Te lo agradezco muy de veras -le dijo ella con voz gutural-. Al principio había creído que erais todos iguales Todos igualmente crueles e insensibles.
Pero ayer comprendí que no era lógico. Y desde que llegué a la conclusión de que era una necedad seguir resistiendo y que me convenía sacar el mejor partido, he podido iros viendo individualmente. Tú no tienes nada que ver con los demás.
– ¿Te has dado cuenta? -le preguntó él ansiosamente.
– Al final, sí. Eres el único que ha pronunciado la palabra "amor".
– Porque yo te amo, te amo de veras.
– Y eres el único que me ha demostrado simpatía, comprensión y ternura, el único que me ha defendido. He estado pensando en ti y he llegado a una conclusión que no me importa confesarte un secreto.
Estaba pendiente de todas y cada una de sus palabras y se le veía como rejuvenecido. Sharon decidió adentrarse en la escena más crucial.
– Tenías razón en lo que pensabas, aunque yo me obstinara en negarlo. Para mí, la característica más estimulante de un hombre que me atraiga es el hecho de que crea que no hay nada imposible de alcanzar. Me atrae el hombre que no se desalienta. Sí, estabas en lo cierto al hablar de la personalidad que podía adivinarse a través de aquellas entrevistas falsas.
Me atrae el hombre capaz de afrontar cualquier riesgo con tal de poseerme. No me gustan los hombres computadorizados que calculan todos los pros y los contras de las acciones. Me gustan los soñadores lo suficientemente arrojados como para convertir en realidad sus sueños.
La reacción del sujeto fue precisamente la que ella se había imaginado.
Parecía un afligido peregrino que hubiera acudido a un sagrado santuario a la espera de un milagro, consciente de que probablemente éste no iba a producirse, y que acabara de verlo realizado.
– Eres todo lo que siempre he querido, Sharon -dijo ardorosamente-. No sé expresarte con palabras lo mucho que te quiero.
– Si me quieres, demuéstramelo. Házmelo comprender. Después de los demás, necesito de alguien que me aprecie. Quítate la ropa y tiéndete aquí a mi lado.
– ¿De veras lo quieres? -le preguntó él sin poder dar crédito a sus oídos.
– Me conoces lo bastante como para saber que siempre digo y hago lo que pienso, cuando me dan la oportunidad, claro.
Se desnudó sin quitarle los ojos de encima. Se encontraba desnudo a su lado sin atreverse todavía a tocarla.
– ¿Es que no vas a besarme? -le preguntó ella.
Se levantó tímidamente por encima de ella y la besó en los labios. Mientras la besaba, Sharon fue abriendo gradualmente los labios y le rozó la lengua con la suya. Se percató de la rápida aceleración de los latidos de su corazón. Entonces empezó a besarle las mejillas, las orejas y la barbilla y le murmuró:
– Ahora acaríciame los pechos y bésalos. Me gusta.
Mientras su cabeza descendía hacia su pecho, Sharon procuró recordar algunos de los consejos de Masters y Johnson. Los había leído con mucha atención. Pasó mentalmente las páginas.
El fracaso de los hombres se debía muy a menudo a la ansiedad, a una concentración en los resultados, a la necesidad de conseguirlo en lugar de perderse espontáneamente y participar de una forma natural en el acto.
Recordó haber leído que el fallo sexual podía deberse a "un desorden fruto de la ignorancia, de la privación emocional, de las presiones culturales y del total aislamiento de la sexualidad arrancada de su contexto natural".
Tales hombres "suelen mostrarse tan recelosos acerca de su actuación que, en el transcurso de la actividad sexual, se dedican a observarse mentalmente en lugar de dejarse arrastrar por sus naturales sentimientos sexuales".
Para evitar la eyaculación prematura, recordó, hay que comenzar por tocarse y acariciarse el uno al otro, iniciando el acto únicamente tras haber puesto en práctica la técnica de estrujamiento Masters-Johnson.
Con su cuerpo muy junto al suyo, Sharon se percató de que su deseo se estaba acrecentando. Para alcanzar la segunda fase a que hacía referencia la obra, tenía que asirle con fuerza.
– Espera, cariño -le murmuró-, ¿puedes soltarme la mano derecha, una sola mano? Ansioso de complacerla, dejó de besarla y acariciarla y, sin decir palabra, extendió la mano hacia el pilar y le soltó la muñeca derecha.
Sharon movió los dedos para que se le restableciera la circulación sanguínea.
Después le pidió que siguiera besándola y acariciándola. El la obedeció y su boca y sus manos regresaron a su cuerpo. A los pocos minutos se dispuso de nuevo a penetrarla pero ella le decepcionó una vez más.
– Espera -le repitió-, no lo intentes todavía. Acércate.
El se inclinó hacia adelante muy perplejo. Ella extendió la mano libre, le asió la punta del miembro y le aplicó la técnica Masters-Johnson. Lo consiguió a los cinco segundos y desapareció la erección.
– Muy bien, cariño -le dijo ella dulcemente-. Ahora descansemos juntos hasta que me desees de nuevo. Entonces repetiré lo que acabo de hacer.
Sin oponerse, él se dedicó de nuevo a besarla y acariciarla y, cuando estuvo dispuesto una vez más, ella se lo impidió, y repitió el proceso una tercera y una cuarta vez. A la quinta vez le dijo:
– Muy bien, cariño, vamos a probarlo.
Notó que se estremecía y empezó a guiarle, y cuando ya le tenía dentro cosa de un centímetro, advirtió que temblaba, lanzaba un grito y eyaculaba.
Cuando ya estuvo blando le siguió sosteniendo y estrujando suavemente.
– Ven aquí, tiéndete a mi lado.
El se tendió a su lado muy afligido.
– Lo siento -dijo.
– No lo sientas -le dijo ella cariñosamente-. Vas a conseguirlo. Esta vez lo has hecho mejor que antes, mucho mejor. Me has penetrado. Casi estabas dentro.