Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– ¡Jesús! -repitió Patterton-. ¡Jesucristo! -Sacó un pañuelo y se secó la cara y la cabeza, en forma de huevo.
Alex siguió, imperturbable.
– Hay otra cosa que debemos considerar… la publicidad. Si la Supranational se hunde habrá investigaciones. Pero aún antes, la prensa estará detrás de la historia y habrá investigaciones por su cuenta. Algunos periodistas financieros son muy buenos para esto. Cuando empiecen las averiguaciones, es poco posible que nuestro banco deje de llamar la atención, y la cantidad de nuestras pérdidas será conocida y publicada. Es el tipo de noticias que inquieta a los depositantes. Pueden provocar retiros en masa.
– ¿Quiere usted decir que retiren todo el dinero del banco? No puedo creerlo.
– Pues créalo. Ha pasado en otras partes… recuerde el Franklin, de Nueva York. A un depositante lo único que le importa es dónde está seguro su dinero. Si uno cree que no lo está… lo retira cuanto antes.
Patterton bebió más agua, luego se dejó caer en el sillón. Parecía aún más pálido.
– Sugiero -dijo Alex- que convoque usted inmediatamente al Comité de Política Monetaria y que nos concentremos, en los días siguientes, en alcanzar el máximo de liquidez. De esta manera estaremos preparados si hay un súbito retiro de dinero.
Patterton asintió.
– Está bien.
– Fuera de eso no queda mucho por hacer, como no sea rezar -por primera vez desde su llegada Alex sonrió-. Tal vez convendría que Roscoe se ocupara de eso.
– ¡Roscoe! -dijo Patterton, y bruscamente recordó-. Él estudió las cifras de la Supranational, recomendó el préstamo, aseguró que todo era magnífico.
– Roscoe no estaba solo -señaló Alex-. Usted y la Dirección le apoyaron. Y varios otros estudiaron las cifras y llegaron a la misma conclusión.
– Pero no usted.
– Yo estaba inquieto, tal vez desconfiaba algo. Pero no tenía idea de que la SuNatCo estuviera metida en un lío semejante.
Patterton tomó el teléfono que había usado antes.
– Dígale a míster Heyward que venga -una pausa y después Patterton exclamó-. No me importa aunque esté con Dios. Quiero que venga ahora -colgó con fuerza el aparato y se secó otra vez la cara.
La puerta del despacho se abrió suavemente y entró Heyward.
– Buenos días, Jerome -dijo, e hizo a Alex una fría inclinación de cabeza.
Patterton gruñó:
– Cierre la puerta.
Aparentemente sorprendido, Heyward lo hizo.
– Me han dicho que era urgente. Si no es así, quisiera saber…
– Dígale lo de la Supranational, Alex -dijo Patterton.
La cara de Heyward se heló.
Tranquilamente, indicando los hechos, Alex repitió lo esencial del informe de Jax. Su rabia de la noche anterior y de la mañana… rabia ante la miope tontería y avidez que había llevado al banco al borde del desastre, le había dejado ahora. Sólo sentía pena de que pudiera perderse tanto, de que tanto esfuerzo fuera malgastado. Recordó, con nostalgia, los proyectos dignos que habían sido reducidos para que el dinero pudiera canalizarse en el préstamo a la Supranational. Por lo menos, pensó, Ben Rosselli, al morir, se había salvado de vivir este momento.
Patterton asintió.
– Está bien.
– Fuera de eso no queda mucho por hacer, como no sea rezar -por primera vez desde su llegada Alex sonrió-. Tal vez convendría que Roscoe se ocupara de eso.
– ¡Roscoe! -dijo Patterton, y bruscamente recordó-. Él estudió las cifras de la Supranational, recomendó el préstamo, aseguró que todo era magnífico.
– Roscoe no estaba solo -señaló Alex-. Usted y la Dirección le apoyaron. Y varios otros estudiaron las cifras y llegaron a la misma conclusión.
– Pero no usted.
– Yo estaba inquieto, tal vez desconfiaba algo. Pero no tenía idea de que la SuNatCo estuviera metida en un lío semejante.
Patterton tomó el teléfono que había usado antes.
– Dígale a míster Heyward que venga -una pausa y después Patterton exclamó-. No me importa aunque esté con Dios. Quiero que venga ahora -colgó con fuerza el aparato y se secó otra vez la cara.
La puerta del despacho se abrió suavemente y entró Heyward.
– Buenos días, Jerome -dijo, e hizo a Alex una fría inclinación de cabeza.
Patterton gruñó:
– Cierre la puerta.
Aparentemente sorprendido, Heyward lo hizo.
– Me han dicho que era urgente. Si no es así, quisiera saber…
– Dígale lo de la Supranational, Alex -dijo Patterton.
La cara de Heyward se heló.
Tranquilamente, indicando los hechos, Alex repitió lo esencial del informe de Jax. Su rabia de la noche anterior y de la mañana… rabia ante la miope tontería y avidez que había llevado al banco al borde del desastre, le había dejado ahora. Sólo sentía pena de que pudiera perderse tanto, de que tanto esfuerzo fuera malgastado. Recordó, con nostalgia, los proyectos dignos que habían sido reducidos para que el dinero pudiera canalizarse en el préstamo a la Supranational. Por lo menos, pensó, Ben Rosselli, al morir, se había salvado de vivir este momento.
Roscoe Heyward le sorprendió. Había esperado antagonismo, un estallido. No lo hubo. En lugar de esto Heyward escuchó tranquilamente, intercalando a veces alguna pregunta, y no hizo comentarios. Alex sospechó que lo que él decía ampliaba algunas informaciones que Heyward había recibido, o adivinado.
Cuando Alex terminó hubo un silencio.
Patterton, que había recobrado un poco de aplomo, dijo:
– Esta tarde haremos una reunión con el Comité de Política Monetaria para discutir la liquidez. Entre tanto, Roscoe, póngase en contacto con la Supranational para ver si es posible salvar algo de nuestro préstamo.
– Es un préstamo de demanda -dijo Heyward-, podemos reclamarlo en cualquier momento.
– Entonces, hágalo ahora. Hágalo hoy verbalmente y mañana por escrito. No hay muchas esperanzas de que la SuNatCo tenga cincuenta millones de dólares al contado; ni siquiera una compañía sólida mantiene quieta esa cantidad de dinero. Pero tal vez haya algo; aunque no tengo muchas esperanzas. De todos modos, tenemos que actuar.
– Llamaré en seguida a George Quartermain -dijo Heyward-. ¿Puedo llevar el informe?
Patterton lanzó una mirada a Alex.
– No tengo inconveniente -dijo Alex-, pero sugiero que no hagamos copias. Y cuanta menos gente esté enterada de esto, tanto mejor.
Heyward asintió con la cabeza. Parecía inquieto, ansioso por irse.
11
Alex Vandervoort no se había equivocado al suponer que Roscoe Heyward poseía alguna información al respecto. Habían llegado a Heyward rumores de que la Supranational estaba con problemas, y se había enterado, en los días pasados, de que algunos de los papeles comerciales de la SuNatCo encontraban resistencia de parte de los inversores. Heyward también había asistido a una reunión de la Dirección de la Supranational -la primera a la que asistía- y había sentido que la información proporcionada a los directores distaba de ser completa y franca. Pero, como «muchacho nuevo» no había preguntado, con intenciones de averiguar después. Tras la reunión había observado una baja en el precio de las acciones de la Supranational, y había decidido, ayer mismo, aconsejar al departamento de depósitos que «aligeraran» las acciones, como precaución. Desgraciadamente, cuando Patterton lo convocó por la mañana, todavía no había hecho efectiva su intención. Pero nada de lo que Heyward había oído o adivinado sugería que la situación fuera tan mala y urgente como decía el informe presentado por Vandervoort.