El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Oí hablar desde el pasillo -explicó Remo.
Sabía que su presencia no era un secreto.
– Desde luego -dijo Stern-. Remo Cavarelli, Silvia Hartnell.
Silvia saludó cortésmente al hombre que había irrumpido en su casa para robar.
– ¿Nos vamos o qué? -se impacientó Remo.
– Sender, ¿estás bien? -preguntó Silvia, no por primera vez.
– Muy bien -respondió Stern, atinando a sonreír, con voz débil, como si su espíritu hubiera abandonado el cuerpo y lo examinara desde fuera.
– ¿Aún nos llevamos esta cosa?
Remo señaló la caja que tenía a los pies. Stern, al recordar de qué se trataba, sonrió de nuevo.
– Oh, sí.
Remo echó a andar hacia el coche. Silvia también salió de la habitación para llamar por teléfono. Había un bombero local que realizaba trabajos por la zona y tal vez estuviera disponible incluso en domingo para reparar la cocina.
Stern se quedó a solas con la caja. Era sorprendente que hubiera hablado en español con Silvia. Habría apostado una cuantiosa suma a que no podía redondear una frase. De vez en cuando individuos latinos aparecían en la oficina de Stern, habitualmente cubanos que necesitaban un abogado bilingüe. Desde luego, en los setenta estaban los patéticos mexicanos pobres arrestados a granel por distribuir heroína marrón, hombres tristes y analfabetos, mascullando «chingadas» y suplicando a Stern que aceptara su caso. Stern siempre había rechazado estos asuntos. No le molestaban las drogas, sino el temor a que lo reconocieran por lo que era, alguien cuyo lugar estaba en otra parte. Ahora comprendía que había superado aquella etapa y aquellas actitudes. A partir de entonces daría la bienvenida a estos clientes. Estaba seguro de que recobraría las palabras con el tiempo.
Saboreó la bebida. Silvia había dicho que él sabía desde siempre. Se refería a otra cosa, desde luego, pero a solas se preguntó si el segundo sentido también era correcto. Una parte de él seguía sólidamente comprometida con la verdad; siempre creería ante todo en los hechos. Pero en otra región -una zona silenciosa que aún desconocía- los estragos aumentaban y se estaban evaluando los daños. Si había previsto esto, era sólo con ese ojo interior que siempre imagina la realización de los peores sueños. Ahora resultaba evidente que Clara no había querido continuar viviendo porque no se atrevía a confesar el «quién» más que el «qué». No era casual que hubiera escogido este amante, estaba convencido. Clara conocía demasiado bien al marido. Después, incluso ella debía de haberse alarmado ante el feroz despecho que la había impulsado. Por eso no soportaba confesarlo. Bien, al menos la evidencia de sus sentidos no le había fallado. Clara no tenía interés en Dixon cuando él volvió con Silvia. Debía de haber sentido repulsión tanto por él como por sí misma. ¿Qué había sucedido entre ellos? ¿De qué habían hablado? Ya estaba de vuelta donde siempre, presintiendo que preferiría continuar en la ignorancia.
Stern se arqueó y acercó el pie a la caja de seguridad. Aún estaba abierta. Entreabrió aún más la portezuela con la suela del zapato. Los documentos estaban allí. ¿Por qué no? Podía soportar cualquier cosa.
Había dos hojas escritas con la impresora de una microfilmadora, con tinta fuerte, cada una doblada en cuatro. Cuando las sacó de la caja, se cayeron varios papeles que envolvían documentos: dos cheques y varios cuadrados de celuloide gris que Stern reconoció como microfichas.
– Los teléfonos no funcionan -anunció Silvia, quien regresó al salón profundamente perturbada-. ¿Cómo podré comunicarme?
Remo regresó en ese momento.
– ¿Quién es ése? -preguntó-. ¿Quién viene?
Remo había pasado en el guardarropa tiempo suficiente como para reparar en las pesas y prefería no estar presente cuando llegara el dueño de la casa. Silvia le explicó su problema y salieron juntos para que Remo conectara de nuevo las líneas telefónicas. En el intervalo, Stern examinó los documentos de la caja. Remo y Silvia regresaron poco después.
– Viene hacia aquí -anunció Silvia.
Parecía consolada por la idea de que el desorden de la cocina quedaría prontamente arreglado.
– Bien, vámonos -dijo Remo, que no las tenía todas consigo.
Se agachó sobre la caja y la levantó con un resuello.
Stern y la hermana lo siguieron por el pasillo de piedra. Stern llevaba en las manos todos los documentos. Silvia abrió el cancel para que Remo saliera, y luego le abrió la portezuela trasera del Mercury. Parpadeando bajo el sol brillante, Stern y su hermana vieron cómo Remo bajaba la caja al sucio suelo del descalabrado Cougar. Se irguió y se sacudió las manos, recobrando el aliento. Un hilillo de sudor le corría por la sien.
– Pensándolo bien -decidió de pronto Stern-, la dejaremos.
Remo lo miró boquiabierto, mostrando sus dientes rotos.
– Por favor, Remo. Lleva la caja donde la encontramos.
– No -dijo él incrédulamente.
– Por favor -insistió Stern. Había adoptado su tono más autoritario y Remo lo miró con incertidumbre, reacio a obedecer pero sin animarse a presentar más objeciones. Stern se volvió hacia Silvia-. Todo quedará como estaba. No será preciso que digas nada.
Ella también parecía confusa, pero no sabía cómo reaccionar ante este cambio de actitud.
– Muy bien -dijo Stern a ambos.
Regresó hacia la casa y se volvió para pedir a Remo que llevara la caja al salón. Stern aún tenía todos los documentos. Se sentó en el sofá y los puso sobre la tapicería de seda para dejar los documentos en el orden en que los había encontrado. Las dos páginas copiadas iban primero, luego las microfichas y al final los dos cheques, uno dentro del otro. Estudió los cheques de nuevo. El primero era el cheque personal de Dixon, cancelado, por 252.646 dólares pagaderos a MD Clearing Corp. La nota del resumen decía «Débito cuenta 06894412», la cuenta Wunderkind. Según lo que le había dicho Sonny en Dulin, el gobierno ya tenía una copia microfilmada de este cheque gracias a la citación enviada al banco de Dixon.
El otro cheque, que Stern examinó con mayor detenimiento, estaba impreso en el papel verde del River National y era un giro certificado contra la cuenta de inversiones de Clara, a nombre de Dixon Hartnell. La cantidad era de 851.198 dólares. Stern sostuvo el cheque con la intensa emoción que aún le producía el contacto con una pertenencia de Clara. Plegó ambos cheques, los colocó dentro de las dos páginas impresas junto con las microfichas, siguiendo los mismos pliegues que había antes. Estas hojas reproducían la primera y última página del acuerdo de cuenta para Wunderkind, los dos lugares donde aparecía la identificación del responsable de la cuenta: nombre, dirección, número de seguridad social. En la última página, tras docenas de párrafos de advertencias y cláusulas, el cliente firmaba el acuerdo. Antes de guardar los documentos en la caja, que Remo había depositado a sus pies, Stern observó la línea final, donde Kate Stern había estampado su elegante firma.
42
Era evidente que no se sentía más feliz. Los acontecimientos de los últimos días lo habían dejado más confuso que nunca. Pero su vieja habilidad para distraerse con el trabajo había resurgido. Había recuperado el hábito de ser el primero en llegar a la oficina, y durante la última semana había aceptado tres casos nuevos de importancia: una estafa, una investigación por fraude y un caso local donde el propietario de un vertedero se enfrentaba a acusaciones de homicidio. Sondra y George alegaron que estaban abrumados de trabajo, pero Stern estaba preparado para aceptar los casos. En la oficina demostraba una energía y un deleite de los que antes carecía. ¡Los afanes del hombre en sociedad! El ajetreo, las llamadas telefónicas, los pequeños rayos de luz en la maraña de egoísmo y reglas. Alejandro Stern amaba la práctica de la ley. ¡Sus clientes, sus clientes! Ningún canto de sirena atraía más a Stern que la llamada de una persona en apuros: un malandrín encerrado en la comisaría en sus primeros tiempos, o un hombre de negocios acuciado por un agente del servicio fiscal, como le ocurría ahora. En cualquier caso, siempre lo excitaba: «No hable con nadie. Estaré allí dentro de un instante».