El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
¿Qué era? ¿Qué era esa demencial devoción por gente que se resistía a pagar honorarios, que lo denostaba si perdía el caso, que le mentía por costumbre, retenía datos cruciales e ignoraba sus instrucciones? Lo necesitaban. ¡Lo necesitaban! Esos personajes débiles, lastimados y aun bufonescos requerían la ayuda de Alejandro Stern para salir adelante. El desastre acechaba. La destrucción de sus vidas. Lloraban en su oficina y juraban asesinar a sus camaradas traidores. Cuando volvían a sus cabales, se enjugaban los ojos y esperaban patéticamente a que Stern les dijera qué debían hacer. Él chupaba el puro y procedía a explicarles.
En la tarde del lunes, encontró un momento para llamar a Cal.
– Quería anunciarte que el asunto del cheque está resuelto.
– ¿En serio? -preguntó Cal.
– Por lo tanto, Cal, ten la amabilidad de decir a nuestros amigos del River National que todo está bien y agradéceles la cooperación.
– Claro, claro -dijo Cal, aclarándose la garganta- ¿Qué era?
– Un asunto muy complicado -respondió Stern.
– El beneficiario, quiero decir.
– Es difícil decirlo en este momento -repuso Stern, tratando de parecer sincero-. Pero pronto quedará aclarado, Cal. No tengas dudas. Te lo agradezco profundamente.
– Entiendo -replicó Cal.
Estaba ofendido, desde luego. Esperaba mayor veneración y confianza por parte de Stern, al menos por cortesía profesional.
Al regresar esa tarde a casa, encontró un enorme maletín en el vestíbulo. Se agachó para examinar la etiqueta. Marta estaba de vuelta. Por lo general viajaba con una mochila y un maletín, los bagajes de su vida diversificada.
No estaba en la casa. Tras subir al primer piso y llamarla, la descubrió desde la ventana del solario. Estaba apoyada en el seto, hablando animadamente con Fiona. Marta escuchaba con mayor interés del que acostumbraba mostrar por su vecina. Stern echó a andar hacia ellas. Cuando Marta lo vio, se acercó para abrazarlo, y Stern, por alguna razón, se inclinó sobre el seto, cogió la mano bronceada de Fiona y también la besó. Ella estaba con su atuendo de jardín, con hojas en el pelo, y pareció sonrojarse ante la vehemencia de Stern.
– Está guapísima, ¿verdad? -declaró Fiona, señalando a Marta, quien llevaba su habitual vestido sin formas, largo hasta el suelo. Sin duda Fiona abrigaba la secreta convicción de que Marta vestía como una de las mujeres que seguían a las caravanas de carretas por la pradera-. Le estaba dando la noticia.
– ¿Ah, sí? -preguntó aprensivamente Stern.
– Acerca de Nate y yo -especificó Fiona.
– Ah, sí. Nate me lo mencionó. Lamento saberlo, Fiona.
– Tal vez ambos estemos mejor.
Como muchas personas que ya han afrontado un hecho temido, Fiona en efecto tenía un aspecto mejor y más fuerte de lo que cabía esperar.
Marta empezaba a enfilar hacia la casa. Stern comentó que había tropezado con su maleta.
– Tengo pensado quedarme por un tiempo -anunció ella-. He renunciado a mi empleo.
– ¿De veras? -preguntó Stern-. ¿Sin más?
– Un mes de preaviso, pero me debían unas vacaciones. El mes próximo regresaré unos días para ordenar las cosas. Pero la última vez que estuve aquí, noté a Kate muy cansada, y de pronto pensé que ella tendría un bebé y que yo estaría a mil kilómetros sin ninguna razón. ¿Para qué me molesté en aprobar exámenes en cuatro Estados si no voy adonde quiero? Encontraré trabajo aquí. ¿Te molesta?
– En absoluto.
Fiona intervino para decir que era maravilloso, maravilloso, una alegría para todos. Stern asintió.
– Tengo que llamar a Kate -dijo Marta-. Luego tengo que verla a ella y a John. ¿Quieres venir?
– Esta noche no. Por favor, dile a Kate, sin embargo, que esta semana me gustaría cenar con ella y John.
– Dios mío -exclamó Marta-, qué voz tan seria.
Stern no respondió y Marta enfiló hacia la casa. Stern se quedó con Fiona.
– ¿Has entendido que tiene previsto vivir aquí? -preguntó Stern.
– Eso parece.
– Vaya.
Se sintió consternado al pensar que Marta, sus vitaminas y minerales estarían presentes todo el día. Fiona, entretanto, se había acercado un poco más al seto.
– Supongo que estás muy enfadado conmigo -murmuró.
– De ningún modo, Fiona. A decir verdad, recibí lo que merecía.
– Yo traté de advertirte esa noche. Cuando Nate vino a casa. De verdad. -Estudió a Stern con la mirada-. A fin de cuentas, Sandy, tenía que decir algo cuando él encontró la carta. Me pusiste en un brete. Pero no soportaba decirle a ese mal nacido que yo respetaba nuestro matrimonio cuando a él le importaba un rábano. ¿Sabes la peor parte? Cuando le conté esa ridícula historia, me pareció que se alegraba. ¿Puedes creerlo? -Fiona meneó la cabeza con gravedad-. ¿Por qué soy siempre tan tonta? -le preguntó a Stern, como si esperara una respuesta.
Se quedó un instante sumida en la desdicha de ser ella misma, de cometer a menudo, como tantos otros, los mismos errores.
– Por cierto, jura por lo más sagrado que esas pastillas no eran suyas -continuó Fiona-. Insistió en que eran para un paciente. Al fin me dijo que si yo no le creía, podía llamar al otro médico que trabajaba en el caso. Adivina quién era.
Stern alzó las manos: ni la menor idea.
– Peter.
– ¿ Peter?
– Tu hijo. ¿No es una coincidencia?
La noche era densa. Estaban a finales de julio y los insectos fastidiaban. Stern ahuyentó uno que le picaba la oreja mientras pensaba en la expresión de Nate el otro día, cuando se despedían. Esto era lo que Nate había callado. Stern comprendió que había tenido razón desde el principio. Le fastidiaba la idea de tener otro enfrentamiento.
Tal vez con Peter fuera innecesario.
– De todos modos, lo lamento -dijo Fiona.
– Fiona, soy yo quien debe disculparse. Como dices, te coloqué en una situación difícil. Lo has compensado de sobra. Agradezco tu discreción con Nate, cuando hablaste de nuevo.
– Qué diablos, pensé que no tenía sentido. No quería darle más satisfacciones -masculló, meneando la cabeza, abrumada por el divorcio, las diversas pero importantes concesiones que la vida le exigía en la derrota.
– No obstante, lamento que fueras la víctima de mi estado de alteración.
– Oh, no estuvo tan mal. -Lo miró tímida y provocativamente, una bonita cincuentona en atuendo campestre practicando la evasiva y seductora mirada que dirigía a los muchachos-. En cierto modo me animó.
Aun en su confusión, Stern no pudo reprimir una carcajada.
– Has sido muy generosa, Fiona.
– No ha sido nada -dijo ella.
Ella lo examinó pensativamente, con cierta picardía en los ojillos amarillentos. Pero Stern notó que ya habían cobrado rumbos diversos. Su barco y el de Fiona navegaban por canales diferentes. Por una vez en los últimos tiempos, el tacto de Stern no había fallado. Cada vez se dominaba mejor. Conmovido por las circunstancias, cogió la mano sucia de Fiona y le besó la palma.
– Allí vamos de nuevo -suspiró Fiona. Alzó los ojos y se alejó. Stern le pidió que le permitiera saber si podía ayudar de alguna forma. Ella agitó el brazo y se detuvo en la escalinata gris del porche- ¿Sabes que ese hijo de perra ha dejado de beber en serio? -preguntó.
Y luego meneó la cabeza enérgicamente y abrió la puerta.