Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
– Bueno -dijo. -No hay contestación.
Después, según su habitual modo de ser, tranquilo y afable, entabló una conversación prudente con el portador de la misiva, que se mostró deseoso de platicar en tono alegre, como si le hubiera ocurrido algún suceso afortunado. Había visto desde lejos la caballería de Sotillo a lo largo de la playa del puerto, rodeando la Aduana. Los edificios se conservaban intactos. Los extranjeros del ferrocarril permanecían encerrados en sus empaladizas y no pensaban en hacer fuego sobre el pueblo. Les colmó de maldiciones y luego refirió la entrada de Montero y los rumores que corrían por la ciudad. Ahora todos los pobres iban a ser ricos. Esto era magnífico. No sabía nada más, y, sonriendo con aire propiciatorio, manifestó que tenía hambre y sed.
El veterano sargento mayor le mandó presentarse al alcalde de la primera aldea. El mensajero se alejó a caballo, y don Pepe se encaminó despacio al pequeño campanario de madera, echó una mirada por encima de la cerca de un huertecito y vio al Padre Román sentado en una hamaca blanca, que pendía de dos naranjos frente a la casa parroquial.
Un enorme tamarindo sombreaba toda la blanca, construcción de madera con su oscuro follaje. Salió al punto una muchacha india de largo cabello, ojos grandes, y pies y manos pequeños, trayendo una silla de madera, mientras una vieja enjuta la seguía con la vista desde la galería. Don Pepe se sentó en la silla y encendió un cigarro, mientras el sacerdote aspiró del hueco de su mano una enorme cantidad de rapé. En su rostro moreno rojizo, aviejado y con hoyos, los ojos frescos y sin malicia brillaban como dos diamantes negros.
Con voz benigna y jovial don Pepe comunicó al Padre Román que Pedrito Montero, por conducto del señor Fuentes, le había preguntado por las condiciones en que entregaría la mina, con toda la maquinaria, material y obreros, necesarios para proseguir la explotación, a una comisión de ciudadanos patriotas, legalmente constituida y escoltada por una pequeña fuerza militar. El sacerdote levantó los ojos al cielo. Pero su interlocutor añadió que, según había dicho el mozo portador de la carta, don Carlos Gould estaba vivo y nadie le había molestado hasta entonces.
El Padre Román se congratuló en breves palabras de que el señor administrador continuara sano y salvo.
Las argentinas vibraciones de la campana colocada en la torrecilla de la iglesia habían señalado la hora de la oración de la tarde. La zona de bosques y matorrales que cerraba la entrada del valle se alzaba como una pantalla entre el sol, cercano al ocaso, y la calle de la aldea. Al otro extremo de la rocosa garganta, entre los muros de basalto y granito, se erguía, iluminada y cubierta de vegetación hasta la cumbre, una montaña que ocultaba la vista de la sierra a los moradores de Santo Tomé. Tres nubéculas rosadas pendían inmóviles en lo alto de la bóveda turquí. La gente en grupos conversaba sentada en la calle entre las chozas de junco. Delante de la casa del alcalde los contramaestres de la tanda nocturna se hallaban ya reunidos a la cabeza de sus cuadrillas, acurrucadas en el suelo, formando, un círculo de gorrillos de cuero, y con las cobrizas espaldas arqueadas pasaban alrededor de la calabaza de mate. Mientras ésta pasaba de mano en mano, el mozo llegado de la ciudad, que había atado el caballo a un poste de la puerta, les contaba lo que pasaba en Sulaco. Al lado estaba de pie el alcalde, con aire grave, luciendo un chaleco blanco y una veste de zaraza floreada con mangas, enteramente abierta, de modo que dejaba al descubierto su robusta corpulencia, como si fuera una bata de baño. Cubría su cabeza con un tosco sombrero de castor y tenía en la mano un largo bastón con una bola de plata por empuñadura. Estas insignias de su dignidad le habían sido concedidas por el administrador de la mina, manantial de honor, de prosperidad y de paz. Había sido uno de los primeros inmigrantes al valle; y sus hijos y yernos trabajaban en el interior de la montaña que, con la corriente de mineral argentífero, precipitada con atronador estruendo por los canalones desde la mesa superior, parecía derramar sobre los trabajadores los dones del bienestar, de la seguridad y de la justicia.
El alcalde escuchó las noticias de la ciudad con el mismo interés e indiferencia que si perteneciera a otro mundo distinto del suyo. Y realmente le parecía así. En muy pocos años indios oprimidos y medio salvajes habían adquirido el sentimiento de pertenecer a una organización poderosa. Estaban orgullosos de la mina y apegados a ella; les había infundido confianza y fe. Atribuíanle una virtud protectora invencible, como si fuera un fetiche, obra de sus manos. Aunque en esto demostraban su ignorancia, no se diferenciaban mucho del resto de los hombres, que también suelen poner una confianza ilimitada en sus propias creaciones. Al alcalde no le cabía en la cabeza que la mina pudiera fallar en su protección y en su fuerza. La política era buena para la gente de la ciudad y del Campo. Con su cara redonda y amarilla, de amplias aberturas nasales y expresión inmóvil, semejante a una luna llena feroz, escuchaba la acalorada charla del mozo sin recelo, sorpresa ni emoción de ningún género.
El Padre Román permanecía sentado con aspecto abatido, balanceándose, un pie rozando el suelo y las manos asidas a los bordes de la hamaca. Menos confiado, pero tan ignorante de los sucesos políticos como su grey, preguntó al mayor qué trastornos sobrevendrían.
Don Pepe, erguido en la silla, después de cruzar las manos pacíficamente sobre la empuñadura del sable que mantenía perpendicular entre sus muslos, respondió que no lo sabía. La mina podía ser defendida contra cualquier fuerza enviada a tomar posesión de ella. Pero la resistencia no era prolongable mucho tiempo, dada la estéril aridez del valle, "si nos cortan a los defensores el suministro regular de víveres procedente del Campo. Si tal ocurría, en breve nos sería forzoso rendirnos por hambre". Don Pepe expuso muy tranquilo estas contingencias al Padre Román, qué, como veterano de numerosas campañas, estaba en condiciones de comprender el razonamiento de un militar. Los dos amigos conversaban con sencillez y franqueza. El buen Padre se entristecía ante la idea de ver a sus feligreses dispersos y esclavizados. No se forjaba ilusiones en cuanto a la suerte que les esperaba, guiado, más que por su sagacidad, por su larga experiencia de las atrocidades políticas, que le parecían fatales e inevitables en la vida del Estado. El funcionamiento de las instituciones públicas corrientes se le presentaba con toda claridad, como una serie de calamidades que agobiaban a los ciudadanos y se derivaban lógicamente unas de otras, brotando del odio, ira, locura y rapacidad, con todo el aspecto de un castigo del cielo. La clarividencia del sacerdote estaba servida por una inteligencia no desprovista de luces; y su corazón, conservando la sensibilidad para el dolor ajeno entre las escenas de carnicería, expoliación y violencia, aborrecía esas calamidades con doble aversión, por hallarse tan estrechamente ligado a sus víctimas. Alimentaba para con los indios del valle sentimientos de superioridad paternal. Durante cinco años o mas los había venido casando, bautizando, confesando, absolviendo y sepultando con dignidad y fervor; y el carácter sagrado de estas administraciones, reconocido con sincera fe, le hacía considerar a los mineros de Santo Tomé como verdaderos hijos suyos en un sentido espiritual. Eran caros a su supremacía de párroco. El vivo interés que la señora de Gould demostraba por ellos aumentaba su importancia a los ojos del Padre, porque en realidad acrecentaba también la suya propia. Cuando hablaba con ella de las incontables Marías y Brígidas de las aldeas, sentía dilatarse su caridad.
El Padre Román era incapaz de fanatismo en un grado que tuviera visos de reprensible. La señora inglesa era sin disputa hereje, porque ni creía ni practicaba la religión católica, pero no le era hostil y al mismo tiempo le parecía admirable y angelical. Siempre que surgía ante su espíritu esta cuestión perturbando sus sentimientos, mientras paseaba con el breviario bajo el brazo a la sombra anchurosa del tamarindo, se paraba en seco para tomar con ruidosos estornudos una fuerte dosis de rapé y movía la cabeza con aire de profunda meditación.