Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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– Sigue, Sharon. Respeto a las mujeres sinceras.
– Muy bien. Pero no se lo digas a los demás. ¿Me prometes que no vas a decirles a los demás lo que voy a confiarte?
La ballena no sólo se mostró satisfecha sino que hasta se le cayó la baba al ver que se le convertía en confidente de un secreto.
– Mira, Sharon, créeme. Puedes confiar en mí.
– Muy bien, pues.-Tú conoces la psicología femenina tan bien como yo. ¿Qué mujer de la tierra no ha soñado alguna vez con ser raptada y tomada a la fuerza por un hombre apuesto? La mayoría no queremos reconocerlo, pero casi todas las mujeres soñamos con ello, ¿sabes?
– Pues, claro, claro.
– Yo lo he soñado cientos de veces. Es un medio de disfrutar realmente del placer sexual sin temor a experimentar sentimientos de culpabilidad como consecuencia de un comportamiento poco femenino en el sentido tradicional de la palabra.
Pues, bien, después me sucedió, me sucedió en serio. Al principio estaba furiosa.-Puedes comprenderlo. Arrancarme de mi vida normal cuatro hombres desconocidos. Verme prisionera, atada. Verme asaltada.
Me asusté muchísimo. La fantasía es una cosa. Pero la realidad puede resultar terriblemente aterradora.
– Lo sé muy bien.
– Pero, una vez me hubo ocurrido, bueno, comprendí que no podía remediarlo. Tras haber mantenido relaciones sexuales con todos vosotros, bueno, vi que no estaba en mi mano hacer nada, y tampoco es que fuera a contraer ninguna enfermedad mortal.
Quiero decir que las relaciones amorosas sanas jamás han matado a una mujer, ¿verdad?
El se echó a reír. Se lo estaba pasando bien. La estaba empezando a ver con ojos nuevos, la estaba empezando a ver como una mujer, adulta, alegre y sincera, muy dada a los deleites carnales.
– Tienes razón, Sharon, tienes muchísima razón. Me alegro de oírte hablar así. Siempre pensé que no nos habíamos engañado. Siempre supe que por dentro eras toda una mujer.
– Pues lo soy. Cuando me convencisteis de la conveniencia de colaborar, colaboré, ¿Y sabes una cosa? No estuvo ni medio mal. No me refiero a todos vosotros.
No soy una ninfómana sin preferencias. Soy muy exigente y remilgada Tus amigos no son precisamente de mi gusto. Ese alto del acento tejano, por ejemplo, no es más que boquilla. Carece de elegancia y, en el fondo, es demasiado soso para mí.
Al Vendedor se le iluminaron los ojos.
– Ya sé a qué te refieres. Dicho sea entre nosotros, hay muchos hombres que piensan que lo único que puede hacerse es tenderse encima.
– ¡Exactamente! Siendo así que tú y yo sabemos que hay cien medios distintos de alcanzar un mayor placer sexual. ¿Me comprendes?
Al Vendedor se le agitó la fofa carne al pensar en las posibilidades.
– Vaya si te comprendo, Sharon. Eres una muchacha muy de mi gusto. Siempre supe que eras así, pero no estaba seguro de que llegaras a mostrarte tal como eras.
– Me estoy mostrando tal como soy, pero sólo para ti -le dijo ella rápidamente-, porque considero que he conseguido establecer contigo unas verdaderas relaciones.
Comprendí que eras el único que había corrido mundo. El muchacho que se inventó este proyecto es demasiado joven para mí. No sabe ni lo que tiene que hacer. Y el viejo, ¿para qué te voy a contar?
– No tienes que contarme nada, Sharon -dijo él riéndose-. Estamos a la misma longitud de onda.
– Exacto. Por consiguiente, a la segunda o tercera vez comprendí que eres el único de quien podría esperar algo.
Bueno, no quiero engañarte. No quería que me secuestraran. Tampoco estaba dispuesta a que me violaran. Pero lo pasado, pasado. Estoy aquí y he decidido sacar el máximo partido.
Y, puestos a colaborar, pensé que más me valía sacar algún beneficio. A mí me parece que eso denota madurez por mi parte, ¿no crees?
– Ciertamente que sí. Te admiro esa filosofía.
– ¿Cómo te lo diré para que me comprendas? Lo que quiero decirte es que, si tengo que entregarme a los otros tres, muy bien, lo haré. Pero a ti, puesto que simpatizamos intuyo que nos llevaremos muy bien, bueno, a ti me gustaría tratarte de otra manera, de una forma especial. Considero que merece la pena.
– Te doy mi palabra de que merecerá la pena -le dijo él arrebolado de entusiasmo-. Tienes clase. Y comprobarás que soy un hombre que sabe apreciar la clase.
– Gracias. Pero hay una cosa… -Se detuvo y frunció el ceño ensombreciéndosele la expresión del rostro-. No sé cómo puedes sentirte atraído hacia mí en la forma en que me has visto.
– ¿A qué te refieres? ¡Eres la mujer más hermosa del mundo!
– No, ahora no -dijo ella sacudiendo la cabeza sobre la almohada. Tal vez lo haya sido. Y tal vez pueda volver a serlo. Pero aquí, en estas circunstancias, no puedo resultar atractiva. Atada, sin poder tomarme un baño, enfundada en este camisón barato.
Esa no soy yo. Además, como todas las mujeres, tengo cierta vanidad femenina. Quiero ofrecer mi mejor aspecto cuando estoy en compañía de un hombre que me interesa. Quiero excitarle.
– Para excitarme no te hace falta nada más, Sharon. Mírame. Acabo de engordar medio kilo gracias a ti.
– Estupendo -murmuró ella dirigiéndole una mirada anhelante.
– ¿Lo dices en serio? -le preguntó él con voz ronca.
– Les he visto a todos y tú eres el mejor.
Comprimió su mole contra ella.
– Me estás volviendo loco.
Ella le besó el tórax y los hombros y le recorrió el cuello con la punta de la lengua.
– Ya averiguarías lo que soy capaz de hacer si me dieras ocasión -le murmuró ella-. Si me vieras con una bata transparente o un bikini, ya te darías cuenta. Cuando esté libre, verás lo que soy capaz de darte.
– Cariño, eres demasiado.
– Para ti no -murmuró ella.
El Vendedor le estaba rozando el pecho con la boca y ella suspiraba de placer. Levantó la cabeza e intentó mordisquearle los lóbulos de las orejas. Después le habló en tono sensual.
– Sigue, cariño, me gusta mucho. Los hombres olvidan que eso a las mujeres les gusta mucho.
Mmmmmm, Dime, cariño, ¿qué es lo que más te gusta cuando amas? ¿Te gusta lo mismo que a mí?
– ¿A ti que te gusta? -le preguntó él con un gruñido.
– Pues, todo. Todo, todo.
– Basta, basta, me estás excitando demasiado, espera tengo que…
Se le subió encima sin más preámbulos y le introdujo el hinchado miembro. Mantenía los ojos cerrados y jadeaba sin cesar.
– Anda, dámelo, dámelo -le decía ella gimiendo.
Enloqueció de excitación y, al experimentar el orgasmo, se le aplanó encima como la pared lateral de un edificio.
Ella jadeaba contra su oído.
Más tarde, sentado en la cama procurando recuperar el resuello, la miró con renovado respeto.
– Eres extraordinaria -le dijo.
– Lo acepto como un cumplido. Tú también lo eres. -Se detuvo-. Me has excitado mucho, ¿sabes?
Se le vio tan orgulloso como si acabara de ganar el premio Nobel.
– ¿De veras? ¿De veras te he excitado? Me lo había parecido pero no estaba seguro.
– Puedes estar seguro -le dijo ella sonriendo-. Ha sido una preciosidad. Lo hemos logrado juntos.
El la miró complacido y pareció que fuera a decirle algo.
– Lo que antes me estabas diciendo, ¿lo decías en serio? -le preguntó con recelo.
– ¿Te refieres a lo que podría hacer si me dieras ocasión?
– Sí. Si me encargara de soltarte, si te trajera cosas que te gustaran, ya sabes…
– Cosas sexualmente excitantes, sólo para ti.
Prendas interiores muy ligeras. Perfumes. Carmín de labios. Te asombrarías de comprobar lo útil que resulta.
– Si yo hiciera… tú has dicho que te gustaría hacer cosas distintas.
– Pruébame y verás -le dijo ella sonriéndole seductoramente.
El agitó la cabeza lentamente sin dejar de mirarla.