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El peso de la prueba

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Los pasos regresaron. Luego un silencio. Al cabo de un instante Stern comprendió que el visitante subía la escalera alfombrada. Stern retrocedió, de tal modo que sólo veía el rellano. La persona estaba arriba ahora, pero aún no había visto la silueta. Luego pasó Silvia en bata de playa y zapatos planos, mirando alrededor, mascullando distraídamente. Se subió las gafas y se las apoyó en el pelo desgreñado, enfilando hacia el dormitorio donde esperaba Remo.

Stern aguardó un instante y tras un segundo de vacilación llamó a su hermana.

Ella soltó un grito histérico.

– Oh Dios -dijo Silvia. Se apoyó una mano en el corazón y con la otra tocó la pared. Jadeaba profundamente-. Sender… casi me matas del susto.

– Perdóname.

– ¿Qué demonios…?

Stern se había propuesto decir que había decidido ir a nadar. Pero todo tenía un límite.

– Estoy robando una cosa -confesó.

Ella tardó sólo un segundo en comprender.

– ¿La caja de seguridad?

Él asintió. Silvia se irritó y le habló en español por primera vez en cuarenta años.

– ¿Qué hay en la caja de seguridad?

– No lo sé.

– ¿Estás tratando de ayudar a Dixon?

Stern se encogió de hombros y respondió en inglés:

– Eso creo. De todos modos, no tengo más remedio que hacerlo.

Silvia meneó la cabeza.

– Espera un momento. Quiero hablar contigo de todo esto. He vuelto a buscar un libro.

Ella se dirigió a su habitación, pero Stern le cogió la mano y le explicó que había traído un hombre.

– ¡Oh, Alejandro! -exclamó ella con fastidio-. Tú y Dixon sois como niños.

– Éste es un asunto serio.

Ella chasqueó la lengua. Se negaba a creerlo.

Stern bajó con ella al salón. Silvia, cortés como de costumbre, le ofreció una bebida, y él pidió una gaseosa. Ella pulsó el botón que había en la alfombra, junto al sofá, para llamar al criado, pero luego recordó que era domingo. Stern la esperó echando una ojeada al gran salón. Silvia y el decorador habían buscado un efecto acumulativo, casi egipcio; los colores eran oscuros, con muchos destellos dorados en las telas, y había muebles en todos los rincones: sillas, colgaduras, antimacasares gemelos con bordes festoneados, adornados con chales de gasa. En un rincón había una enorme maceta con oscuras plantas del desierto. La pared opuesta era de piedra, como la fachada de la casa, con un enorme hogar de vigas de doble anchura. Un óleo original de un célebre artista español -un retrato de mujer comprado años atrás por el astuto Dixon- colgaba majestuosamente sobre la chimenea. En invierno, leños del tamaño de troncos de árboles ardían allí todo el día. Luego dejaban un residuo humoso, como si curaran el aire.

– ¿Qué has hecho en la cocina? -exclamó Silvia cuando regresó. Le dio el vaso, pero lo miró con disgusto. Stern torció el gesto y Silvia sonrió meneando la cabeza-. Sender, debes decirme qué está pasando.

En su ausencia, él reflexionó sobre el asunto y decidió describirlo con moderación. El gobierno estaba investigando. Lo había hecho antes, pero éste era un asunto penal y los fiscales parecían tener pruebas de que Dixon incurría en prácticas dudosas. La investigación era cada vez más complicada, pero Dixon intentaba esconder la cabeza en la arena. El gobierno exigía la caja de seguridad y Dixon, desoyendo los consejos de Stern, intentaba ocultarla, una maniobra que no sólo perjudicaría a Dixon sino también a Stern. Esperaba que su hermana no captara todo el alcance de sus palabras, pero ella entendió demasiado bien.

– ¿Corre peligro de ir a la cárcel?

– Así es -respondió Stern.

Silvia permaneció inmóvil un segundo, encogiéndose en sí misma. Parecía diminuta con las piernas desnudas y los zapatos planos. Se apretó los codos contra el cuerpo y estiró la cara para conservar la compostura. Stern mismo, para su sorpresa, se encontraba al borde del llanto. Siempre sentiría debilidad por su hermana.

– He estado muy preocupada por él -dijo Silvia.

– Yo también.

– No tienes idea, Sender. -Silvia se entrelazó las manos-. Tose durante media hora cuando despierta por la mañana. Su secretaria me dice que se olvida de todo. La mayoría de las noches no duerme. Camina de un lado a otro, o se marcha a medianoche, para ir quién sabe adónde. En las últimas dos semanas casi no ha dormido aquí.

Miró de soslayo a Stern. Esta frase aludía a algo más que los viajes de Dixon.

– Yo intento ayudarlo, pero él se resiste.

– Claro -dijo ella-, pero temo que no sobrevivirá.

– Sobrevivirá -aseguró Stern-. Es uno de esos tipos que siempre sobrevive y triunfa. -Advirtió que había pronunciado estas palabras con tono involuntariamente halagüeño. Hasta el momento no había comprendido cuan arraigados estaban sus temores por Dixon, a pesar del rencor que sentía al predecir su gloria-. Esperaba venir e irme sin involucrarte.

– No le diré nada.

Stern sopesó estas palabras, pero estaba convencido de que sería un error que Silvia tomara partido. Dixon tenía ciertos derechos.

– No es necesario -dijo Stern.

– A menos que él me lo pregunte.

– Sin duda lo preguntará cuando vea el desorden de la cocina.

– La haré reparar. Mañana. Hoy, si es posible. De todos modos, me sorprendería mucho que él pasara la noche aquí. -De nuevo Silvia miró la alfombra. Años atrás, antes de que Silvia lo echara, Dixon solía dormir fuera de la casa. Tenía un apartamento en la ciudad, y sin duda a menudo estaba con alguna otra mujer. Cuando Silvia y él se reconciliaron, Dixon mantuvo las apariencias y limitó sus aventuras a las horas de trabajo o los viajes fuera de la ciudad-. Es muy perturbador.

– Desde luego. -Quiso decir un par de palabras a favor de Dixon, hablar de las tensiones recientes, pero comprendió que no serviría de consuelo-. ¿Le preguntas adónde va?

– Trabajo. -Silvia sonrió-. Desde luego, nadie responde cuando llamo.

– Entiendo. Espero que puedas soportarlo. Sería muy mal momento para que repitierais vuestra separación.

Silvia hizo una mueca.

– No habrá repetición. Estoy acostumbrada. -Sonrió con amargura-. Como sabes, ésta no era nuestra única dificultad.

Stern miró a la hermana sin comprender.

– Oh, lo sabías. Clara lo sabía y te lo contó. Yo sabía que te lo contaría. Eres un caballero, Sender, pero no es necesario que sigas fingiendo.

– No estoy fingiendo -dijo Stern.

– ¿En serio?

– Completamente.

– Pasó hace mucho tiempo -dijo Silvia, agitando la mano delgada como para descartar el tema, pero notó que Stern estaba intrigado y le reveló abruptamente la verdad-. Vino a casa con una enfermedad y yo temí que me la hubiera contagiado. Era repulsiva.

– ¿Una enfermedad?

– Una infección. Ya me entiendes.

A Stern le vibraba la cabeza. Notaba un nudo en el pecho y la garganta. No obstante preguntó:

– ¿Herpes?

Ella abrió la boca y luego, asombrosamente, sonrió con desgana, como si diera a entender que nunca comprendería a Stern. Sólo a él podía tolerarle algo parecido, una broma a costa de un dolor del pasado. A fin de cuentas, los hermanos mayores siempre tenían derecho a gastar bromas.

– Oh, Sender -exclamó con gesto aniñado-, lo sabías.

41

Al fin Remo bajó la escalera. Traía consigo la caja de seguridad, y descendía cada paso de lado, encorvado sobre la caja, escalón por escalón. Era un trabajo agotador y por un momento dejó la caja para encender un cigarrillo. Bajó el resto de los escalones con el Marlboro en la comisura de la boca y un ojo cerrado para evitar el humo. Desde el sofá del salón donde estaba sentado, Stern vio venir a Remo pero no se levantó para ayudarlo ni abrió la boca para hablar. Era capaz de moverse, desde luego, pero no sentía interés. Tal vez se quedara allí, con las manos entrelazadas, el resto de su vida. No experimentaba ninguna emoción intensa, excepto que ya no era él mismo. Aún le vibraba la cabeza y no sentía el peso de los brazos. Pero ante todo estaba abrumado por el distanciamiento. De esa casa saldría otro hombre, ni mejor ni peor, pero diferente.

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