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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– ¡Ahora vas a tragarte las pastillas, Gerhart! -ordenó Stich, carraspeando-. Si no, no sé lo que te haré esta vez.

Gerhart ni siquiera intentó resistirse cuando Stich separó sus labios secos a la fuerza. Su cuerpo permanecía totalmente pasivo y drenado de energía, los pensamientos estaban a punto de consumirlo.

– ¡Venga, mastícalas, Gerhart! ¡Hazlo, o trágatelas enteras! Me da lo mismo, siempre y cuando te las tragues.

Al ver que Gerhart no parecía dispuesto a tragárselas a pesar de los golpes continuados en la nuca, el viejo se puso en pie con determinación y fue a por la pistola. Cuando le quitó el seguro, su esposa se dirigió hacia el sofá rápidamente, como si ya hubiera visto a su marido llevar a cabo este tipo de amenazas otras veces. Gerhart respiró pesadamente y miró a Stich a los ojos.

– ¡Espera, Peter, los cojines!

El viejo soltó un suspiro y aceptó uno de los cojines que ella le ofreció, lo apretó contra la sien de Gerhart y llevó el cañón de la pistola al cojín.

– ¡Esto amortiguará el disparo! -dijo.

El tacto del cojín contra la sien era agradable. Andrea sostenía el otro cojín por las esquinas, al otro lado de la cabeza de Gerhart. Su tacto era más cálido, como si alguien hubiera estado sentado sobre él apenas un instante antes.

– ¡Ahora escúchame bien, gilipollas! -gritó Stich, poniendo énfasis en cada palabra con un apretón contra la sien de Gerhart-. Ya has dejado de ser importante para nosotros. En cuanto hayamos acabado con Petra, no nos servirás para nada. Os debéis la vida mutuamente. Hasta ahora, ha resultado ser un arreglo provechoso, pero ¿para qué vamos a mantenerte a ti con vida, si ella se va?

A pesar de que Stich mantenía su cabeza apresada, Gerhart logró girarla ligeramente para poder mirar a su verdugo a los ojos.

– ¡Ésta es tu última oportunidad! -prosiguió el viejo-. Estarás de vuelta en tu silla de ruedas en Santa Úrsula esta misma noche, siempre y cuando te tragues las pastillas ahora mismo. En caso contrario, ya se nos ocurrirá alguna excusa plausible que pueda justificar tu desaparición, ¡no te quepa la menor duda! ¡Trágatelas, te digo! ¡Voy a contar hasta diez!

Habían pasado ya muchas horas desde la última vez que Gerhart se había tomado sus pastillas. Nunca había pasado tanto tiempo entre toma y toma. Hacía tan sólo un par de minutos que estaba tirado en el suelo, a gatas, recibiendo los golpes de Stich sin rechistar y contemplando aquellas manchitas blancas desparramadas por la alfombra, debajo de la mesa del comedor, y apenas había sentido otra cosa que asombro.

La estancia parecía haberse ensanchado y la saliva le fluía libremente de la boca, obligándolo a tragársela constantemente.

La sensación de que el cuerpo no hacía más que expandirse y encogerse sin parar le provocaba ganas de reír. Los pasos de Andrea le habían sonado como las pisadas de un buey.

Todas las palabras le llegaban como a través de un altavoz.

Cuando el viejo empezó a contar, Gerhart notó que la obstinación se le agolpaba en el pecho. El rostro del viejo era un estorbo y un obstáculo para él; atraía las sombras y evocaba la aversión. Estaba impregnado de un olor agrio, la barba de tres días que emergía por encima de la línea de la barba recortada le confería un aspecto vulgar.

Al llegar al cinco, Stich le escupió en la cara sin que por ello Gerhart reaccionara. La ira había sorbido todo el color del rostro del viejo. La espuma sobresalía de su boca. Andrea le envió una mirada nerviosa.

– ¡No soporto la detonación ni la porquería! -gritó, echando la espalda hacia atrás en un movimiento torpe, como para asegurarse de que el proyectil no haría blanco en ella después de atravesar la cabeza de Gerhart.

En aquella posición, un sencillo soplo de aire podría haberla desestabilizado.

Al llegar a siete, Gerhart Peuckert se llevó el brazo a la cara y se secó el escupitajo con el dorso de la mano. Las execraciones de Stich no parecían surtir el efecto deseado. Cuanto más débiles eran, mayor parecía ser su efecto. Cuando el viejo lo había tomado por los hombros, sin querer, había despertado en Gerhart lo que más le costaba resistir: el deseo de sentir algo.

No se acaba ningún rompecabezas sin colocar la última pieza. Sin rompecabezas no hay pensamientos. Sin pensamientos no hay sentimientos y sin sentimientos no hay reacción. Aquel simple gesto cariñoso de Stich había desatado esta cadena caótica de reacciones. Las manos tiernas despertaron sus sentimientos. La amenaza a Petra se convirtió en la última pieza. Al volatilizarse la ternura de Stich, la amenaza volvió a acrecentarse y llegó la reacción.

Se había completado el rompecabezas.

Al llegar a nueve, Gerhart escupió todas las pastillas a los ojos de su verdugo con tal violencia obstinada que lo dejó ciego momentáneamente.

Un último y fatal error.

Sorprendido, el viejo reculó. Andrea gruñó como un cerdo a las puertas del matadero mientras zarandeaba el cojín como si fuera una arma letal.

Y Gerhart volvió a escupir, agarró al viejo por la muñeca y le hincó las uñas en sus carnes correosas con todas sus fuerzas.

Gerhart no detectó el sonido metálico de la pistola al caer al suelo hasta que ya fue demasiado tarde. De pronto se hizo el silencio. De pronto tuvo a Andrea cara a cara, con los brazos extendidos hacia él. En la mano sostenía la pistola, dispuesta a utilizarla contra él. Los ojos de Stich despedían un odio salvaje. Todo su cuerpo temblaba de cólera. La masa blanca y densa de pastillas disueltas le corría mejilla abajo, pero el viejo no le prestaba atención.

Gerhart apartó la mirada y volvió a mirar fijamente a Andrea. Extendió el brazo hacia ella y ladeó la cabeza. Sus pestañas estaban pegadas, sus labios temblaban.

– ¡Andrea! -dijo.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre. Los sentimientos se fundieron para volver a desintegrarse, provocándole el llanto y la risa indistintamente.

– Pero ¿qué te pasa, amiguito? Pareces tan nervioso -se oyó en un tono contenido desde atrás.

A medida que las mejillas de Stich fueron recobrando su color, su cuerpo fue enderezándose, recobrando así su habitual flema.

– ¡Hay que ver cómo te pones, pequeño Gerhart! Ya verás, muy pronto podrás estar tranquilo, ¡te lo prometo! Pásame la pistola, Andrea -dijo extendiendo la mano hacia ella-. ¡Tenemos que acabar con esta situación de una vez por todas!

Con una rapidez que hacía pensar que Andrea le había alcanzado la pistola voluntariamente, la mano de Gerhart salió disparada y le arrebató el arma de un tirón. Ni Andrea ni su marido tuvieron tiempo de detectar lo que acababa de ocurrir. Gerhart agarró a Andrea por las mangas del vestido y la arrojó contra la pared y las cortinas con tal violencia que la mujer no volvió a levantarse.

El odio entre el viejo y Gerhart Peuckert se encendió silenciosamente. Haciendo caso omiso a lo que acababa de ocurrir, Stich agarró a Gerhart por el cuello con unas manos esqueléticas. A pesar de los años de inmovilidad, su víctima consiguió zafarse de sus manos y, con un ímpetu que normalmente sólo se da si se dispone de una herramienta, Peuckert le propinó tal golpe que hizo crujir la mandíbula de Stich.

A partir de entonces, el viejo dejó de resistirse.

– ¿Qué es lo que quieres? -le preguntó Stich entrecortadamente cuando Peuckert lo sentó en una silla de un empujón. Era evidente que el cinturón que apresaba sus muñecas le provocaba dolor-. ¿Qué es lo que esperas conseguir?

Peuckert se llevó la mano al líquido diáfano que salía de su nariz, volvió la cabeza con la mirada fija en el techo y dejó que Stich carraspeara hasta recobrar la serenidad. Stich se lo quedó mirando un buen rato. Cuando Stich se disponía a dirigirle la palabra de nuevo, Gerhart se inclinó y recogió la pistola del suelo.

Gerhart suspiró. Aunque lo intentó, no salió ni una sola palabra de entre sus labios. Habría deseado pedirle al viejo que repitiera el nombre que había pronunciado instantes antes. No el de Arno von der Leyen, sino el otro; el que había provocado la risa de Stich.

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