La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– ¡Ha llamado!
Andrea lo dijo en un tono prudente y reculó, de modo que Gerhart Peuckert hiciera de barrera entre ella y su marido. Peter Stich soltó la otra bota y la miró fijamente.
– ¿Petra Wagner?
Gerhart abrió los ojos y miró extraviado a su alrededor hasta que su mirada atrapó los topos del delantal de Andrea. Empezó por debajo del bolsillo y emprendió el recuento de izquierda a derecha, de abajo arriba. Andrea se puso en pie. Gerhart la siguió con la vista, topo a topo.
– Sí, llamó hará unos diez minutos preguntando por ti.
– ¿Y…?
– Pues colgó cuando le dije que no estabas en casa.
– ¡Idiota! -gritó agarrando la bota que acababa de quitarse-. ¡Idiota, más que idiota!
El canto de la mesa de la cocina se hundió en los ríñones de Andrea, que intentaba zafarse, deformando así el paisaje punteado de Gerhart. Los golpes de Stich podían llegar a ser terriblemente certeros. Cuando sus ojos y los de su esposa se encontraron, Stich se detuvo y dejó caer el brazo.
– ¡Pero si sabes que Kröner la está buscando, imbécil!
Aunque Gerhart Peuckert hubiera estado totalmente presente, no podría haberse protegido del golpe que le propinó Stich. La bota era vieja y le había cambiado la suela varias veces; era pesada y su sien estaba desprotegida. Gerhart estuvo a punto de perder el sentido. Cuando finalmente volvió en sí, el anciano seguía azotándolo.
– ¡Todo es culpa tuya! -gritó volviendo a pegarle-. Tuya y de tu asqueroso perro inglés. «Excuse me» por aquí y «Excuse me» por allá! Que el diablo me lleve consigo si pienso permitir que ese malnacido nos cree problemas. Ya teníamos más que suficientes antes de que apareciera él.
Después de propinarle un último golpe, Stich soltó la bota y abandonó la cocina. Desde su rincón, Andrea recogió un par de tazas y luego se dirigió al salón, como si no hubiera pasado nada. Gerhart estaba echado en el suelo, inmóvil y con la nuca recostada contra la puerta de un armario. Ni siquiera se llevó la mano al lado paralizado de la cabeza. Primero movió un tobillo y luego el otro y, poco a poco, empezó a contraer el cuerpo, músculo a músculo. Cuando Andrea volvió a por el café, murmuró algo ininteligible y, de paso, le propinó una patada en la espinilla. En el mismo segundo en que e) dolor se propagó hasta su conciencia, Gerhart alzó la vista con una expresión de sorpresa en el rostro.
Lo dejaron tranquilo un buen rato. Gerhart intentó retomar el recuento en un intento vano de calmar sus pensamientos caóticos. Ideas repentinas y sentimientos extraños iban sucediéndose sin cesar haciendo hervir su sangre. En primer lugar, estaban los conceptos. Todo el mundo a su alrededor estaba excitado y susceptible. Kröner había salido para deshacerse de Petra. Y luego estaban los nombres: Amo von der Leyen, Bryan Underwood Scott y de nuevo Petra.
Los golpes de Stich le habían caído por segunda vez aquel día, pero no eran los golpes los que lo habían despertado, sino el eco de los sonidos extraños que Stich había pronunciado.
Entonces Gerhart Peuckert se incorporó y se quedó un buen rato pensativo bajo el zumbido del fluorescente. «Excuse me», fueron las palabras que como besos despertaron al hombre de su sueño eterno.
Peter Stich siguió gritándole a su mujer un rato más. Esos arrebatos solían durar poco. También esa vez cesaron los gritos, poco después de haber empezado.
Todavía había luz en el salón, pero no la suficiente para compensar las tareas a las que Peter Stich y Andrea se habían abandonado. La espalda del viejo estaba encorvada. Gerhart abandonó la oscuridad del pasillo para contemplar la escena borrosa que se desarrollaba ante sus ojos. La hoja del escritorio estaba bajada y recubierta de pequeñas piezas metálicas. El escritorio se perfilaba como una aura oscura detrás de la cabeza de Stich. Gerhart ya había sido testigo de ello otras veces. Pronto el viejo habría montado su pistola y entonces encendería la lámpara del techo para poder admirar su obra; bien pulida y lista para usar con eficacia. Entonces, Andrea suspiraría de placer al poder retomar el ganchillo.
Bañada por la luz.
Durante todos aquellos años, los hombres habían reído y vivido en aquellos salones a pesar del daño que habían infligido a las personas que los rodeaban.
– ¿Qué haces aquí?
Sin siquiera darse la vuelta ni alzar la mirada, el viejo había notado la presencia de Gerhart.
– ¡Vuelve inmediatamente a la cocina, monstruo! -prosiguió, dándose finalmente la vuelta.
– ¡Cuidado con los muebles, Peter!
Andrea se incorporó ligeramente. Gerhart seguía inmóvil en el umbral de la puerta mirando a Peter Stich y desobedeciendo sus órdenes. No parecía tener ni la más mínima intención de obedecer. Stich encendió la luz y se puso en pie lentamente.
– ¿Has oído lo que te he dicho, idiota?
El viejo se inclinó hacia el hombre en el umbral de la puerta, contenido y amenazante, como un perro viejo, arrogante y gruñente. Gerhart Peuckert no se movió, ni siquiera cuando el viejo lo apuntó con la pistola.
– ¿Le has dado sus pastillas, Andrea?
– Sí, se las dejé encima de la mesa cuando te fuiste. ¡Y ya no están!
Sus pasos eran mesurados cuando se acercó a él. Entonces Gerhart se estremeció. Ninguno de ellos vio su mano, desde la que voló una repentina lluvia de pastillas. El efecto fue igualmente mágico.
Andrea fue la primera en reaccionar.
– ¡Mierda! -se limitó a decir.
Al viejo le colgaba la mandíbula. De pronto se precipitó hacia adelante con el brazo en alto y golpeó a Gerhart con la culata de la pistola antes de que sus cuerpos llegaran a entrechocar.
La brecha en la mejilla de Gerhart Peuckert estaba seca. La sangre aún no había empezado a brotar. Gerhart notó cómo la confusión y las náuseas se arraigaban en su interior y se quedó en el suelo a gatas, como un animal, mientras los golpes de la culata le llovían sobre el cuello y la nuca.
– ¡Ahora mismo te las vas a tragar todas, monstruo! -chilló Stich, que se vio obligado a sentarse, exhausto por la conmoción y el esfuerzo físico. Sin embargo, Gerhart Peuckert dejó las pastillas esparcidas por el suelo tal como habían caído.
– ¡Creo que voy a matarte! -susurró Stich a sus espaldas.
Andrea sacudió la cabeza. Agarró el brazo de Stich, advirtiéndole que aquello no sólo ensuciaría el salón, sino que también provocaría demasiado ruido; un riesgo del todo innecesario.
Cuando Andrea finalmente se arrodilló para detener la hemorragia con una tirita, su mirada era fría.
– ¡Lo hago sólo para que no manches la alfombra y el suelo, no te equivoques! -dijo entre dientes.
Andrea lo agarró por las axilas y lo sentó en la silla más próxima de un tirón. Un gesto con la cabeza de su marido fue suficiente para que se apresurase a recoger las pastillas del suelo.
Stich echó un vistazo al reloj y aseguró la pistola antes de metérsela en el bolsillo de su abrigo. La mirada que le dirigió a Gerhart estaba llena de dulzura. Cuando el viejo acercó una silla a su víctima, éste se hizo un ovillo. Stich lo cogió de los hombros suavemente, como si fuera su hijo.
– ¡Pero si ya sabes que debes hacer lo que se te mande, Gerhart! Si no, nos enfadaremos contigo y te castigaremos. Siempre ha sido así, ¿no es cierto, pequeño Gerhart? Si no obedeces, te pegaremos o te someteremos de alguna u otra forma, lo sabes muy bien. Lankau, Kröner y yo siempre estaremos cerca de ti, jamás podrás escaparte. Lo sabes, ¿verdad? Podemos obligarte a hacer cualquier cosa, ¿no es así? ¿Acaso no recuerdas que conseguimos que te comieras tu propia mierda, Gerhart? -Stich acercó la cabeza a la mejilla de Gerhart y prosiguió-: ¿No querrás que vuelva a pasar hoy, verdad?
Casi pareció que Andrea le hacía una reverencia cuando depositó las pastillas en la palma de la mano extendida de su marido.