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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Lo que había sido un césped bien cuidado delante de la casa, salpicado aquí y allí de arbustos ornamentales, ahora estaba cubierto de una hierba desaliñada y enmarañada, con postes para atar los caballos clavados por doquier, rodeados de zonas pisoteadas y sin hierba, con cubos rotos, mazorcas de maíz y otros desechos esparcidos alrededor. En algunos puntos, algún jazmín o madreselva enmohecido colgaba desordenado de un tiesto ornamental, que había sido apartado para utilizarlo como poste de caballos. Lo que antaño había sido un huerto estaba ahora cubierto de malas hierbas, a través de las cuales asomaba la cabeza, de vez en cuando, alguna flor exótica. El antiguo invernadero estaba sin cortinas y en los desvencijados estantes quedaban algunas macetas secas y abandonadas con cañas clavadas en ellas, y unas hojas marchitas que atestiguaban que habían sido plantas alguna vez.

El carro subió por un camino de gravilla y maleza, bajo una avenida de nobles árboles del paraíso, cuyas gráciles formas y frondosas hojas parecían ser las únicas cosas que el abandono no podía arredrar ni alterar, como espíritus nobles, tan profundamente arraigados en la bondad que prosperan y se fortalecen entre el desaliento y la decadencia.

La casa había sido grande y hermosa. Estaba construida a la manera típica del sur, con un ancho porche de dos alturas rodeando toda la casa, al que daban todas las puertas que comunicaban con el exterior, soportado en la parte inferior por unos pilares de ladrillo.

Pero ahora parecía desolada e incómoda; algunas ventanas estaban tapadas con tablas, otras tenían lunas rotas y contraventanas que colgaban de una sola bisagra: todo testimoniaba un absoluto abandono y despreocupación.

Trozos de tabla, paja, viejos barriles y cajas podridas adornaban el suelo en todas direcciones; y tres o cuatro perros de aspecto feroz, advertidos por el sonido de las ruedas del carro, salieron a la carrera y sólo con grandes esfuerzos los sirvientes andrajosos que salieron tras ellos consiguieron que no atacaran a Tom y sus compañeros.

– ¿Veis lo que os espera? -dijo Legree, acariciando a los perros con torva satisfacción, volviéndose hacia Tom y sus compañeros-. ¿Veis lo que os espera si intentáis escaparos? Estos perros han sido entrenados para cazar a los negros, y lo mismo les daría zamparse a uno de vosotros que su comida habitual. Así que, a ver si andáis con cuidado. ¿Qué tal, Sambo? -dijo a un tipo harapiento, con un sombrero sin ala, que le prestaba serviles atenciones-. ¿Cómo van las cosas?

– De primera, amo.

– Quimbo -dijo Legree a otro, que hacía grandes aspavientos para atraer su atención-, ¿has hecho lo que te dije?

– Ya lo creo que sí.

Estos dos hombres negros eran los braceros más importantes de la plantación. Legree les había instruido tan sistemáticamente en barbarie y brutalidad como sus dogos; y tras largo tiempo dedicados a la práctica de la dureza y la crueldad, había conseguido que sus naturalezas alcanzaran más o menos la misma gama de capacidades que ellos. Se suele considerar, y es un hecho que se utiliza para vilipendiar el carácter de su raza, que los capataces negros siempre son más tiránicos y crueles que los blancos. Sólo significa que la mente de los negros ha sido más degradada que la de los blancos. No es más cierto de esta raza que de cualquier raza oprimida del mundo. El esclavo siempre es un tirano si se le brinda la ocasión.

Legree, como alguno de los potentados de los que leemos en los libros de historia, gobernaba su plantación con una especie de división de fuerzas. Sambo y Quimbo se odiaban cordialmente el uno al otro, y todos y cada uno de los braceros de la plantación los odiaban cordialmente a ambos, por lo que, jugando a enfrentar a estas fuerzas entre sí, era casi seguro que una de las tres le informaría de todo lo que ocurría en el lugar.

Nadie puede vivir sin ninguna relación humana, por lo que Legree animaba a sus dos satélites negros a que lo trataran con una especie de vulgar campechanería, la cual, sin embargo, podía causarle problemas a alguno de ellos en cualquier momento, ya que cada uno estaba siempre dispuesto, a la mínima provocación y a la más leve señal del amo, a vengarse de su rival.

Al verlos ahí de pie junto a Legree, parecían una buena ilustración del hecho de que los hombres brutales son incluso más rastreros que los animales. Sus burdas y pesadas facciones oscuras, sus grandes ojos mirándose el uno al otro con envidia, su entonación bárbara, gutural y medio salvaje, sus prendas harapientas ondulando al viento: todo estaba en perfecta armonía con la naturaleza malsana y vil de todo lo que había en aquel lugar.

– ¡Eh, tú, Sambo! -dijo Legree-. Lleva a estos muchachos a los barracones; y aquí tienes a una muchacha que te he traído a ti -dijo, separando la mulata de Emmeline y empujándola hacia él-. Ya sabes que prometí traerte a una.

La mujer se sobresaltó y, retrocediendo, dijo de pronto:

– ¡Ay, amo, he dejado a mi viejo en Nueva Orleans!

– ¿Y qué? ¿No te hará falta otro aquí? ¡No me contestes ahora, vete! -dijo Legree alzando el látigo.

– Ven, damita -dijo a Emmeline-. Entra tú aquí conmigo.

Durante un instante se vio un rostro oscuro y desencajado mirar por una ventana de la casa y, al abrir Legree la puerta, una voz femenina dijo algo con un tono acelerado e imperioso. Tom, que miraba con ansioso interés a Emmelme mientras entraba, se dio cuenta y oyó cómo contestaba Legree airado:

– ¡Cállate! ¡Haré lo que me plazca, digas tú lo que digas! Tom no oyó más, porque tuvo que seguir a Sambo a los barracones. Era una especie de calle de burdas chabolas puestas en fila, en una parte de la plantación alejada de la casa. Tenían un aspecto abandonado, brutal y desolado. A Tom se le cayó el alma cuando los vio. Se había estado consolando con la idea de una casita, que, aunque rudimentaria, pudiera dejar aseada y tranquila, y donde pudiera tener una repisa en la que poner su Biblia y un lugar donde estar solo después de las horas del trabajo. Se asomó a varios: eran simples cáscaras desnudas, sin muebles de ninguna clase, sólo un montón de paja sucísima, extendida de cualquier manera sobre el suelo, que no era más que la tierra endurecida por las pisadas de innumerables pies.

– ¿Cuál de éstos es para mí? -preguntó dócilmente a Sambo.

– No lo sé; te puedes meter aquí, supongo -dijo Sambo-; supongo que cabe otro; ya hay un buen montón de negros en cada uno; desde luego no sé dónde voy a meter a más.

A última hora de la tarde, los cansados ocupantes de los barracones regresaron en tropel, hombres y mujeres, con ropas sucias y andrajosas, malhumorados e incómodos, y nada dispuestos a dar la bienvenida a los recién llegados. La pequeña aldea resonaba con ruidos poco acogedores: voces roncas y guturales discutiendo ante los molinillos manuales donde tenían que convertir en harina el trozo de duro maíz para hacer la torta que sería su única cena. Desde la primera luz de la aurora, habían estado en los campos, obligados a trabajar por los implacables látigos de los capataces; porque era el punto álgido de la temporada y no ahorraban medios para sacarle a cada uno todo lo que era capaz de dar. «Lo cierto es», dice el despreocupado holgazán, «que recoger algodón no es un trabajo duro». ¿No lo es? Y tampoco pasa nada si te cae una gota de agua sobre la cabeza; sin embargo la peor tortura de la Inquisición consiste en dejar caer gota tras gota, con invariable sucesión, sobre el mismo punto; y el trabajo, aunque no sea difícil en sí, se hace duro cuando te obligan a realizarlo hora tras hora, con una monotonía sin tregua, sin siquiera la conciencia del libre albedrío para aliviar el tedio. Tom buscó en vano entre la cuadrilla que llegaba unas caras amigables. Sólo vio a hombres hoscos, ceñudos y embrutecidos y a mujeres endebles y decaídas, o mujeres que no eran mujeres, pues las fuertes apartaban a las débiles. Vio el salvaje egoísmo ilimitado de seres humanos de los que no se esperaba ni exigía ningún bien; y quienes, al ser tratados en todos los aspectos como animales, habían caído tan cerca del nivel de los animales como es posible en un ser humano. El sonido de los molinillos se oyó hasta muy avanzada la noche, porque eran pocos para el número de usuarios, y los más agotados y débiles eran apartados por los más fuertes y eran los últimos en cenar.

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