La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Legree observó en silencio los méritos de Tom. Lo consideraba un bracero de primera; sin embargo, sentía cierta an1tipatía secreta hacia él, la antipatía del malo por el bueno. Vio claramente que cuando dirigía su violencia y brutalidad, como ocurría a menudo, contra los desvalidos, Tom se percataba de ello, porque la opinión tiene una aureola tan sutil que se hace sentir sin necesidad de palabras; e incluso la opinión de un esclavo puede irritar a un amo. De muchas maneras Tom manifestaba una sensibilidad y una compasión hacia sus compañeros de fatigas que a éstos les resultaban extrañas y nuevas y que Legree vigilaba con recelo. Había comprado a Tom con la idea de convertirlo a la larga en una especie de supervisor a quien podría confiar sus negocios durante cortas ausencias, y, en su opinión, el primero, segundo y tercero de los requisitos para ese cargo eran la dureza. Legree decidió que, como Tom no era lo bastante duro, tendría que endurecerlo inmediatamente; así que cuando Tom llevaba unas semanas en el lugar, decidió iniciar dicho proceso.
Una mañana, cuando los braceros estaban reunidos para salir al campo, Tom observó con sorpresa a una persona recién llegada entre ellos, cuya apariencia despertó su atención. Era una mujer, alta y esbelta de formas, con unas manos y unos pies excepcionalmente delicados, y vestida con una ropa decente y respetable. Por su cara, debía tener entre treinta y cinco y cuarenta años; era una cara imposible de olvidar una vez vista, pues era uno de esos rostros que parecen transmitimos a primera vista la idea de una historia romántica, dolorosa y extraña. Tenía una frente alta y unas cejas muy bien delineadas. La nariz recta y bien formada, la boca de bellas proporciones y el grácil contorno de la cabeza y el cuello demostraban que debió de ser muy bella una vez; pero el rostro estaba profundamente surcado con arrugas de dolor y de orgulloso y amargo sufrimiento. El cutis era amarillento y enfermizo, las mejillas delgadas, las facciones afiladas y todo el cuerpo enjuto. Pero su rasgo más notable eran los ojos: tan grandes, tan profundamente negros, sombreados con unas largas pestañas igualmente oscuras y tan alocada y tristemente desesperados. Había fiero orgullo y desafio en cada línea del semblante, en cada curva de los labios flexibles y en cada movimiento del cuerpo; pero en los ojos se veía una honda y arraigada noche de angustia, una expresión tan desamparada y desvalida que contrastaba terriblemente con el desprecio y la altivez del resto de su porte.
Quién era o de dónde venía, Tom no lo sabía. Lo primero que supo fue que estaba allí caminando a su lado, erguida y orgullosa, a la luz grisácea del amanecer. Los de la cuadrilla sí la conocían, sin embargo; pues hubo muchas miradas y cabezas vueltas y un alborozo apreciable aunque reprimido entre las miserables criaturas andrajosas y hambrientas que la rodeaban.
– ¡Le ha tocado por fin… me alegro! -dijo uno.
– ¡Ji, ji, ji! -dijo otro-. ¡Ahora te vas a enterar, señorita!
– ¡Vamos a verla trabajar!
– Me pregunto si la azotarán por la noche, como a los demás.
– ¡A mí me gustaría que la zurrasen, ya lo creo! -dijo otro.
La mujer no hizo caso de estas provocaciones sino que siguió caminando con la misma expresión de airado desdén, como si no oyera nada. Tom siempre había vivido entre personas refinadas y cultivadas y se dio cuenta intuitivamente, por su porte y su presencia, de que ella pertenecía a esta clase; pero cómo o por qué había caído en unas circunstancias tan degradantes, no podía imaginar. La mujer ni lo miró ni le habló, aunque se mantuvo junto a él todo el camino hasta el campo.
Tom estaba pronto absorto con su trabajo, pero, como la mujer no estaba muy lejos de él, le echaba un vistazo de vez en cuando para ver cómo trabajaba. Vio enseguida que una destreza y una habilidad innatas le hacían más fácil la tarea a ella que a otros muchos. Recogía rápida y limpiamente y con un aire de displicencia, como si despreciara tanto el trabajo como la vergüenza y humillación de las circunstancias en las que se encontraba.
En el curso del día, Tom trabajaba cerca de la mujer mulata que había sido comprada en el mismo lote que él. Era evidente que sufría mucho, y Tom la oyó rezar muchas veces y la vio tambalearse y temblar, como si se fuera a desmoronar. Al aproximarse a ella, Tom trasladó discretamente varios puñados de algodón de su saco al de ella.
– ¡No lo hagas! -dijo la mujer, sorprendida-. ¡Te meterás en un lío!
En ese momento se acercó Sambo. Parecía tener una inquina especial contra esta mujer. Blandiendo el látigo, dijo con un tono brutal y guturaclass="underline" -¿Qué pasa, Lucy? Perdiendo el tiempo, <eh? y al decirlo, le asestó una patada con su pesado zapato de cuero y golpeó a Tom en la cara con el látigo.
Tom volvió a su tarea en silencio; pero la mujer, ya antes a punto de caer rendida, se desmayó.
– ¡Yo la haré volver en sí! -dijo el capataz con una sonrisa brutal-. ¡Yo le daré algo mejor que el alcanfor! -y sacando un alfiler de la manga de su chaqueta, lo hundió hasta la cabeza en su carne. La mujer gimió e hizo ademán de levantarse.
– ¡Levántate, pedazo de animal, y trabaja, o te enseñaré algún otro truco!
La mujer pareció estar infundida durante unos instantes de una fuerza sobrenatural, y trabajó con una energía desesperada.
A ver si sigues así -dijo el hombre-, o esta noche querrás estar muerta, seguro.
– ¡Ya quisiera! -Tom la oyó decir; y luego-: ¡Señor, cuánto tiempo! ¿Ay, Señor, por qué no nos ayudas?
A riesgo de lo que pudiera ocurrirle, Tom se adelantó de nuevo y trasladó todo el algodón de su saco al de la mujer.
– ¡No debes hacerlo! ¡No sabes lo que van a hacerte! -dijo la mujer.
– Lo puedo soportar -dijo Tom- mejor que tú y volvió a su puesto. Todo sucedió en un instante.
De repente la mujer desconocida que hemos descrito y que estaba trabajando lo bastante cerca como para oír las últimas palabras de Tom, alzó sus profundos ojos negros y los fijó en él durante un segundo; después cogió una porción de algodón de su cesta y la colocó en la de él.
– No sabes nada de este lugar -dijo- o no hubieras hecho eso. Cuando lleves un mes aquí, ya no ayudarás a nadie, pues te será bastante difícil cuidar de tu propio pellejo.
– ¡El Señor no lo quiera, señora! -dijo Tom, utilizando instintivamente con su compañera de trabajo el tratamiento respetuoso propio de las personas de alto rango con las que había vivido.
– El Señor no visita estas partes dijo amargamente la mujer, siguiendo con destreza su tarea; y una vez más la sonrisa desdeñosa se dibujó en su boca.
Pero el capataz había visto la acción de la mujer desde el otro lado del campo; se acercó a ella, chasqueando el látigo.
– Cómo, cómo? -dijo a la mujer con un aire de triunfo-. ¡TÚ, haciendo el tonto! Vamos, ya estás bajo mis órdenes. ¡Pórtate bien o te la vas a cargar!
Una mirada como un rayo salió despedida de aquellos ojos negros; dándose la vuelta, con los labios temblorosos y las aletas de la nariz dilatadas, se irguió y fijó los ojos, llameantes de furia y desprecio, en el capataz.
– ¡Perro! -dilo-. ¡Tócame a mí, si te atreves! ¡Todavía tengo el poder de hacer que te destrocen los perros, que te quemen vivo, que te azoten hasta casi matarte! ¡Sólo he de decir la palabra!
– Entonces, ¡.qué diablos haces aquí? -preguntó el hombre, evidentemente acobardado y retrocediendo hoscamente un paso o dos-. ¡No pretendía molestarla, señorita Cassy!
– ¡Manténte a distancia, entonces! -dijo la mujer. Y verdaderamente el hombre parecía tener muchas ganas de atender alguna cosa al otro extremo del campo, pues se dirigió allí deprisa.
La mujer volvió de pronto a su tarea y trabajó con una pericia que asombraba totalmente a Tom. Parecía moverse por arte de magia. Antes de acabar el día, tenía la cesta llena a rebosar y varias veces había puesto generosos puñados en la de Tom. Mucho después del crepúsculo, todo el cansado grupo, con las cestas en las cabezas, se enfilaron hacia el edificio destinado a almacenar y pesar el algodón. Legree estaba allí, conversando con los dos capataces.