La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Quiero que te recojas el cabello mañana -dijo Susan.
– ¿Para qué, madre? No tengo ni la mitad de buen aspecto así.
– Bien, pero te venderán mejor.
– No veo por qué -dijo la muchacha.
– Sería más fácil que te comprase una familia respetable si te viera sencilla y decente, como si no quisieras parecer guapa. Conozco su forma de pensar mejor que tú -dijo Susan. -Entonces lo haré, madre.
– Y Emmeline, si no volviéramos a vernos más después de mañana, si a mí me venden en una plantación y a ti en otro lugar diferente, siempre acuérdate de cómo nos han educado y todo lo que te ha dicho el ama; llévate tu Biblia y tu libro de himnos; y si tú eres fiel al Señor, Él será bueno contigo.
Así habla la pobre mujer, muy desalentada; porque sabe que mañana cualquier hombre, por rastrero y brutal que sea, por impío y cruel, si tiene el dinero para pagarla, podrá ser el dueño de su hija en cuerpo y alma; y entonces, ¿cómo la muchacha va a ser fiel a Dios? Piensa en todo esto mientras estrecha a su hija entre sus brazos y quisiera que no fuera guapa y atractiva. Casi le parece un agravio recordar con qué castidad y pureza, muy por encima de lo habitual, la han educado. Pero no tiene más recurso que rezar; y muchas plegarias similares han salido de esas aseadas, limpias y ordenadas cárceles de esclavos, plegarias que Dios no ha olvidado, como se sabrá en un día venidero; porque está escrito: «El que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valiera que le colgasen del cuello una piedra de molino y le hundieran en el fondo del mar» [49].
Los suaves rayos de luna se asomaban fijamente, señalando las figuras dormidas con los barrotes de la rejilla de la ventana. La madre y la hija cantan juntas una endecha bárbara y melancólica, tan frecuente entre los esclavos como un canto fúnebre:
Estas palabras, cantadas con voces de una extraña dulzura melancólica, con una melodía que parecía un suspiro de desesperación terrenal tras perder la esperanza divina, flotaron a través de las oscuras celdas de la prisión con una cadencia patética, estrofa tras estrofa:
¡Seguid cantando, pobrecitas! La noche es corta y mañana seréis separadas para siempre.
Pero ya es de día y todos están despiertos; y el buen señor Skeggs está afanoso y alegre, pues hay muchos artículos que preparar para la subasta. Atienden rápidamente a su aseo y les instan a que pongan su mejor cara y se espabilen; y todos se colocan en círculo para una última inspección antes de que los conduzcan a la Lonja.
El señor Skeggs, con su sombrero de paja y su cigarro en la boca, camina entre su mercancía dando el toque final.
– ¿Esto qué es? -pregunta, delante de Susan y Emmeline-. ¿Dónde están tus rizos, muchacha?
La muchacha miró tímidamente a su madre, que contestó con la discreta habilidad típica de su clase:
– Yo le dije anoche que se recogiera el pelo todo liso y aseado y no lo tuviera todo revuelto y rizado; parece más respetable de esta manera.
– ¡Maldición! -dijo el hombre, volviéndose autoritario hacia la muchacha -¡vete ahora mismo y enseña tus rizos de nuevo! -añadió, chasqueando una caña que tenía en la mano-. ¡Y vuelve enseguida!
– Ve tú a ayudarla-añadió a la madre-. ¡Esos rizos pueden suponer cien dólares más en la venta!
Bajo una magnífica cúpula, se encontraban hombres de todas las naciones, paseándose de un lado a otro sobre el pavimento de mármol. Alrededor de toda la zona circular había pequeñas tribunas o púlpitos para que las utilizaran los asistentes y subastadores. Dos de estas tribunas estaban ocupadas ahora mismo por unos brillantes y hábiles caballeros que animaban con entusiasmo, en una mezcla de inglés y francés, las pujas de los expertos en sus diferentes mercancías. Una tercera, en el otro lado y aún sin ocupar, estaba rodeada de un grupo que esperaba que llegara el momento de iniciar la venta. Y aquí podemos reconocer a los criados de los St. Clare: Tom, Adolph y otros; allí también están Susan y Emmeline, esperando su turno con caras ansiosas y desanimadas. Varios espectadores, con o sin intención de comprar, examinan y comentan sus diferentes cualidades y sus rostros con la misma libertad con que los jinetes comentan los méritos de un caballo.
– Hola, Alf, ¿qué te trae por aquí? -preguntó un joven petimetre, dándole golpecitos en el hombro a otro joven bien vestido, que examinaba a Adolph a través de un monóculo.
– Bien, buscaba un camarero personal y me enteré de que vendían el lote de St. Clare: pensé echar un vistazo a éstos…
– ¡A buena hora iba yo a comprar alguno de los de St. Clare! ¡Son todos unos negros mimados, muy descarados! -dijo el otro.
– Eso no tiene importancia -dijo el primero-. Si yo los compro, no tardaré en bajarles los humos. Pronto verán que se las tienen que ver con un amo muy diferente a Monsieur St. Clare. Creo que compraré éste. Me gusta su aspecto.
– Ya verás cuánto te cuesta mantenerlo. ¡Es terriblemente manirroto!
– Ya verá el señorito que conmigo no podrá ser tan manirroto. ¡Espera que lo mande unas cuantas veces a la casa de castigo para que lo pongan en su lugar! ¡Ya verás si lo hago entrar en razón! ¡Oh, yo lo reformaré, cueste lo que cueste, ya lo verás! ¡Lo voy a comprar, estoy decidido!
Tom había estado examinando con añoranza la multitud de caras que lo rodeaba por si veía una que le gustaría fuera de su amo. Y si tú te ves alguna vez en la necesidad de elegir entre doscientos hombres a uno que fuera a ser tu amo y señor absoluto, quizás te dieras cuenta, tal como se daba cuenta Tom, de los pocos que hay a los que no te incomodaría pertenecer en cuerpo y alma. Tom veía gran cantidad de hombres: grandes, fornidos y hoscos; pequeños, vivaces y secos; altos, flacos y curtidos; y cada variedad de hombres gordezuelos y corrientes, que recogen a sus semejantes como se recogen astillas, para echarlas al fuego o guardarlas en un cesto con la misma despreocupación, según conviniera; pero no vio a ningún St. Clare.
Un poco antes de que empezara la subasta, un hombre bajo, ancho y musculoso, vestido con una camisa a cuadros abierta sobre el pecho y pantalones muy gastados y sucios, se abrió paso a codazos a través de la multitud como una persona que va a iniciar activamente alguna gestión; y, acercándose al grupo, comenzó a examinar sistemáticamente a sus miembros. Desde el momento en que Tom lo vio aproximarse, sintió un rechazo inmediato y nauseabundo, que aumentó al acercarse más. Era evidente que, aunque bajo, tenía una fuerza de gigante. Hay que reconocer que carecían totalmente de atractivo su cabeza redonda como una bala, sus ojos grandes y grisáceos con sus cejas hirsutas de color arena y su cabello crespo, tieso y quemado por el sol; su boca grande y ordinaria estaba inflada con tabaco y de vez en cuando escupía el jugo con gran energía y una fuerza explosiva; sus manos eran enormes, velludas, curtidas por el sol, pecosas, muy sucias y rematadas con unas uñas largas en una condición lamentable. Este hombre se puso a hacer un examen muy libre y personal de todo el lote. Agarró a Tom de la mandíbula y le abrió a la fuerza la boca para inspeccionarle los dientes; le hizo arremangarse para mirarle los músculos; le hizo darse la vuelta, saltar y botar para ver su agilidad.
[49] Mateo 18,6