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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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El joven se ruborizó y sonrió, y pronto estuvieron absortos con una partida de backgammon. Mientras tanto, otra conversación tenía lugar en la parte inferior del barco, entre Emmeline y la mujer mulata con la que estaba atada. Como era natural, intercambiaban detalles de sus respectivas historias.

– ¿A quién pertenecías tú? -preguntó Emmeline.

– Bien, mi amo era el señor Ellis, que vivía en la calle Levee. Quizás hayas visto la casa.

– ¿Te trataba bien? -preguntó Emmeline.

– Casi siempre, hasta que cayó enfermo. Lleva más de seis meses enfermo a rachas, y ha estado muy inquieto. Era como si no quisiera que descansara nadie, día o noche; y se puso tan exigente que nada lo satisfacía. Era como si se enfadara más con cada día que pasaba; a mí me tuvo levantada por las noches hasta que no podía más, y cuando me dormí una noche, ¡Dios mío! me habló de forma horrible y me dijo que me vendería al peor amo que pudiera encontrar; y eso que me había prometido la libertad cuando él muriese.

– Tenías amigos? preguntó Emmeline.

– Sí, mi marido, que es herrero. El amo solía tenerlo arrendado. Se me llevaron de allí tan deprisa que ni siquiera he tenido tiempo de verlo; y tengo cuatro hijos. ¡Ay de mí! -dijo la mujer, cubriendo el rostro con las manos.

Es un impulso natural en todos nosotros, cuando oímos una historia triste, pensar en algo que decir a modo de consuelo. Emmeline quería decir algo, pero no se le ocurría nada que decir. ¿Qué se podía decir? Como de mutuo acuerdo, las dos evitaron, con temor y espanto, mencionar al hombre repugnante que era su amo ahora.

Es verdad que existe la fe religiosa hasta en la hora más oscura. La mujer mulata era miembro de la iglesia metodista y tenía un espíritu de piedad muy sincero, aunque no muy instruido. A Emmeline la habían educado con mucha más inteligencia: le habían enseñado a leer y a escribir y le habían instruido diligentemente en el conocimiento de la Biblia, a través de los cuidados de un ama fiel y piadosa; sin embargo, ¿no sería una prueba para el cristiano más firme encontrarse aparentemente abandonado por Dios y en manos de una violencia despiadada? ¡Cuánto más debe de sacudir la fe de los pobres desvalidos de Cristo, con escasos conocimientos y pocos años!

El barco siguió adelante, con su cargamento de penas, subiendo las aguas rojas, turbias y fangosas, a través de los abruptos meandros tortuosos del río Rojo; y los tristes ojos contemplaban cansados las empinadas orillas de arcilla roja, que se deslizaban siempre igual. Por fin se detuvo el barco en un pequeño pueblo y Legree desembarcó con su grupo.

CAPÍTULO XXXII

LUGARES OSCUROS

Los lugares oscuros de la tierra se han convertido en guaridas de violencia [53].

Arrastrándose agotados tras un rústico carro sobre un camino más rústico aún, Tom y sus compañeros seguían su marcha. En el carro estaba sentado Simon Legree y las dos mujeres, todavía encadenadas juntas, estaban almacenadas con el equipaje en la parte de atrás. Todo el grupo se dirigía a la plantación de Legree, que estaba bastante lejos.

Era una carretera agreste y descuidada que se retorcía primero entre monótonas pinadas, donde silbaba melancólicamente el viento, y luego entre calzadas de troncos, a través de largas ciénagas con lúgubres cipreses que se alzaban desde el suelo blando y viscoso y de los que colgaban largas coronas de musgo fúnebre, mientras se deslizaba de vez en cuando la forma odiosa de una serpiente de agua entre los tocones rotos y las ramas destrozadas que yacían aquí y allá, pudriéndose en el agua.

Este camino le parece bastante desconsolado al forastero que, con el bolsillo repleto y un caballo bien dotado, lo huella en solitario para realizar algún recado, pero más triste y melancólico le parece a un hombre cautivo, a quien cada paso aleja más de todo lo que puede querer y anhelar un hombre.

Esto es lo que hubiera pensado quien viese la expresión hundida y desalentada de aquellos rostros oscuros, el cansancio nostálgico y paciente con el que aquellos tristes ojos se posaban sobre los objetos que iban pasando uno tras otro a lo largo de su aciago viaje.

Simon siguió adelante, sin embargo, con aparente satisfacción, bebiendo de vez en cuando de un frasco de alcohol que guardaba en el bolsillo.

– ¡Eh, vosotros! -dijo, girándose y dándose cuenta de un vistazo de los rostros desalentados de los que iban detrás-. ¡Cantad alguna canción, muchachos, vamos!

Los hombres se miraron; se repitió el «Vamos», acompañado de un chasquido del látigo que tenía el amo en las manos. Tom empezó a cantar un himno metodista.

Jerusalén, mi feliz hogar,

el nombre que adoro.

¿Cuándo acabarán mis penas?

¿Cuándo vendrán tus…

– ¡Cállate, negro maldito! -berreó Legree-. ¿Es que te creías que quería oír algo de vuestro maldito metodismo? ¡Vamos, cantad algo vivo y alegre!

Otro de los hombres empezó a cantar una de esas canciones sin sentido, muy comunes entre los esclavos.

El amo me vio coger un mapache,

¡Arriba, muchachos, arriba!

Rió hasta reventar, ¿veis la luna?

¡Jo, jo, jo, chicos, jo!

Jo, ju, jo, eh, oh!

El cantante parecía inventar la canción a su propio gusto, según iba cantando, sin esforzarse mucho porque tuviera sentido; y el resto del grupo se unía para cantar el estribillo:

Jo, jo, jo, chicos, jo!

Jo, ju, jo, eh, oh!

Cantaron con gran estrépito y esforzándose mucho para estar alegres; pero ningún lamento desesperado, ninguna plegaria apasionada hubiera podido contener una pena más profunda que las salvajes notas del estribillo. ¡Como si el pobre corazón mudo, bajo amenaza y encarcelado, se refugiase en el santuario inarticulado de la música, encontrando en ella un lenguaje con el que susurrar su plegaria a Dios! Su canción encerraba una plegaria que Simon no podía escuchar. Él sólo oía a unos muchachos cantando estrepitosamente, y eso lo satisfizo, pues conseguía «mantenerlos contentos».

– Bien, querida mía -dijo, volviéndose hacia Emmeline y poniendo la mano sobre su hombro-. ¡Casi estamos en casa!

Cuando Legree gritaba y bramaba, Emmeline se aterrorizaba; pero cuando le ponía la mano encima y le hablaba como en esta ocasión, sentía que preferiría que la golpease. La expresión de sus ojos la llenaba de repugnancia y le ponía los pelos de punta. Involuntariamente se acercó más a la mulata como si fuese su madre.

– Nunca has llevado pendientes -dijo él, cogiendo su pequeña oreja entre sus rudos dedos.

– No, amo -dijo Emmeline, temblando y mirando hacia abajo.

– Bien, pues yo te daré un par cuando lleguemos a casa, si te portas bien. No te asustes así; no pienso hacerte trabajar mucho. Te lo pasarás en grande conmigo, vivirás como una señora… sólo tienes que portarte bien.

Legree había bebido tanto que le daba por ser muy magnánimo; y en estos momentos, más o menos, la valla de su plantación se alzó ante sus ojos. La hacienda había pertenecido anteriormente a un caballero rico y de buen gusto, que había puesto mucho cuidado en la disposición de su propiedad. Al morir insolvente, Legree la compró a muy buen precio y la utilizaba, como todo lo demás, sólo como un instrumento para ganar dinero. El lugar tenía esa apariencia ajada y abandonada que siempre produce la evidencia de que los cuidados del antiguo amo han dado paso a la decadencia total.

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[53] Salmos 74, 20.

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