La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¡Eh, tú! -dijo Sambo, acercándose a la mujer mulata y tirando una bolsa de maíz en el suelo delante de ella-. ¿Cómo demonios te llamas?
– Lucy -dijo la mujer.
– Bien, Lucy, eres mi mujer ahora. Ve a moler este maíz y hazme la cena, ¿me oyes?
– ¡Yo no soy tu mujer y no pienso serlo! -dijo la mujer con un súbito arranque de valor, producto de su desesperación-. ¡Márchate!
– ¡Te pegaré una paliza si no! -dijo Sambo, levantando el pie amenazador.
– Me puedes matar si quieres. ¡cuanto antes, mejor! ¡Ojalá estuviera muerta! -dijo ella.
– Oye, Sambo, si les consientes a los braceros, se lo contaré al amo -dijo Quimbo, que estaba ocupado en el molinillo, de donde había echado a dos o tres mujeres fatigadas que esperaban para moler el maíz.
– ¡Y yo le diré que tú no dejas que las mujeres se acerquen al molinillo, asqueroso negrazo! -dijo Sambo-. ¡Ocúpate de tu propia fila!
Tom estaba hambriento después del día viajando y casi desmayado por falta de comida.
– ¡Eh, tú! -dijo Quimbo, tirando al suelo una cruda bolsa que contenía una pizca de maíz-. ¡Toma, negro, coge eso; no te va a tocar más esta semana!
Tom esperó hasta tarde para coger un sitio en los molinillos; entonces, conmovido por el avanzado agotamiento de dos mujeres, que vio intentar moler su maíz allí, lo molió por ellas, juntó los rescoldos agonizantes del fuego, donde muchos ya habían cocinado sus tortas, y se puso a preparar su propia cena. Era algo nuevo en el lugar: una obra de caridad, y, aunque era muy poca cosa, despertó una respuesta en el corazón de las mueres; una expresión de bondad femenina les transformó los rostros endurecidos; le mezclaron la torta ellas y se la asaron; y Tom se sentó junto a la luz de la lumbre y sacó su Biblia, pues necesitaba consuelo.
– ¿Qué es eso? -preguntó una de las mujeres.
– Una Biblia -dijo Tom.
– ¡Santo Dios! ¡No he visto una desde que estuve en Kentucky!
– ¿Te criaste en Kentucky? -preguntó Tom.
– Sí, y me educaron bien; nunca pensé que acabaría así -dijo la mujer con un suspiro.
– ¿Pero qué es ese libro, de todas formas? -preguntó la otra mujer.
– Pues es una Biblia.
– ¡Vaya por Dios! ¿Y qué es? -preguntó la mujer.
– No me digas que nunca has oído hablar de ella la otra mujer-. Yo oía a mi ama leerla a veces en Kentucky, pero, ¡Señor! aquí no oímos más que gritos y palabrotas.
– Lee un poco, de todas formas -dijo la primera mujer, con curiosidad al ver cómo la estudiaba Tom.
Tom leyó: «Venid a Mí, todos vosotros que trabajáis y lleváis una pesada carga, y Yo os daré descanso.»
– Ésas sí son buenas palabras -dijo la mujer-. ¿Quién las dice?
– El Señor -dijo Tom.
– ¡Ojalá supiera dónde encontrarlo! -dijo la mujer-, pues iría allí; tengo la sensación de que nunca más descansaré. Me duelen las carnes y tiemblo todo el día, y Sambo no para de gritarme por no recoger más deprisa; y luego es casi la medianoche antes de que pueda cenar; y luego parece que acabo de darme la vuelta y cerrar los ojos cuando oigo sonar la corneta para levantarme y otra vez es por la mañana. Si supiera dónde está el Señor, se lo contaría.
– Está aquí; está en todas partes -dijo Tom.
– ¡Cielos, no me vas a hacer creer eso! Sé que el Señor no está aquí -dijo la mujer-; no sirve para nada hablar, sin embargo; me voy a tumbar y dormir mientras puedo.
Las mujeres se fueron a sus barracones y Tom se quedó solo, junto al fuego agonizante, que le teñía el rostro con llamitas rojas.
La bella luna plateada se alzó en el cielo púrpura y miraba, tranquila y silenciosa, tal como Dios mira los escenarios de miseria y opresión; miró tranquila al hombre negro sentado allí con los brazos cruzados y la Biblia apoyada en sus rodillas.
«¿Está Dios AQUÍ?» Ay, ¿cómo es posible que un corazón ignorante mantenga su fe inamovible ante el desorden más absoluto y la injusticia descarada y sin repulsa? Una fiera batalla se libró dentro de ese sencillo corazón; el sentido abrumador de injusticia, la premonición de toda una vida de futuras desgracias, el naufragio de todas las esperanzas pasadas, flotando a la vista del alma, como los cadáveres de mujer, hijos y amigos se presentan, a la deriva sobre las oscuras olas, ante la cara del marinero medio ahogado. ¡Ay! ¿Era fácil creer aquí y mantener firme aquella gran consigna de la fe cristiana: «Dios EXISTE,, y RECOMPENSA a los que lo buscan con diligencia»?
Tom se levantó desconsolado y se metió a trompicones en el barracón que le habían asignado. Muchos cuerpos dormidos yacían ya esparcidos por el suelo y el aire fétido casi lo ahuyentó; pero el rocío nocturno refrescaba y estaba cansado, por lo que se envolvió en una manta raída, su única ropa de cama, se tumbó sobre la paja y se quedó dormido.
En sueños, una suave voz sonó en sus oídos; se hallaba sentado en el musgoso banco del jardín junto al lago Pontchartrain y Eva, con sus serios ojos dirigidos a la Biblia, le leía las siguientes palabras:
«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y los ríos no te desbordarán; cuando andes por el fuego, no te quemarás, ni las llamas prenderán en ti; porque soy el Señor tu Dios, el Sagrado Dios de Israel, tu Salvador.»
Poco a poco las palabras se deshicieron y se desvanecieron, como una música divina; la niña levantó los ojos profundos y los dirigió amorosamente a él, y parecieron emanar de ellos rayos de luz y consuelo que le llegaron hasta el corazón; y, como flotando en la música, ella pareció elevarse con relucientes alas, de las que caía una lluvia de estrellas doradas, y desapareció.
Tom despertó. ¿Había sido un sueño? Digamos que sí. Pero ¿quién puede decir que Dios no permitiría a ese joven espíritu del bien, que luchó en vida por consolar y reconfortar a los oprimidos, cumplir este cometido después de la muerte?
Es un pensamiento hermoso
que sobre nuestras cabezas
vuelan, con alas de ángel,
los espíritus de los muertos.
CAPÍTULO XXXIII
Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin tener quien los vengue.
Eclesiastés 4,1 [54]
Tom tardó poco en familiarizarse con todo lo que podía esperar o temer de su nuevo estilo de vida. Era un trabajador experto y eficiente en todo lo que emprendía, y, tanto por costumbre como por principio, era puntual y cumplidor. Era tranquilo y pacífico por naturaleza, y esperaba evitar, con incesante diligencia, por lo menos parte de los males de su condición. Vio bastantes abusos y miserias para ponerse enfermo, pero decidió seguir adelante con paciencia religiosa, encomendándose a Aquél que juzga con probidad, sin perder del todo la esperanza de encontrar aún alguna vía de escape.
[54] Las palabras elegidas del Eclesiastés marcan la duda y desesperanza de Cassy, la esclava explotada fisica y espiritualmente por la tiranía del poder esclavista, ante el abandono de Dios. La cita continuará en el CAPÍTULO siguiente para añadir más pesimismo a la narración de la negra. Stowe prepara así la idea final de la novela: bienaventurados serán los oprimidos, puesto que la vida del hombre vuelve a Dios.