La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Tom obedeció y volvió después de unos momentos.
– ¡Quítate las botas! -dijo el señor Legree.
Así lo hizo Tom.
– Toma -dijo aquél, lanzándole un par de los zapatos recios y bastos que solían llevar los esclavos-, ponte éstos. En su apresurado cambio de ropa, Tom no había olvidado transferir de bolsillo su querida Biblia. Hizo bien porque, tras volver a colocarle los grilletes a Tom, el señor Legree se puso a investigar deliberadamente el contenido de sus bolsillos. Sacó un pañuelo de seda y lo guardó en su propio bolsillo. Examinó varias chucherías, que Tom guardaba sobre todo porque le habían hecho gracia a Eva y, con un gruñido de desprecio, las tiró al río por encima del hombro.
Levantó y escudriñó el himnario metodista de Tom, que éste había olvidado con las prisas.
– ¡Bah, beato, desde luego! Así que, como -te-llames, perteneces a la iglesia, ¿eh?
– Sí, amo -dijo Tom con firmeza.
– Pues no tardaré en quitarte esas ideas. No toleraré a ningún negro gritón, rezador o cantarín en mi casa, ¡acuérdate! Así que ten cuidado -dijo con un golpe del pie y una mirada feroz dirigida a Tom con sus ojos grises-. ¡Yo soy tu iglesia ahora! ¿Comprendes? Tienes que comportarte como yo te diga.
Alguna cosa dentro del hombre negro contestó:!No! y, como si las recitara una voz invisible oyó las palabras de un pergamino profético que a menudo le leyera Eva: «¡No temas! porque yo te he redimido. Te he llamado por el nombre. ¡Eres Mío!»
Pero Simon Legree no oyó ninguna voz. Él nunca oirá esa voz. Simplemente miró un instante con ira el rostro abatido de Tom y se alejó. Se llevó el baúl de Tom, que contenía un vestuario muy aseado y abundante, al castillo de proa, donde lo rodearon enseguida varios braceros del barco. Entre muchas risas a costa de los negros que pretendían ser caballeros, vendió los artículos a uno y otro, y finalmente subastó el baúl vacío. Era una buena broma, pensaron todos, especialmente ver cómo miraba Tom sus cosas al ir de un lado a otro; y después, la subasta del baúl fue lo más divertido de todo y provocó infinidad de chistes.
Después de este pequeño incidente, Simon se aproximó de nuevo a su propiedad.
– Ahora, Tom, como ves, te he desembarazado del exceso de equipaje. Cuida mucho esa ropa, pues tardarás mucho en conseguir más. Estoy a favor de que los negros seáis cuidadosos; un traje ha de durar un año en mi plantación.
Después Simon se acercó al lugar donde estaba sentada Emmeline, encadenada a otra mujer.
– Bien, querida -dijo, cogiéndole la barbilla-, manténte de buen humor.
No le pasó desapercibida la mirada involuntaria de horror, espanto y aversión que le dedicó la muchacha. Frunció el ceño con fiereza.
– ¡Nada de jugarretas, muchacha! Tienes que poner buena cara cuando yo te hablo, ¿te enteras? Y tú, vieja borracha amarillenta -dijo, dando un empujón a la mulata con la que Emmeline estaba encadenada-, ¡no pongas esa cara! ¡Tienes que estar contenta, te digo!
– Oídme todos -dijo, retrocediendo un paso o dos-. ¡Miradme… miradme… directamente a la cara… ahora! -dijo golpeando con el pie en el suelo en cada pausa.
Todos los ojos se dirigieron, como fascinados, a los furiosos ojos gris verdosos de Simon.
– Ahora -dijo, cerrando su enorme puño pesado hasta hacerlo parecer el martillo de un herrero-, ¿veis este puño? ¡Pruébalo! -dijo, haciéndolo caer sobre la mano de Tom-. ¡Mirad estos huesos! Bien, pues sabed que este puño se ha puesto así de duro derribando a negros. Hasta ahora no he conocido a un negro que no fuera capaz de derribar de un puñetazo -dijo, bajando el puño tan cerca de la cara de Tom que éste parpadeó y se echó atrás-. Yo no mantengo a ningún maldito supervisor; yo mismo superviso; y os digo que las cosas se hacen, y bien. Todos tenéis que observar las reglas, os lo advierto; rápidos y directos… en cuanto yo abra la boca. Así estaréis a bien conmigo. No me vais a encontrar ningún punto débil. Así que andad con ojo, ¡porque no tengo piedad!
Las mujeres contuvieron el aliento involuntariamente y toda la cuadrilla se quedó con caras abatidas y tristes. Mientras tanto, Simon se dio la vuelta y se marchó al bar del barco a tomar una copa.
– Así empiezo yo con mis negros -dijo a un hombre con aspecto de caballero que había estado cerca de él durante su discurso.
– ¡De veras? -dijo el forastero, mirándolo con la curiosidad de un naturalista que estudia algún espécimen fuera de lo común.
– Ya lo creo. ¡No soy un caballero plantador con los dedos inmaculados, para que me ablande y me tome el pelo algún maldito capataz! ¡Toque usted mis nudillos y mire mi puño! Ya le digo, señor, que la carne de mi puño se ha puesto como una piedra de tanto ejercicio con los negros, ¡tóquelo!
El forastero puso sus dedos sobre la herramienta en cuestión y dijo simplemente:
– Es bastante duro; y supongo -añadió- que el ejercicio le ha endurecido el corazón de igual manera.
– Pues, podría decirse que sí -dijo Simon con una sentida carcajada-. Creo que soy tan poco blando como cualquiera. ¡Le digo que no hay quien me ablande a mí! Los negros nunca me ablandan, ni alborotando ni dándome jabón, y ésa es la verdad.
Tiene usted un buen lote ahí.
– Es verdad -dijo Simon-. Ese Tom, me han dicho que es algo fuera de lo común. He pagado un precio un poco alto por él, con la idea de utilizarlo como conductor y administrador; en cuanto le haga olvidar las nociones que le han enseñado tratándolo como no se debe tratar a los negros, estará perfecto. Me han engañado en el caso de la mujer amarillenta. Creo que está enferma, pero le sacaré todo lo que vale; puede durar un año o dos. No estoy a favor de guardar a los negros. Usarlos y comprar más, ése es mi método; da menos dolores de cabeza y estoy seguro de que sale más barato a la larga -y Simon bebió un sorbo de su copa.
– ¿Y cuánto suelen durar? -preguntó el forastero.
– Pues no lo sé; depende de su constitución. Los tipos fuertes duran seis o siete años; los débiles se desgastan en dos o tres. Cuando empecé, solía tomarme bastantes molestias preocupándome por ellos e intentando hacerles durar, llamando al médico cuando enfermaban y dándoles ropa y mantas, y cosas así, para mantenerlos cómodos y bien. Pero, Señor, no servía para nada; perdía dinero con ellos y me daban mucho trabajo. Ahora, ¿sabe usted?, los utilizo de un tirón, enfermos o sanos. Cuando se muere un negro, compro otro; sale más barato y fácil, en todos los sentidos.
El forastero se alejó y fue a sentarse junto a un caballero que había escuchado la conversación con desasosiego contenido.
– No debe usted considerar a ese tipo como típico de los plantadores del sur -dijo.
– Espero que no -dijo el caballero joven enfáticamente.
– ¡Es un tipo vil, rastrero y brutal! -dijo el otro.
– Y sin embargo, sus leyes le permiten tener a todos los seres humanos que quiera sometidos a su voluntad absoluta, sin una sombra de protección siquiera; y, por rastrero que sea, usted no puede decir que no haya muchos iguales.
– Bien -dijo el otro-, también hay muchos hombres humanitarios y considerados entre los plantadores.
– De acuerdo -dijo el joven-, pero, en mi opinión, ustedes los humanitarios y considerados son los responsables de toda la brutalidad y ultrajes que infligen estos desgraciados; porque, si no fuera por su aprobación e influencia, el sistema entero no se mantendría en pie ni una hora. Si no hubiera otros plantadores que del tipo de aquél -dijo, señalando con el dedo a Legree, que estaba con la espalda vuelta hacia ellos-, se hundiría todo el asunto como una piedra de molino. Son la respetabilidad y el humanitarismo de ustedes lo que permite y protege su brutalidad.
– Desde luego que tiene usted una alta opinión de mi bondad -dijo el plantador con una sonrisa-, pero le aconsejo que no hable usted tan fuerte, ya que hay personas a bordo del barco que pueden ser bastante menos tolerantes con sus opiniones que yo. Más vale que se espere hasta que lleguemos a mi plantación y allí nos puede insultar a todos a sus anchas.