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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– Organizaremos un voto popular por o no, confiando los destinos de nuestro amado país a la prudencia y valor de mi heroico hermano, el invencible general. Un plebiscito. ¿Comprende usted?

Y el señor Fuentes, hinchando sus atezados carrillos, había inclinado un poco a la izquierda su cabeza, dejando escapar por sus cerrados labios un chorro azulado de humo. Había comprendido.

A su excelencia le tenía exasperado aquella devastación. Ni una sola silla, mesa, sofá, étagère o consola había quedado en las salas y habitaciones oficiales de la Intendencia. Pedrito Montero, aunque retorciéndose de rabia, se abstuvo de prorrumpir en ningún desahogo ni determinación violenta, por sentirse en un sitio remoto y aislado. Su heroico hermano se hallaba a gran distancia. Entretanto ¿dónde dormiría su siesta? Había esperado hallar comodidad y lujo en la Intendencia, tras un año de dura vida de campo que terminó con las penalidades y privaciones de la atrevida excursión a Sulaco, la provincia que en significación y riqueza superaba a todo el resto de la República. A Camacho ya le ajustaría las cuentas no tardando. Y el discurso del aludido, grato a los oídos populares, continuaba en el ardiente sol de la plaza, semejando los estrafalarios gritos de un diablo de categoría inferior arrojado en un horno al rojo blanco. A cada instante necesitaba enjugarse el sudor con su brazo desnudo; se había quitado la chaqueta y arremangado la camisa hasta los codos; pero conservaba en la cabeza el sombrero con airón de plumas blancas. Era el distintivo que le acreditaba como comandante de guardias nacionales; y su ingenuidad le movía a ostentarlo con fruición y orgullo. Los finales de cada período eran saludados con aprobaciones y graves murmullos.

Su opinión era que debía declararse inmediatamente la guerra a Francia, Inglaterra, Alemania y a los Estados Unidos, que con el pretexto de introducir ferrocarriles, empresas mineras, colonización, y con otras pretensiones inadmisibles, aspiraban a robar al pobre pueblo sus tierras, y ayudados de esos godos y paralíticos aristócratas, querían reducirlos a la condición de esclavos y bestias de labor. Toda la clase de perdularios y gandules aplaudió con estruendosos gritos, agitando sus mantas desteñidas y sucias. El general Montero -rugió Camacho con firme convicción- era el único hombre que estaba a la altura de la patriótica empresa. También asintieron a ello.

Era bien entrada ya la mañana; y en la muchedumbre empezaron a formarse corrientes y remansos, indicio de un movimiento de dispersión general. Unos buscaban la sombra de los muros, y otros se refugiaron bajo de los árboles de la Alameda. Los jinetes se abrieron paso espoleando sus cabalgaduras y dando voces; grupos de sombreros, colocados horizontalmente para proteger las cabezas contra el ardor solar que caía a plomo, empezaron a moverse a la deriva, internándose en las calles, donde las puertas abiertas de las pulperías brindaban una sombra atrayente, que resonaba con el suave rasgueo de las guitarras.

Los guardias nacionales pensaban en dormir su siesta; y la elocuencia de su jefe Camacho se había agotado. Posteriormente, cuando en las horas más frescas de la tarde intentaron reunirse de nuevo para seguir tratando de los asuntos públicos, algunos destacamentos de la caballería de Montero cargaron sobre ellos sin previo aviso a todo galope, con las luengas lanzas enderezadas a las espaldas de los fugitivos, siguiéndoles hasta el final de las calles. Los guardias nacionales de Sulaco extrañaron aquel comportamiento, pero no se dieron por ofendidos. Ningún costaguanero había sabido jamás discutir los caprichos violentos de una fuerza militar: eran la cosa más natural del mundo. A no dudarlo, se dijeron, debía de ser una especie de providencia gubernativa. Pero el motivo se ocultó a su penetración, que no pudo ser ilustrada por su jefe y orador, el comandante Camacho. Este dormía ahora una borrachera que había cogido en el seno de su familia, tumbado panza arriba, con los pies desnudos, en una habitación medio a oscuras, con todo el aspecto de un cadáver. Su elocuente boca se había quedado abierta. La menor de sus hijas, rascándose la cabeza con una mano, agitaba con la otra un ramito verde sobre el rostro del dormido, quemado y despellejado.

Capítulo VI

El sol, al declinar, había hecho girar las sombras de occidente a oriente entre las casas de la ciudad. Y lo propio, como es natural, tuvo lugar en toda la extensión del inmenso Campo, donde aparecían aquí y allá las blancas cercas y muros de las haciendas sobre colinas que dominaban la verde llanura circundante; los ranchos con bardas y techos de hierba agazapados en los repliegues del terreno junto a las márgenes de las corrientes; las sombrías islas de árboles apiñados, alzándose sobre el claro verdor de un mar de hierba; y la empinada sierra de la Cordillera, inmensa e inmóvil, emergiendo del boscoso oleaje de las faldas, a modo de costa pelada que señalara la entrada en un país de gigantes.

Los rayos del poniente, al bañar las nevadas vertientes del Higuerota, le daban un aspecto de sonrosada juventud, mientras la aserrada masa de picos lejanos permanecía negra, como si la abrasadora radiación la hubiera calcinado.

La ondulante superficie de los bosques se mostraba cubierta de un polvo de oro pálido; y a lo lejos, mas allá de Rincón, ocultas a la vista de la ciudad por dos boscosos estribos, las rocas de la garganta de Santo Tomé, con la achatada mole de la montaña misma, coronada de helechos gigantes, se teñía de cálidos tonos pardos y amarillos con vetas de un rojo sucio y manchas verde-oscuras de los arbustos arraigados en las quebradas. Desde la llanura los cobertizos de los bocartes o trituradores de mineral y las edificaciones de la mina aparecían oscuras y pequeñas, a gran altura, semejando nidos de aves aglomerados en los resaltos de un peñón. Las tortuosas veredas se mostraban a la vista como leves arañaduras en el muro de un blocao ciclópeo. A los dos serenos de la mina, que estaban de servicio, yendo de aquí para allá, con los ojos atentos y la carabina en la mano a la sombra de los árboles que orlan la corriente inmediata al límite de la concesión Gould, la figura de don Pepe, encaramado en la meseta superior, por cuyo sendero empezaba a bajar, se les representaba como un gran coleóptero.

Esa figura siguió descendiendo en serpenteante curso por la escarpada superficie de la roca, a modo de insecto que vaga a la aventura. Pero se la veía acercarse constantemente, y, ya cerca del pie de la montaña, desapareció al fin tras los tejados de los almacenes, forjas y talleres. Por algún tiempo los serenos pasearon yendo y viniendo por delante del puente, donde habían dado el alto a un jinete que traía un gran sobre blanco en la mano. A poco, don Pepe, saliendo de entre las casas por la calle de la aldea, a menos de un tiro de piedra del puente-frontera, se acercó a grandes zancadas. Vestía amplio pantalón oscuro con las perneras embutidas en las botas de caña, chaqueta de tela blanca, y venía armado con sable a la cintura y revólver al cinto. En aquellos tiempos de revuelta el señor gobernador velaba y dormía con las botas puestas.

A una ligera seña de uno de los serenos, el mensajero de la ciudad se apeó y cruzó el puente llevando de la brida el caballo.

Don Pepe tomó la carta que el recién llegado le alargaba con la mano libre y se golpeó sucesivamente el lado izquierdo y las caderas buscando la caja de los anteojos. Después de acaballar en la nariz la pesada armadura de plata y de sujetarla cuidadosamente detrás de las orejas, abrió el sobre y puso el pliego en él contenido delante de sus ojos a la distancia de un pie. No había más que tres líneas y las estuvo mirando por largo tiempo. Su bigote gris se movió un poco arriba y abajo, y las arrugas que irradiaban de los ángulos de sus ojos se dilataron. Sin inmutarse hizo una inclinación.

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