El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Pero cayó en la cuenta de que estaba apareciendo más de un tipo de torbellino en las relaciones que Nicola Maiden había sostenido. Si bien el deseo frustrado desempeñaba un papel importante en su vida, y muy posiblemente en su muerte, no podía pasar por alto el lugar ocupado por los celos, la venganza, la avaricia y el odio. Aquellas pasiones enfermizas causaban torbellinos. Cualquiera de ellas podía haber empujado a alguien al asesinato.
Lynley descubrió que Rostrevor Road estaba un kilómetro al sur de Fulham Broadway, y que la puerta del edificio de Vi Nevin estaba abierta. Una nota escrita a mano pegada a la jamba explicaba el motivo, así como el ruido procedente de un piso de la planta baja, cuya puerta también estaba abierta. «Antro de Tildy y Steve al fondo» eran las palabras escritas con rotuladores de diversos colores en una hoja de papel grueso. «¡Id a fumar fuera, por favor!» constaba más abajo.
El ruido procedente del interior era considerable. Los participantes en la fiesta estaban disfrutando de los dudosos talentos musicales de un grupo inidentificable de hombres que aconsejaban con voces guturales a los miembros de su sexo utilizarla, maltratarla, poseerla y perderla, todo con el acompañamiento de percusión y metales. Lynley decidió que la combinación no sonaba muy tierna. Se estaba haciendo viejo y, ay, más anticuado de lo que pensaba. Se dirigió hacia la escalera y empezó a subir.
Las luces del pasillo se encendían con un temporizador cuyo botón estaba al pie de la escalera. Había ventanas en el rellano, pero como ya había oscurecido no lograban disipar las tinieblas que invadían la planta superior. Lynley apretó el botón y caminó hacia la puerta de Vi Nevin.
No había querido contarle la verdad sobre la forma en que había conocido a Nicola Maiden. No había querido decirle el nombre del hombre que había pagado el piso en que vivían. Sin duda, podría revelar muchas más cosas si se le aplicaba la presión psicológica apropiada.
Lynley se sentía apto para la tarea. Aunque Vi Nevin no era idiota, y sería difícil engañarla para que revelara información, también vivía al borde de la ilegalidad y, al igual que Reeve, accedería a llegar a un compromiso con tal de seguir en el negocio.
Llamó con los nudillos a la puerta y luego con la aldaba de latón, de modo que ella pudiese oír su llamada pese a la música y los gritos de la fiesta que se celebraba en la planta baja. Sin embargo, no hubo respuesta. Era una noche de fin de semana, y probablemente Vi Nevin estaba atendiendo a un cliente o comprometida de otra forma. Así pues, Lynley sacó una de sus tarjetas, se caló las gafas y extrajo una pluma para dejar una nota. Escribió y devolvió la pluma al bolsillo. Pegó la tarjeta en la puerta a la altura del pomo.
Y entonces la vio.
Sangre. Una inconfundible huella de pulgar en el pomo. Una segunda mancha unos veinte centímetros más arriba, que se elevaba en ángulo desde la jamba.
– Mierda. -Lynley utilizó el puño contra la puerta-. ¿Señorita Nevin? -gritó-. ¡Vi Nevin!
No hubo respuesta. No se oyó ningún ruido en el interior.
Lynley extrajo una tarjeta de crédito de su cartera y la aplicó a la vieja cerradura Banham.
22
– ¿Tienes idea de lo que has hecho? ¿Tienes idea?
¿Cuánto rato había pasado desde que ella se había chutado?, se preguntó Martin Reeve. ¿Podía esperar, contra toda esperanza razonable, que aquella patética cabeza de chorlito hubiera imaginado el encuentro, que no hubiera sido real? Era posible. Tricia nunca contestaba a la puerta cuando él no estaba. Su paranoia era ya demasiado extrema. Entonces ¿por qué coño había contestado esta vez, cuando su estilo de vida se hallaba al borde del abismo, a la espera de que alguien cometiera un error y lo arrojara rodando al fondo?
Pero sabía muy bien la respuesta: había contestado a la puerta porque era una descerebrada, porque nadie podía confiar en que pensara con lógica durante más de cinco minutos, porque si alguien la animaba a pensar que su suministro de mierda se iba a interrumpir por lo que fuera, haría cualquier cosa por impedirlo, y contestar a la puerta era lo mínimo. Vendería su cuerpo, vendería su alma, vendería ambas cosas y de perdidos al río. Y al parecer, eso había hecho la muy puta aprovechando su ausencia.
La había encontrado en su habitación, amodorrada en su mecedora de mimbre blanca junto a la ventana, con el hombro y el pecho izquierdos apenas iluminados por la farola de la calle. Estaba completamente desnuda, y un espejo oval de cuerpo entero reflejaba la perfección espectral de su cuerpo.
– ¿Qué coño estás haciendo, Tricia? -preguntó, no del todo molesto, porque después de veinte años de matrimonio estaba acostumbrado a encontrar a su mujer de todas las maneras: desde vestida de punta en blanco con un sucinto modelo de diseño que valía una fortuna hasta metida en la cama a las tres de la tarde, chupando con una pajita un botellín de piña colada.
Al principio, pensó que se había preparado para complacerle. Y aunque no estaba de humor para eso, aún era capaz de reconocer que el dinero invertido en cirujanos de Beverly Hills había proporcionado resultados deliciosos. Pero esa idea se apagó como la llama de una vela expuesta al viento cuando comprobó que su mujer se había pasado de la raya. Si bien su somnolencia inducida por la droga le impulsaba con frecuencia a poseerla de la forma dominante con que prefería copular a una mujer dispuesta, no iba a hacerlo con una cuya capacidad de respuesta era similar a la de una botella de plasma. No le proporcionaría la distracción que deseaba.
Así pues, desechó tanto a su mujer como la posibilidad de recibir una respuesta coherente a su pregunta. Tampoco hizo caso cuando Tricia murmuró:
– Hemos de irnos a Melbourne, Marty. Ahora mismo.
Sus típicas chorradas, pensó. Entró en el cuarto de baño, abrió el agua caliente de la ducha y se frotó las manos debajo del grifo, para luego aplicarse a los nudillos y la cara el gel que a Tricia le gustaba.
Su mujer habló de nuevo, esta vez más alto para hacerse oír por encima del ruido de la ducha.
– He hecho algunas llamadas. Para saber lo que nos costará el viaje. Lo antes posible, Marty. ¿Nene? ¿Me oyes? Hemos de irnos a Melbourne.
Reeve se acercó a la puerta mientras se secaba las manos y la cara con una toalla. Ella le vio, sonrió y se pasó los dedos manicurados por el muslo, sobre el estómago y alrededor del pezón. El pezón se endureció. Su sonrisa se ensanchó. Martin permaneció serio.
– No sé si hace mucho calor en Australia. Sé que no te gusta el calor. Pero hemos de irnos a Melbourne, porque se lo prometí.
Martin empezó a tomarla más en serio. El «se lo» le había llamado la atención.
– ¿De qué estás hablando, Tricia?
Ella hizo un mohín.
– No me escuchas, Marty. Me fastidia que no me escuches.
Martin sabía la importancia de conservar un tono agradable, al menos de momento.
– Te estoy escuchando, cariño. Melbourne, claro. El calor. Australia. Una promesa. Lo he oído todo. Pero no entiendo cómo encaja y con qué está relacionado. Tal vez si te explicas mejor…
– Con qué está relacionado… -Hizo un ademán que abarcaba todo y nada. Después cambió de tema con aquel estilo Jekyll-Hyde tan propio de los drogatas y dijo con malhumor-: Hablas como un marica, Marty. «Tal vez si te explicas mejor…»
La paciencia de Martin estaba a punto de agotarse. Otros dos minutos de jugar a las adivinanzas, y la estrangularía.
– Tricia, si has de decirme algo importante, dímelo ya. De lo contrario iré a ducharme. ¿De acuerdo?
– Ohhhh -se mofó ella-. Se va a duchar. Supongo que sabemos por qué, si le olemos. Sabemos lo que oleremos. ¿Quién ha sido esta vez? ¿A qué señorita te has tirado hoy? Y no me mientas, Marty, porque sé lo que haces con las chicas. Me lo cuentan. Incluso se quejan. Nunca sospechaste que lo harían, ¿verdad?