Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Jeffrey habló con voz fría y clara. Tenía la distante sensación de estar en un zoológico, contemplando a través de un cristal los ojos de una mamba negra africana. Encontrarse tan cerca de un ser tan letal le infundía una extraña paz interior.
– Sus víctimas han sido jóvenes.
– Frescas -dijo el asesino.
– Secuestradas sin testigos…
– Un hombre muy cuidadoso y con un gran control de la situación.
– Fueron encontradas en sitios aislados, pero no ocultos. Colocadas de forma especial.
– Ah, un hombre con un mensaje. Quiere que su obra esté a la vista.
– Sin dejar la menor pista sobre los escenarios de los crímenes.
El asesino resopló.
– Claro que no. Es un juego, ¿verdad, Susan? La muerte siempre es un juego. Si estamos enfermos, ¿no nos medicamos para vencer a la Parca? ¿Acaso no instalamos airbags en nuestros coches y nos ponemos el cinturón de seguridad, intentando prever cómo ella puede acercarse sigilosamente y pillarnos desprevenidos?
Susan asintió.
– Yo soy la muerte -aseveró Hart en voz baja-. Vuestra presa es la muerte. Jugad a ese juego. Por eso te ha traído aquí tu hermano, supongo. Debes presenciar el juego, y tomar parte en él. -El asesino devolvió su atención a Jeffrey-. Consiguió usted atraparme de manera muy astuta. Me quito el sombrero, profesor. Yo ya me esperaba operaciones de vigilancia, señuelos, toda clase de trampas de las que suele tender la policía. Jamás se me ocurrió que simplemente utilizarían a esas mujeres con localizadores ocultos como carnaza. Fue un toque de genialidad, profesor. Y tan cruel… vaya, casi tan cruel como yo. No podía usted suponer que la primera activase el dispositivo de forma tan eficaz. Tal vez ni siquiera la tercera. Ni la quinta. Esto siempre me ha intrigado, profesor. ¿ Cuántas mujeres exactamente estaba usted dispuesto a sacrificar antes de acudir a detenerme?
Jeffrey titubeó y al final respondió:
– Las que hiciera falta.
El asesino sonrió de oreja a oreja.
– ¿Cien?
– En caso necesario.
– No le dejé otra alternativa, ¿verdad?
– Ninguna que yo pudiera determinar.
David Hart soltó otra risita.
– Disfrutaba usted matándolas tanto como yo, ¿no, profesor?
– No.
Hart sacudió la cabeza.
– De acuerdo, profesor. Claro que no.
Se impuso un breve silencio en la sala. Susan tenía ganas de mirar a su hermano, de intentar adivinar qué le pasaba por la cabeza exactamente, pero no quería apartar la mirada del asesino que tenía delante, pues temía que de alguna manera el torrente de palabras se agrietara y se partiera, como una roca expuesta a un calor excesivo. «Nos dirá lo que queremos saber», pensó.
El asesino irguió el cuello.
– Verá, en primer lugar, tiene que haber un vehículo.
– ¿De qué tipo? -inquirió Susan.
– Un vehículo de carga. Debe ser lo bastante grande para transportar a la víctima, y de aspecto común y corriente para pasar inadvertido. Debe ser fiable, para poder llegar hasta esos lugares dejados de la mano de Dios. ¿Con tracción a las cuatro ruedas?
– Sí, es muy probable -contestó Jeffrey.
– Debe estar acondicionado para usos especiales, con ventanillas de vidrio ahumado.
Jeffrey movió afirmativamente la cabeza. No era un camión, pensó, porque llamaría la atención en una zona residencial de las afueras. Tampoco un elegante cuatro por cuatro familiar, porque tendría que apretujar el cadáver en el asiento trasero, o levantarlo bastante alto para meterlo en el maletero. ¿Qué se adaptaba mejor a sus necesidades? Sabía la respuesta a su propia pregunta interior. Había varios tipos de minifurgonetas fabricadas con tracción integral. Eran automóviles ideales para vivir en los barrios periféricos, muy habituales en comunidades donde los padres solían llevar a equipos de niños a partidos de béisbol de la liga infantil.
– Continúe -lo animó Jeffrey.
– ¿Encontró la policía huellas de neumáticos?
– Se identificaron varios, pero no dos o más que coincidieran entre sí.
– Ah, eso me dice algo.
– ¿Qué?
– ¿No se le ha ocurrido, profesor, que tal vez el hombre cambia los neumáticos de su vehículo con cada aventura, porque sabe que el dibujo de la superficie se puede rastrear?
– Sí, se me ha ocurrido.
El asesino sonrió.
– Ése es el primer problema. El transporte. El siguiente es el aislamiento. ¿Su presa es un hombre rico?
– Sí.
– Ah, eso ayuda. Enormemente. -Hart se volvió una vez más hacia Susan-. Yo no contaba con el lujo de sumas ilimitadas de dinero, así que me vi obligado a elegir un sitio abandonado.
– Hábleme de esa elección -pidió Jeffrey.
– Hay que andarse con cuidado, tener la seguridad de que nadie lo verá ni lo oirá. De que uno pasará desapercibido. De que sus idas y venidas no atraerán la atención de nadie. Hay muchos requisitos. Me pasé varias semanas buscando antes de encontrar el lugar ideal.
– ¿Y luego?
– Un hombre cauteloso conoce bien su territorio. Medí y memoricé. Estudié cada centímetro del almacén antes de llevar ahí mi… esto… mi equipo.
– ¿Y la seguridad?
– El sitio debe ser seguro por sí mismo, pero yo instalé varias trampas y sistemas de alarma caseros… un alambre a la altura de los tobillos aquí y allá, latas con clavos, ese tipo de cosas. Por supuesto, yo sabía cómo evitarlas. Pero un profesor torpón y dos agentes que tropezaban a cada paso armaron un alboroto tremendo cuando entraron. Ese ruido les costó muy caro, Susan.
– Eso tenía entendido.
Hart soltó otra carcajada.
– Me caes bien, Susan. ¿Sabes? Que tenga ganas de abrirte en canal no significa que quiera dejarle ese placer único y delicioso a otro. Bien, Susan, he aquí una pequeña advertencia de tu admirador. Cuando encontréis a vuestro hombre, no hagas ruido. No hagas el menor ruido, y sé muy cautelosa. Y da por sentado siempre, siempre, Susie-Q, que estará esperándote en la sombra más próxima. -El asesino bajó la voz ligeramente, de modo que su timbre infantil y chillón dio paso a una frialdad que la sorprendió-. Y tu hermano podrá decirte, por experiencia, que no debes dudar. Ni por un segundo. Si se te presenta una oportunidad, aprovéchala, Susan, porque nosotros somos muy rápidos cuando llega el momento de matar. Te acordarás de lo que te he dicho, ¿verdad?
– Sí -contestó ella, y la voz se le quebró casi imperceptiblemente.
Hart asintió.
– Bien. Ahora te he dado una pequeña posibilidad de sobrevivir. -Se volvió de nuevo hacia Jeffrey-. Pero usted, profesor, aunque ya sabe estas cosas, confío en que vacile y eso le cueste la vida. Usted también está interesado en ver. Eso es lo que le mueve, ¿verdad? Quiere mirar, contemplar cómo se desarrollan los acontecimientos, en toda su gloria y excepcionalidad. Es usted un hombre de observación, no de acción, y cuando llegue el momento, quedará atrapado en su propia vacilación y eso le acarreará la muerte. Reservaré un sitio en el infierno para usted, profesor.
– Yo le capturé.
– Ah, no, profesor. Usted me encontró. Y de no ser por los dos disparos del agente moribundo y la desafortunada pérdida de sangre que experimenté, no le habría hecho la herida en el muslo, sino en otra parte. -El asesino se señaló el pecho, describiendo una larga línea en el aire con su dedo índice, semejante a una garra.
Jeffrey se percató de que había bajado la mano sin darse cuenta hacia el punto de la pierna en que Hart le había clavado el cuchillo.
Recordó que se había quedado helado, incapaz de moverse de donde estaba, mientras el asesino perdía el conocimiento a sus pies, después de lanzar un solo golpe con el cuchillo de caza, que le había hecho un corte profundo.