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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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El asesino reflexionó sobre ello.

– ¿Cree que, si le explico por qué creé un lugar especial para mí, usted podrá extrapolar esa información a un plan para encontrar el escondrijo de su hombre?

– Correcto.

Hart asintió con la cabeza.

– De modo que para encontrar a ese hombre quiere que este preso le abra su corazón. -Soltó una risita-. Es un juego de palabras, Susan, inventora de pasatiempos, ¿o no?

Cuando Diana Clayton hubo avanzado sólo cincuenta metros, tropezó pero consiguió recuperar el equilibrio antes de caer de bruces sobre la tierra y las piedrecillas del camino. Se detuvo, ligeramente sofocada, y arrastró los pies por la terrosa superficie del mundo que se extendía debajo de ella, manchándose la punta de las zapatillas de un color polvoriento, gris parduzco. Respiró hondo un par de veces, luego volvió la mirada hacia el ancho cielo sobre su cabeza, como escrutando la bóveda azul en busca de la respuesta a una pregunta que no había planteado aún. El resplandor del sol le emborronaba la visión, y notó que la capa de sudor en su frente era ahora el doble de gruesa. Se enjugó la humedad y la vio relucir por unos instantes en el dorso de su mano.

Se recordó a sí misma que era vieja. Que estaba enferma.

Luego se preguntó por qué seguía adelante. Si su objetivo era hacer ejercicio, ya lo había cumplido. Una parte de ella le decía que dar media vuelta y olvidarse de la vista, aunque fuera tan espectacular como el agente Martin recalcaba en su mensaje, era una opción más que razonable.

Y entonces, casi con la misma rapidez, otra parte de ella se negó.

Se llevó la mano al bolsillo para buscar la carta plegada, como si su cansancio pudiera contrarrestarse al releerla, pero cambió de idea. La pistola que llevaba en la mochila pesaba mucho más de lo que esperaba, y se preguntó por qué la había traído consigo. Estuvo a punto de dejarla sobre alguna roca y recogerla en el camino de vuelta, pero decidió no hacerlo.

Diana no sabía exactamente qué la impulsaba a alcanzar el destino sobre el que el agente Martin le había escrito. Tampoco sabía qué era aquello tan importante que según él debía ver. Pero reconoció cierta terquedad y determinación que afloraban en su interior y pensó que eso no tenía nada de malo, de modo que reanudó la marcha, tras darse el gusto de tomar otro trago de agua tibia embotellada.

Se dijo que el mundo del estado cincuenta y uno era nuevo, y que ella no permitiría que la frustración, el agotamiento, la enfermedad o la pusilanimidad la vencieran en su primer día entero en ese mundo.

Le costaba caminar sobre la arena suelta, y profirió una larga y sonora retahíla de maldiciones, llenando el aire transparente que la rodeaba de obscenidades que la ayudaban a mantener el ritmo.

– Puta tierra -espetó-. Malditas piedras. Asqueroso camino de mierda.

Sonrió mientras avanzaba trabajosamente, siempre ascendiendo. Diana Clayton empleaba rara vez estas palabras, de modo que dejarlas escapar de sus labios era para ella como hacer algo exótico, algo prohibido. Tropezó de nuevo, aunque de forma más leve que antes.

– ¡Hostia puta! -Se rio para sus adentros. Alargaba cada palabra, dando un paso adelante con cada sílaba de cada imprecación.

El camino torcía a la izquierda y bajaba de pronto, perdiéndose de vista como un niño travieso.

– Ya no debe de faltar mucho -dijo en alto-. El dijo un kilómetro. Ya no puede quedar lejos.

Continuó andando por el sendero, e intuyó que ya se encontraba muy por encima de la tranquila calle residencial de la que había salido. Por un instante se acordó de su casa en los Cayos y pensó que no era tan distinto aquel lugar, donde una urbanización chabacana y pintada de rosa construida al borde de la carretera con centros comerciales y tiendas de camisetas de repente cedía el paso al mar, que imponía su presencia y le recordaba que la naturaleza salvaje, pese a los esfuerzos apresurados y decididos del hombre por evitarlo, se hallaba a sólo unos segundos de distancia. Aquí ocurría algo similar. Infundía en ella una sensación de soledad que la reconfortaba. Le gustaba estar sola, y creía que ésta era una de las pocas cualidades realmente efectivas que le había transmitido a su hija.

Inspiró profundamente y cantó unos compases de una vieja canción.

– Marchamos hacia Pretoria, Pretoria…

El sonido de su voz, rasgada por el cansancio, pero aun así más o menos afinada, repercutía ligeramente entre las rocas, que lo lanzaban al aire muy por encima de su cabeza.

– Cuando Johnny vuelva marchando a casa, hurra, hurra. Cuando Johnny vuelva marchando a casa, hurra, hurra. Cuando

Johnny vuelva marchando a casa, lo recibiremos con gritos de alegría y celebraremos cuando Johnny vuelva a casa… -Avivó el paso y comenzó a balancear los brazos-. Despegamos, hacia el inmenso e inexplorado azul. Subimos muy alto, por el cielo… -Echó la cabeza hacia atrás y se puso derecha-. ¡De frente, marchen! -bramó-. Marcando el paso: uno-dos-tres-cuatro. Uno-dos. Tres-cuatro… -Al llegar al final de la curva, se detuvo-. Uno-dos… -susurró.

El coche estaba aparcado a un lado del camino, unos cincuenta metros más adelante.

Era un sedán oficial blanco, de cuatro puertas, el mismo en que el agente Martin había ido a recogerlas a Susan y a ella al aeropuerto. Ella vio la pegatina roja que le daba acceso ilimitado.

¿Por qué había conducido por ese sendero para encontrarse con ella? Se quedó de pie donde estaba, mientras las preguntas se le agolpaban en la cabeza. Luego, al darse cuenta de que no averiguaría las respuestas sin acercarse, las dudas fueron reemplazadas por el miedo.

Despacio, introdujo la mano en la mochila y sacó la pistola.

Quitó el seguro con el pulgar.

Después, tras mirar en torno a sí y reconocer lo mejor que pudo el terreno desde donde se encontraba, aguzando el oído para comprobar si había alguien más allí, pero sin oír otra cosa que sus propios y roncos jadeos, retrocedió muy lentamente y con mucho cuidado, como si de pronto estuviera caminando en un reborde muy estrecho y resbaladizo junto a un precipicio.

– De acuerdo -dijo Hart-, primero hábleme un poco del hombre a quien busca. ¿Qué sabe de él?

– Es mayor que usted -respondió Jeffrey-, es sexagenario y lleva muchos años haciendo esto.

El asesino asintió con la cabeza.

– Ya de entrada esto resulta interesante.

Susan alzó la vista. Estaba tomando apuntes, intentando transcribir no sólo las palabras del asesino, sino también las inflexiones y el énfasis en su voz, pues pensaba que quizás eso acabaría por resultar más revelador. Una cámara de vídeo instalada en una de las paredes estaba grabando la sesión, pero ella no confiaba en que la tecnología captase lo que ella podía oír, sentada a sólo unos metros del hombre.

– ¿Por qué te parece interesante? -preguntó.

Hart le dedicó una de sus sonrisas torcidas.

– Tu hermano lo sabe. Sabe que el perfil medio del asesino en serie, el que los científicos como él llevan décadas retocando, se aleja bastante de los hombres mayores. Encajamos mejor los jóvenes, como yo. Somos fuertes, con espíritu de entrega. Hombres de acción. Los mayores tienden a ser más contemplativos, Susan. Prefieren pensar en matar. Fantasear sobre el asesinato. No tienen tanta energía para hacerlo en la vida real. Así que, desde el principio, el hombre a quien buscáis debe de estar impulsado por fuerzas poderosas, deseos profundos. Porque, de lo contrario, probablemente ya estaría retirado de la circulación desde hace diez años, quizá quince. Lo habría capturado y aniquilado el asesino en serie más grande de todos… -Hart lanzó una mirada rápida al espejo unidireccional-, o tal vez se habría suicidado, o simplemente se habría cansado y optado por jubilarse. Permanecer activo mientras otros hombres cobran su pensión, ah, eso sólo lo haría un hombre con recursos. -El asesino extendió las manos esposadas y sacó otro cigarrillo del paquete que tenía ante sí, sobre la mesa-. Pero eso ya lo sabe, profesor… -Hart se inclinó hacia delante, se puso el cigarrillo entre los labios y encendió una cerilla-. Un vicio asqueroso -comentó-. Me gustan los vicios asquerosos.

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