Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
– Se apellida Hart. Logré atribuirle directamente dieciocho asesinatos. Con toda probabilidad cometió otros de los que no estoy enterado y que él no se ha molestado en contarle a nadie más. Seguramente no se acuerda de todos, de cualquier modo. Yo colaboré en su detención. Se encontraba eviscerando a una víctima cuando llegamos. No se tomó demasiado bien la intrusión. Se las arregló para hacerme un tajo como la copa de un pino en la pierna con un cuchillo de caza más bien grande antes de desmayarse a causa de su propia hemorragia. Uno de los agentes a los que mató le había pegado dos tiros. Balas de nueve milímetros, de alta velocidad, recubiertas de teflón. Yo habría pensado que bastarían para abatir un rinoceronte, pero él no cayó. El caso es que lo atendieron rápidamente en la sala de urgencias y consiguió salvar el pellejo y mudarse al corredor de la muerte.
– No le queda mucho, profesor -lo interrumpió el Ranger-. El gobernador va a firmar sentencias de muerte pasado mañana, y en Austin se rumorea que el viejo Hart será el número dos en la lista de éxitos. Al muy cabrón, con perdón, señora, ya no le quedan argucias legales a las que recurrir, de todos modos.
– Tejas, como muchos otros estados, ha acelerado el proceso de apelación de penas de muerte -le informó Jeffrey a su hermana.
– Eso agiliza mucho las cosas -dijo el Ranger, con la voz cargada de sarcasmo-. No es como en los viejos tiempos en que uno podía pasar diez años o más en una celda, aun cuando hubiese matado a un poli.
– Por otro lado, esa rapidez no es tan conveniente si pillan al hombre equivocado -observó Susan.
– Caray, señora, eso no pasa casi nunca.
– ¿Y si pasa?
El Ranger se encogió de hombros y sonrió.
– Nadie es perfecto -dijo.
Susan se dirigió a su hermano, que se divertía con el rumbo que había tomado la conversación.
– ¿Por qué crees que ese tipo nos ayudará? -preguntó.
– No estoy seguro de que nos ayude. Hace cerca de un año concedió una entrevista al Dallas Morning News en la que declaró que quería matarme. El periodista me envió una copia del vídeo de la entrevista. Me alegró el día, como ya te imaginarás.
– ¿Y como quiere matarte, crees que nos ayudará?
– Sí.
– Una lógica interesante. -Para él tendrá todo el sentido del mundo.
– Ya lo veremos. ¿Y qué información esperas obtener de ese hombre?
– El señor Hart posee una característica que creo que comparte con… -Jeffrey titubeó, buscando de nuevo la palabra precisa- nuestro objetivo.
– ¿Qué característica es ésa?
– Se construyó un lugar especial. Para sus asesinatos. Y creo que el hombre que buscamos ha hecho lo mismo en otro sitio. Se trata de un fenómeno poco común pero no inédito. En la bibliografía forense sobre asesinatos apenas se habla de esa clase de lugares. Sólo quiero saber qué debo buscar y cómo buscarlo… y ese hombre puede decírnoslo. Tal vez.
– Si él quiere.
– Exacto. Si él quiere.
Diana llevaba un rompevientos ligero para abrigarse del fresco de la mañana, pero pronto descubrió que el sol, al ascender en el cielo, estaba disipando el frío residual de la noche. Apenas se había alejado media manzana de la casa cuando tuvo que quitarse la chaqueta y atársela a la cintura por las mangas. Llevaba a la espalda una mochila pequeña, que contenía su identificación, un analgésico, una botella de agua mineral y el Magnum.357. En la mano llevaba la carta con las indicaciones.
A su derecha divisó a unos niños que jugaban en el parque infantil. Se detuvo a mirarlos por unos momentos y luego continuó andando por el camino. Levantaba con los pies pequeñas nubes de polvo marrón claro. A su izquierda, una mujer joven salió de una de las casas adosadas empuñando una raqueta de tenis. Diana calculó que debía de tener la misma edad que su hija. La mujer la vio y la saludó con un gesto de la mano, casi como si la conociera. Un momento de familiaridad entre desconocidas. Diana devolvió el saludo y siguió caminando.
Al fondo de la calle dobló a la derecha, siguiendo las instrucciones. Vio una sola placa marrón que le indicó que se encontraba, en efecto, en Donner Boulevard. A pocos metros pudo comprobar que las casas alineadas eran las últimas construcciones de la zona, y que el bulevar en el que se hallaba no llevaba a ningún sitio. Además, estaba más descuidado que las otras calles. Tenía algunos baches, y la acera por la que circulaba estaba agrietada, desconchada y deformada por los hierbajos que crecían entre bloques de hormigón mal encajados.
Diana prosiguió su excursión a través de la mañana hasta que llegó al sendero de tierra que arrancaba a su derecha. Tal como le informaba la carta, alcanzaba a ver el final de Donner Boulevard. La calle desembocaba en un montón de tierra apilada a paladas contra una elevación del terreno. Había una sola valla con unas luces amarillas parpadeantes y un letrero rojo grande que rezaba FINAL DE LA CALZADA, lo cual era una redundancia.
Se detuvo, abrió la botella de agua y tomó un pequeño trago antes de echar a andar por el camino de tierra. Llevó a cabo un breve inventario interior. Le faltaba un poco el aliento, pero no era nada grave. No estaba cansada; de hecho, se sentía fuerte. Una fina capa de sudor le cubría la frente, pero no era nada que indicase que el agotamiento estuviese acechando en algún sitio, a punto de atacar de improviso. El dolor en el vientre había remitido, como para permitirle el placer de dar una caminata por la mañana. Diana sonrió y pensó: «Desde luego, le gusta tomarse su tiempo.»
Se volvió en derredor por un momento, disfrutando de la soledad y la tranquilidad.
Luego siguió adelante, pisando la tierra suelta y arenosa, y emprendió lentamente el ascenso por el camino abandonado.
El corredor de la muerte en Tejas, como en casi todos los estados, no era un corredor. El nombre pervivía, pero el emplazamiento había cambiado. El estado había construido una cárcel con el fin específico de matar a criminales violentos. Se encontraba en una extensión rasa de terreno de una finca ganadera, aislada de ciudades y pueblos, y su única vía de acceso era una carretera de dos carriles de asfalto negro que atravesaba las llanuras. La cárcel misma era un edificio grande y ultramoderno cercado por tres vallas concéntricas de tela metálica y alambre de espino. En cierto modo, la prisión parecía una residencia universitaria grande, o un hotel pequeño, salvo porque las ventanas apenas eran más que unas rendijas de sólo quince centímetros de ancho, abiertas en las paredes de hormigón del edificio. Había una zona de gimnasia y una biblioteca, varias salas de visitas de alta seguridad y una docena de filas con veinte celdas cada una. Todas estaban ocupadas y eran contiguas a una cámara central que a primera vista parecía una sala de hospital pero no lo era. Había una camilla con grilletes y una máquina de matar. Cuando llegaba el momento de la ejecución de un reo, lo ataban de pies y manos y le insertaban en una vena del brazo izquierdo una sonda intravenosa que se prolongaba por el suelo hasta una caja en la pared. Dentro había tres recipientes pequeños que se hallaban conectados al tubo. Sólo uno de ellos contenía una sustancia letal. Tres funcionarios del estado, a una señal del celador, pulsaban otros tantos botones, y los tres envases despedían sus fluidos a la vez. Este sistema seguía el mismo principio que los pelotones de fusilamiento en los que se daba a uno de sus integrantes una bala de fogueo. De este modo, nadie sabía de cierto si su interruptor era el que había liberado el veneno.
El agente tóxico también había mejorado. Se había hecho más eficaz. Los reos debían cerrar los ojos y contar hacia atrás desde cien. Por lo general morían antes de llegar al noventa y cinco. De vez en cuando, alguno contaba hasta noventa y cuatro. Nadie había sobrevivido más allá del noventa y dos.
El interior de la prisión era igualmente moderno, lodos los rincones estaban vigilados por cámaras de circuito cerrado. El lugar tenía un aire sumamente pulido y antiséptico; era como entrar en un mundo que imitaba el alambre de espino de las vallas: eficiente, reluciente como el acero y mortal.