Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Un guardia de la cárcel escoltó a Jeffrey y Susan Clayton a una de las salas de visitas. Había dos sillas en cada extremo de una mesa de metal. Nada más. Todo estaba atornillado al suelo. En un lado de la mesa, atornillada a la superficie, había una anilla de acero.
– Es inteligente -comentó Jeffrey mientras esperaban-, muy inteligente. Tirando más a excepcional que a normal. Dejó la escuela en octavo curso porque los otros chicos se burlaban de sus genitales deformes. Durante diez años no hizo otra cosa que leer. Luego, durante otros diez, no hizo otra cosa que matar. No lo subestimes en ningún momento.
Una puerta lateral se abrió con el chasquido electrónico de un cerrojo desactivado, y otro guardia, acompañado por un hombre enjuto y nervudo, con aspecto de hurón, los brazos recubiertos de tatuajes y una mata de pelo blanco que le caía sobre los ojos rojos de albino, entró en la sala. Sin una palabra, el guardia sujetó la cadena de las esposas del preso a la anilla de la mesa. Acto seguido, se enderezó y dijo:
– Todo suyo, profesor. -Tras saludar con un movimiento de cabeza a Susan Clayton, se marchó.
El reo, que iba vestido con un mono, era delgado, con el pecho hundido y unas manos incongruentemente grandes, como garras, y que le temblaron ligeramente cuando se agachó para encenderse un cigarrillo. Susan advirtió que tenía un ojo caído, mientras que el otro parecía alerta, con la ceja enarcada mientras la observaba.
Mantuvo la vista fija en Susan durante varios segundos. Luego se volvió hacia Jeffrey.
– Hola, profesor. No esperaba volver a verle. ¿ Qué tal la pierna? -La voz del hombre sonaba curiosamente aguda, casi como la de un niño. A ella le pareció que disimulaba bastante bien la ira.
– Se me curó enseguida. No llegaste a tocar la arteria. Ni los ligamentos.
– Es lo que me contaron. Lástima. Tenía prisa. Habría necesitado un poco más de tiempo. -El hombre sonrió de un modo extraño, torciendo el borde de la boca hacia arriba como si tuviera un tic, y devolvió su atención a Susan-. ¿Y tú quién eres?
– Mi ayudante -respondió Jeffrey rápidamente.
El asesino se quedó callado unos instantes al detectar la mentira en lo precipitado de la respuesta.
– No lo creo, Jeffrey. Tiene sus ojos. Una mirada fría. Un poco como la mía, de hecho. Me da escalofríos y ganas de acurrucarme por el miedo. También tiene algo de su barbilla, pero el mentón sólo denota obstinación y perseverancia, a diferencia de los ojos, que dejan al descubierto su alma. Oh, percibo una semejanza muy clara. A cualquiera con unas mínimas dotes de observación le resultaría evidente. Y las mías, como sin duda ya sabe, profesor, son significativamente más agudas.
– Es mi hermana Susan.
El asesino sonrió.
– Hola, Susan. Soy David Hart. No nos dejan dar la mano, eso sería infringir las normas, pero puedes llamarme David. Tu hermano, por otro lado, ese sucio cerdo mentiroso, debe llamarme señor Hart.
– Hola, David -dijo Susan con tranquilidad.
– Mucho gusto, Susan -respondió el asesino, pronunciando su nombre con un tono cantarín que resonó en la sala-. Susan, Susie, Susie-Q. Qué nombre tan bonito. Dime, Susan, ¿eres una puta?
– Perdona, ¿cómo dices?
– Bueno, ya sabes -continuó el asesino, alzando la voz con cada palabra-, una prostituta, una mujer de la vida, o del partido. Una ramera, una buscona, una damisela, una furcia. Ya sabes a qué me refiero: una mujer que cobra por chuparles la pureza a los hombres, para arrebatarles la esencia. Una asquerosa basura portadora de enfermedades, infecciosa y repugnante. Un parásito. Una cucaracha. Dime, Susan, ¿es eso lo que eres?
– No.
– Entonces, ¿qué eres?
– Invento juegos.
– ¿Qué clase de juegos?
– Juegos de palabras. Acertijos. Anagramas. Crucigramas. El asesino meditó por un momento.
– Qué interesante -dictaminó-. ¿Así que no eres una puta?
– No.
– Me gustaba matar putas, ¿sabes? Abrirlas en canal desde… -Hizo una pausa y sonrió-. Pero seguro que tu hermano ya te lo habrá contado.
– Sí.
La ceja de David Hart se arqueó de nuevo, y su rostro se deformó con su sonrisa característica y torcida.
– Él es una puta, y me gustaría abrirlo en canal también. Eso me produciría una gran satisfacción. -El asesino se interrumpió, tosió una vez y añadió-: Ah, qué diablos, Susie. Seguramente también me gustaría rebanarte desde la entrepierna hasta la barbilla. No tiene sentido que intente disimularlo. Rajarte sería un placer. Un gustazo. Cargarme aquí a tu hermano, bueno, sería más como un asunto de trabajo. Una obligación. Un ajuste de cuentas. -Se volvió hacia Jeffrey-. Y bien, profesor, ¿qué hace usted por aquí?
– Quiero su ayuda. Ambos la queremos.
El asesino negó con la cabeza.
– Que le den por el culo, profesor. Fin de la entrevista. Se acabó la charla.
Hart se levantó unos centímetros de su asiento, gesticulando con la mano esposada hacia un espejo en una pared. Obviamente se trataba de un espejo unidireccional, y al otro lado habría funcionarios de prisiones observando la entrevista.
Jeffrey no se movió.
– Hace no mucho declaró a un periodista que quería matarme porque yo era quien le había localizado. Le dijo que, de no haber sido por mí, no quedaría una sola prostituta en la ciudad. Y, gracias a mí, hay decenas de ellas ejerciendo su oficio impunemente, de modo que su obra quedó inconclusa… Y por eso, por haberme interpuesto entre usted y sus deseos, yo merecía morir. -Jeffrey hizo una pausa, estudiando el efecto que sus palabras producían sobre el asesino-. Pues bien, señor Hart, tiene una ocasión de hacerlo, la única que tendrá.
El asesino se quedó inmóvil, medio inclinado sobre el asiento, por un instante.
– ¿Mi oportunidad de matarle? -Extendió los brazos y sacudió las cadenas-. Una idea maravillosa. Pero dígame, profesor, ¿por qué lo dice?
– Porque ésta es una oportunidad.
El asesino guardó silencio. Sonrió. Se sentó.
– Le escucharé -dijo-, durante unos segundos. Por deferencia hacia su preciosa hermana. ¿Seguro que no eres una puta, Susan?
Como ella no contestó, Hart sonrió de nuevo y se encogió de hombros.
– De acuerdo, profesor. Dígame cómo puedo matarle ayudándole.
– Muy sencillo, señor Hart. Si, gracias a su ayuda, consigo encontrar al hombre que busco, él querrá hacerme lo mismo que quiere hacerme usted, señor Hart. Es tan inteligente como usted y exactamente igual de mortífero. El riesgo es que yo lo neutralice antes de que él me neutralice a mí. Ambas cosas son posibles. Pero ahí tiene su oportunidad, señor Hart. Es la mejor que se le presentará en el poco tiempo que le queda. O lo toma o lo deja.
El asesino se meció adelante y atrás en la silla de metal, pensando.
– Una propuesta insólita, profesor. Me resulta de lo más intrigante. -Contempló la punta de su cigarrillo-. Muy astuto. Yo puedo ayudarle, y de ese modo exponerle a un peligro. Acercarle un poco más a la llama, ¿no? El reto para mí, si me permite el atrevimiento, es proporcionarle la información justa para que usted tenga éxito y fracase a la vez. -Hart respiró hondo, resollando. Sonrió una vez más-. De acuerdo. La entrevista continúa. Tal vez. ¿Qué conocimientos poseo yo que usted quiera averiguar?
– Usted cometió todos sus crímenes en un solo emplazamiento. Creo que el hombre que busco hace lo mismo. Queremos información sobre el lugar de los asesinatos. Cómo lo eligió. Qué características de él son importantes. Cuáles son los elementos imprescindibles, los rasgos esenciales. Y por qué necesitaba un único lugar. Eso es lo que necesitamos saber.