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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Jeffrey se dio la vuelta, con la carta todavía abierta en la mano, y vio al funcionario a quien llamaba Manson de pie junto al coche del agente, mirando el cadáver.

Susan seguía leyendo.

– Es imposible que el agente Martin escribiera eso -señaló en voz baja-. Ese no puede ser su estilo. Ni su forma de redactar. Es demasiado críptico, demasiado generoso con las palabras. -Hizo una pausa-. Ya sabemos quién lo escribió.

Jeffrey asintió.

– Me pregunto por qué quería que yo subiese hasta aquí -dijo Diana.

– Tal vez para que vieras de lo que es capaz -respondió Susan.

Jeffrey asintió de nuevo.

– Quedaos por aquí, Susie, mamá. Quizá necesite vuestra ayuda. -Y echó a andar hacia el coche del agente Martin.

Manson tenía la mirada fija en los vidrios salpicados de sangre y desparramados junto a la ventanilla del conductor cuando Jeffrey se acercó. Se volvió y una sonrisa lánguida de político se le dibujó en los labios. Acto seguido, metió la mano en el bolsillo de su americana y extrajo un par de guantes de látex que agitó en el aire en dirección a Jeffrey.

– Tenga. Ahora podré contemplar al famoso Profesor de la Muerte realizando su auténtico trabajo.

Jeffrey se puso los guantes sin decir una palabra.

– Por supuesto, de cara al público, no hay nada que contar. En todo caso, no gran cosa -continuó Manson-. Abatido por las dificultades laborales recientes, sin el apoyo de una familia, un empleado del estado leal y entregado decidió tristemente quitarse la vida. Incluso aquí, donde tantas cosas funcionan bien, es poco lo que podemos hacer respecto a las depresiones ocasionales. Sólo sirven para recordarnos al resto de nosotros lo afortunados que somos en realidad…

– No se suicidó, y usted lo sabe.

Manson negó con la cabeza.

– A veces, profesor, nuestro mundo requiere dos interpretaciones distintas de los hechos. Está la obvia, por supuesto, que es la que acabo de exponerle. Y luego está la menos obvia. Esta interpretación es, cómo decirlo… ¿más confidencial? Debe quedar entre nosotros. -Miro a los técnicos de la policía científica-. Su trabajo aquí consiste únicamente en analizar cualquier cosa que usted estime útil para su investigación. Por lo demás, se trata de un suicidio a todos los efectos, y así lo considerará el Servicio de Seguridad. Una tragedia. -Manson se apartó del costado del coche. Con una ligera inclinación y un movimiento amplio del brazo, le indicó a Jeffrey que se acercara-. Dígame qué ocurrió, profesor. Dígame exactamente qué ve. Y dígamelo sólo a mí.

Jeffrey pasó al lado del conductor y abrió la portezuela. Sus ojos recorrieron el interior rápida pero minuciosamente. Reparó en los dos pares de prismáticos que había sobre el asiento. Luego dirigió su atención al cuerpo del agente Martin. Notó una sensación de frialdad en su interior, casi como si estuviese en una galería, examinando un cuadro de un pintor mediocre. Cuanto más se detenía en la observación del lienzo que tenía ante sí, más evidentes le parecían los defectos del retrato. El cuerpo del agente estaba marcadamente ladeado hacia la izquierda, impulsado por el impacto del disparo. Tenía los ojos y la boca abiertos de manera macabra, como en una mueca de sorpresa ante la muerte. La herida en sí, enorme, le había destrozado buena parte del cráneo, lo que confería a la expresión del rostro manchado de sangre un aire aún más inquietante, como de gárgola.

Inclinado sobre el asiento, advirtió que tenía en la mano izquierda un sobre también ensangrentado y con trocitos de masa encefálica viscosa y clara. La mano derecha, que sujetaba sin apretar la enorme pistola de nueve milímetros, descansaba sobre el asiento, laxa. Continuó escrutando el cadáver con la vista y se fijó en el desgarrón en los pantalones de Martin, a la altura de la rodilla, y vio que el raspón en la pierna había estado sangrando antes de la muerte. Se inclinó aún más y levantó la pernera desde el tobillo. En vez de la daga plana que llevaba la tarde que se habían conocido en la sala de conferencias de la universidad, ahora había allí una pistola de calibre.38 y cañón corto en una funda tobillera de cuero.

Soltó la pernera.

«No mucha gente lleva dos armas distintas consigo cuando va a suicidarse», pensó.

Miró de nuevo los ojos de Martin.

«¿Cuál fue el último pensamiento que te pasó por la cabeza?-se preguntó. ¿Cómo alcanzar esa pistola? ¿Cómo defenderte? -Sacudió la cabeza-. No tenías la menor posibilidad.»

A través de la ventana, Jeffrey lanzó una mirada a Manson, que se había apartado de la escena del crimen. No dijo nada, pero pensó: «Así que ahora que el asesino que en teoría iba a resolver tu problema después de que yo le entregara a mi padre ha caído en una trampa y se ha pegado un tiro. No era lo bastante agudo, lo bastante inteligente, lo bastante mortífero.»

Vio que Manson hacía una mueca, como si se le hubiera ocurrido lo mismo en ese momento.

«Y ahora tienes que depositar todas tus esperanzas de solucionar el problema en alguien a quien no puedes controlar. Y seguro que eso te resulta considerablemente menos agradable, ¿verdad? No tan desagradable como lo que ocurrirá si no encuentro a mi padre, pero aun así desagradable.»

Esbozó una sonrisa al imaginar la respuesta a esa pregunta.

Jeffrey, de pie pero agachado, registró por encima el asiento trasero y no encontró nada muy evidente, aunque sabía que era allí donde se había sentado su padre, el asesino. Aún le quedaba la tenue esperanza de que se encontrase alguna fibra textil microscópica o algún cabello. Quizás incluso alguna huella digital. Pero lo dudaba. Y dudaba aún más que, pese a lo que había dicho Manson, le permitiesen ordenar una inspección integral del coche.

Jeffrey se enderezó y se llevó la mano a un bolsillo interior para sacar un pequeño estuche de piel que contenía algunos utensilios de metal. Cogió unas relucientes pinzas de acero y volvió a inclinarse hacia el interior del coche por encima del asiento del pasajero. De manera delicada pero firme, retiró el sobre de los dedos inertes de Martin. Con cuidado de no tocarlo, vio, escritas en el exterior con trazos gruesos de lápiz, las iniciales J. C.

Empezó a abrir el sobre, pero se detuvo.

Se volvió hacia su hermana, que estaba a unos veinte metros, y le hizo señas. Ella lo vio, movió la cabeza afirmativamente y dejó a Diana, que todavía estaba tomando sorbos de café.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Susan cuando se acercó.

Jeffrey se percató de que ella mantenía la mirada apartada del interior del coche. Pero entonces se inclinó y echó un vistazo. Se irguió al cabo de un momento.

– Desagradable -comentó.

– Era un hombre desagradable.

– Y tuvo un final desagradable. Aun así…

– Tenía esto en la mano. Tú eres la experta en palabras. He creído que debíamos leerlo juntos.

Susan examinó con cuidado el sobre y las iniciales J. C.

– Bueno -dijo-, me parece que no cabe duda de quién es el destinatario, a no ser que Jesucristo figure en la lista de correos de nuestro querido padre. Ábrelo.

Manejando las pinzas con cuidado, como un cirujano residente que aún no confía en su pulso, Jeffrey levantó la solapa del sobre. Para su disgusto, comprobó que lo habían cerrado con cinta adhesiva y no con saliva. Los dos hermanos vieron dentro una sola hoja de papel blanco común y corriente doblada. Jeffrey la sujetó por el borde y la desplegó sobre el capó del coche.

Por un momento, ambos permanecieron callados.

– Vaya, que me aspen -dijo Susan entre dientes.

El papel estaba en blanco.

Jeffrey frunció el entrecejo.

– No lo entiendo -dijo en voz baja.

Volvió la hoja del revés y vio que el dorso también estaba en blanco. Sujetó el papel a contraluz frente al sol poniente, buscando señales de palabras escritas con jugo de limón o alguna otra sustancia que quizá resultaría visible bajo una luz fluoroscópica.

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