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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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– Tendré que llevar esto a algún laboratorio -dijo-. Hay técnicas para hacer aparecer palabras ocultas. Luz negra, láser… unas cuantas. Me pregunto por qué querría ocultar lo que ha escrito…

Susan negó con la cabeza.

– No lo entiendes, ¿verdad?

– ¿Entender qué?

– La hoja en blanco. Ése es su mensaje para ti. Jeffrey aspiró una bocanada rápida del aire cada vez más frío que los rodeaba.

– Explícate -pidió con suavidad.

– Una hoja en blanco dice tanto como una que está llena de palabras. Seguramente dice más. Da a entender que no sabes nada, que para ti él es desconocido, una incógnita. Da a entender que debes aprender de lo que ves, no de lo que te dicen. ¿Qué significa un hijo para su padre? Empiezas desde cero y luego vas forjando la personalidad de ese niño. Muchas cosas. El lienzo virgen que aguarda la primera pincelada del pintor. Las primeras palabras de un escritor en una hoja en blanco. Todo es simbólico. Lo que no dice es mucho más contundente que lo que podría haber dicho. Simbolismo, simbolismo, simbolismo.

Su hermano asintió despacio.

– El investigador maneja datos concretos… -dijo.

– Pero el asesino maneja imágenes.

Jeffrey volvió a respirar el aire fresco de aquella apacible tarde.

– Y el profesor, el maestro… -apuntó.

– Debe ser capaz de conjugar ambas cosas -terminó Susan.

Jeffrey volvió la espalda al coche y avanzó unos pasos por el camino de tierra. Susan vaciló, dejó que se alejara por unos instantes y rápidamente echó a trotar tras él.

Los dos normalizaron el paso hasta avanzar a un ritmo regular, en silencio, sumidos en sus meditaciones. Susan notó que el miedo se adueñaba de ella mientras observaba a su hermano luchar contra sus propios sentimientos encontrados.

– Lo que deberíamos hacer es largarnos pitando de aquí-dijo, parándose en seco.

– No -replicó ella-. Nos ha encontrado. Ya no podemos volver a escondernos.

– ¿Y qué se supone que debemos hacer? ¿Detenerlo? ¿Matarlo? ¿Pedirle que nos deje en paz?

– No lo sé.

– Es perverso.

– Lo sé.

– Y forma parte de nosotros. O tal vez nosotros formamos parte de él.

– ¿Y?

– No lo sé, Susan.

De nuevo se quedaron callados.

Jeffrey apartó la vista de su hermana y la posó en el camino. -¿Qué demonios estaban haciendo aquí arriba? -preguntó de pronto.

Entonces vislumbró un objeto pequeño y negro en la tierra suelta y arenosa. Era semejante a una piedra, pero de una redondez demasiado perfecta para ser obra de la naturaleza. Lo recogió y le quitó el polvo. Era la tapa de una lente de los prismáticos. Miró hacia atrás, al coche, y continuó andando, con su hermana a la zaga.

Zancada a zancada, doblaron la curva y luego descendieron por el sendero.

– ¿Qué estaba buscando aquí? -preguntó Jeffrey.

Susan se detuvo. Señaló al frente, y Jeffrey vio extenderse a sus pies la urbanización de casas adosadas.

– A nosotras -contestó-. El bueno del agente nos espiaba a nosotras. ¿Por qué?

Jeffrey meditó por unos instantes.

– Porque esperaba que su presa apareciera. Por eso estaba aquí arriba. -Escudriñó la zona, y cerca de una roca vio el envoltorio arrugado de celofán del bollo que se había comido el agente Martin-. Aguardaba aquí, observando. Luego, por alguna razón, dio media vuelta y regresó a toda prisa por el camino. Yo diría que corría todo lo que podía, porque tiene un rasponazo en la pierna que sin duda se debe a que tropezó y cayó. Probablemente allí donde he encontrado la tapa de la lente.

– ¿Tenía prisa por suicidarse?

– No. Creía haber visto algo, pero fue a descubrir otra cosa.

– ¿Una trampa?

– Un hombre que tiende una trampa suele estar lleno de una seguridad falsa que en la mayor parte de los casos le impide ver la trampa que otros le han tendido a su vez. Subió aquí solo para espiar, aunque en realidad no estaba solo. Se me ocurre un par de posibilidades. Intentó huir. Tal vez. Sube al coche, pero para entonces ya tiene una pistola apuntándole a la cabeza. Tal vez. O quizá su asesino estaba esperándolo dentro del coche. Tal vez. El caso es que después muere. De hecho, lo matan. Un disparo y el asesino le pone en la mano la pistola, la pistola del propio agente. Así de sencillo. El estado es lo bastante proclive a la artificiosidad engañosa para declarar que se suicidó…

Jeffrey pensó en las jóvenes desaparecidas que oficialmente habían sido víctimas de perros salvajes. No lo expresó en voz alta. Se dijo en su fuero interno que matar en un lugar que se dedicaba tan activamente a encubrir la verdad debía de ser todo un lujo para el asesino. Alzó la vista y la dirigió a lo lejos, a las crestas de las montañas iluminadas por los últimos rayos de sol del día, que teñían el verde fértil de un rojo espectacular y radiante. Una región del mundo que aguardaba a que se escribiera una historia nueva en ella. El lugar del país donde se vivía con mayor seguridad era también donde se mataba con mayor seguridad.

Dudaba que Manson apreciase esa ironía de buen grado.

– No necesitamos conocer los detalles exactos… -Susan hablaba despacio, y Jeffrey se volvió para escucharla-. A veces el mensaje reside en la yuxtaposición de acontecimientos. O de ideas. Lo que quiere que sepamos es cómo controla los pormenores de la muerte.

Jeffrey asintió.

– Tiende trampas elaboradas. Quiere hacerte creer una cosa, justo hasta el momento en que te des cuenta de que está pasando algo totalmente distinto que está bajo su control.

– Exacto. Los mejores acertijos siempre son laberintos. Siempre hay pistas e indicios que apuntan en la dirección equivocada. -Susan titubeó y dejó que una mueca se deslizara por las comisuras de su boca. Había una dureza en su mirada que Jeffrey nunca había visto antes-. Se me ocurre otra cosa -dijo ella.

– ¿Qué?

– ¿No te das cuenta de cómo se comunica con nosotros?

Jeffrey sacudió la cabeza.

– Creo que no te sigo.

La voz de Susan pareció empequeñecerse en el aire que los envolvía, como si la brisa arrastrase y aporrease cada palabra.

– A mí me ha escrito por medio de acertijos. Juegos de palabras. Es decir, me ha hablado en el lenguaje que conozco. Mata Hari, la reina de los enigmas. A ti te habla de otra manera. Te transmite sus mensajes en tu lenguaje: el de la violencia y el asesinato. «El Profesor de la Muerte.» Son acertijos de otro tipo, pero acertijos al fin y al cabo. ¿No es eso típico de un padre? ¿Adaptar la forma de comunicación a las habilidades propias de cada hijo?

De pronto Jeffrey sintió náuseas.

– Joder -susurró.

– ¿Qué pasa?

– Hace siete años, poco después de que empezara a dar clases en la universidad, una de mis alumnas desapareció. No la conocía demasiado, para mí era solo otra cara en un aula muy grande. La encontraron en una postura similar a la de la chica que asesinaron cuando de niños nos fuimos de Nueva Jersey, e igual a la de la primera víctima de aquí, del estado cincuenta y uno. Fue por esta conexión por lo que el agente Martin contactó conmigo y me hizo venir aquí…

– Pero en realidad no fue el agente Martin quien dispuso que vinieras -dijo Susan despacio-, sino él.

– ¿Y él sabía que yo acabaría por traeros a ti y a mamá?

Susan hizo otra pausa.

– Creo que lo mejor es suponer que sí. Tal vez ésa era la razón de que me enviara esos mensajes.

Los dos guardaron silencio por un momento.

– La pregunta sigue siendo: ¿por qué? -dijo Susan.

– No conozco la respuesta. Aún no -murmuró Jeffrey-. Pero sí sé una cosa.

– ¿Cuál?

– Que más nos vale dar con él antes de que responda a la pregunta por nosotros.

Diana se retiró a la habitación pequeña donde había un catre, a descansar, lo que no le resultaría fácil. No era sólo que el dolor hubiese elegido ese momento para recordarle su presencia, sino la naturaleza inquietante de la muerte del policía, sumada a sus temores sobre lo que las horas o días siguientes les deparasen a sus hijos y a ella; todo ello conspiraba para mantenerla dando vueltas en la cama. Sabía que en la habitación contigua sus dos hijos intentaban averiguar cómo descubrir la amenaza que se cernía sobre los tres, y sintió una punzada de frustración por verse excluida del proceso.

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