Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Avanzó lentamente, sintiéndose del todo inepta para la tarea que se le presentaba.
Se encontraba a unos tres metros cuando vio que el cristal de la ventanilla del conductor estaba hecho añicos, y los pedazos esparcidos fuera del coche. Los pocos fragmentos que aún quedaban en su sitio estaban salpicados de carmesí y trocitos de hueso gris y masa encefálica.
Aún no alcanzaba a verle la cara al hombre. Estaba apoyada en la columna de dirección, apretada hacia abajo. Diana habría deseado poder identificarlo por la forma de los hombros o el corte y el color de su ropa, pero no podía. Comprendió que tendría que acercarse mucho más.
Sujetó el revólver con más fuerza. Dio la vuelta despacio, escudriñando una vez más la zona.
Moviéndose como un padre que entra en la habitación de un niño dormido, Diana se aproximó al costado del coche. Echó un vistazo rápido al asiento de atrás y comprobó que estaba vacío. Luego, obligó a sus ojos a posarse en el cadáver.
Colgando de la mano derecha del hombre había una pistola semiautomática de gran calibre. La izquierda sujetaba un sobre manchado de sangre.
Se acercó un poco más. El hombre tenía los ojos abiertos, y Diana soltó un grito ahogado.
Retrocedió bruscamente en el momento en que lo reconoció.
Se apartó del coche con paso vacilante, un poco como un asistente a una fiesta que se da cuenta de que se ha tomado algunas copas de más, y se reclinó contra una roca cercana, sin despegar la vista del muerto. No le hacía falta sacarse la nota del bolsillo para recordar lo que decía. Ya no creía que fuera el muerto quien le había escrito la carta recomendándole una agradable y rápida caminata matinal.
Sabía quién la había escrito, y también quién era el autor del cuadro que tenía ante sí. Pensar en ello le dejó un regusto ácido y amargo, de modo que buscó la botella de agua en la mochila. Tomó un trago rápido, tras enjuagarse la boca. Recordó que, según la carta, contemplaría una vista única. Supuso que, en cierto modo, la muerte era algo común y único a la vez.
19 Introducción a la arquitectura de la muerte
En el aire de la tarde se respiraba una sequedad tensa que presagiaba un abrupto descenso de las temperaturas durante las siguientes horas de la noche. Jeffrey y Susan Clayton lo notaron cuando los acompañaron al lugar donde su madre había descubierto el cadáver del agente Martin ese día, por la mañana. No les habían proporcionado detalles de la muerte cuando aterrizaron y otro agente del Servicio de Seguridad los recibió en el aeropuerto; sólo les habían comunicado que se había producido «un accidente».
Al avistar la salida de la autopista que conducía a su casa adosada, Susan le susurró esa información a su hermano. Había un par de coches del Servicio de Seguridad aparcados a cierta distancia, en la misma calle, allí donde su madre había abandonado Donner Boulevard durante su caminata matinal. Dos agentes uniformados controlaban el acceso, pero no estaban muy ocupados. No había una multitud de gente inquieta o curiosa. De inmediato dejaron pasar al agente que escoltaba a los dos hermanos. Este había permanecido meditabundo y callado durante todo el trayecto desde el aeropuerto, sin mostrar el menor interés por entablar conversación. Su coche avanzó dando tumbos por la accidentada superficie del camino a lo largo de unos cien metros y luego se detuvo derrapando.
Media docena de vehículos estaban aparcados allí cerca, desperdigados por el viejo camino de construcción. Jeffrey vio las mismas furgonetas de la policía científica que en el lugar donde se había encontrado el cadáver de la última víctima. Reconoció muchos de los rostros que iban y venían por allí, como si no estuvieran seguros de qué debían hacer; una actitud insólita en un escenario del crimen.
– Yo me quedo aquí -dijo el agente-. Ellos le querrán a usted ahí arriba. -Señaló hacia la actividad que se desarrollaba ante ellos.
– ¿Dónde está mi madre? -preguntó Susan, en un tono que rayaba en la exigencia.
– Allí arriba. Se supone que tiene una declaración que hacer, pero me han dicho que sólo pensaba hablar cuando llegaran ustedes. Mierda -masculló el agente-, Bob Martin era amigo mío. Hijo de puta.
Jeffrey y Susan bajaron del coche. Jeffrey se detuvo, se arrodilló y palpó la superficie de tierra suelta, dejando que un puñado se le escurriera entre los dedos, como algún campesino de la época de la Depresión en la zona azotada por tormentas de arena, observando la causa de su ruina en su mano.
– Es un mal lugar -comentó-. Seco, ventoso. Será difícil encontrar pruebas, o pistas.
– ¿Algún otro lugar habría sido mejor?
– Un lugar húmedo. Hay sitios donde la tierra sencillamente retiene los detalles de todo lo que sucede sobre ella. Cuenta la historia entera. Se puede aprender a leer esas zonas, como palabras en una página. Este no es uno de esos sitios. En los lugares como éste, mucho de lo que se escribe se borra casi al instante. Maldita sea. Vayamos a buscar a mamá.
Vislumbró a Diana, que estaba apoyada contra el costado de un furgón del estado, bebiendo café caliente de un termo. En el mismo momento, Diana Clayton se dio la vuelta, advirtió que los dos se acercaban y agitó la mano para saludarlos con un entusiasmo que parecía conjugar la alegría de ver a sus hijos con la sobriedad de la situación. A Jeffrey le sorprendió su aspecto. Le dio la impresión de que la palidez se extendía por todo su cuerpo. En la pantalla de videoteléfono, no se apreciaban los efectos devastadores de la enfermedad. Ahora, la veía delgada, frágil, como si sus músculos y tendones fueran lo único que evitaba que se cayera a trozos. Intentó disimular su sorpresa, pero Diana la detectó de inmediato.
– Oh, Jeffrey -le reprochó en tono burlón-, no tengo tan mala cara, ¿no?
Él sonrió, sacudiendo la cabeza y acercándose con los brazos abiertos.
– No, no, para nada. Estás estupenda.
Se abrazaron, y Diana susurró la verdad al oído de su hijo:
– Es como si llevase la muerte en mi interior.
Sin soltarse de sus brazos, se inclinó hacia atrás y lo miró con detenimiento. Luego levantó una mano de su codo y le acarició la mejilla.
– Mi niño guapo -dijo con suavidad-. Siempre has sido mi niño guapo. Seguramente sea conveniente recordarlo en los días que nos esperan. -Diana se volvió, saludó a Susan, que se había quedado atrás, y le hizo señas de que se uniera al abrazo-. Y mi niña perfecta -dijo. Una lágrima asomaba a la comisura de su ojo derecho.
– Oh, mamá -protestó Susan, con una voz similar a la de una adolescente, como si las muestras de afecto la avergonzaran pero en el fondo le gustaran.
Diana retrocedió un paso, forzándose a sonreír y a reprimir su emoción.
– Detesto lo que nos ha reunido -aseguró-, pero me encanta que los tres volvamos a estar juntos.
Los tres permanecieron callados un momento, y luego Jeffrey levantó la vista.
– Tengo trabajo -dijo-. ¿Cómo?
Diana le puso en la mano la carta con las indicaciones que había recibido. Susan leyó por encima de su hombro.
– Seguí las instrucciones. Todo me parecía de lo más inocente, hasta que subí hasta aquí y encontré al pobre agente Martin allí, en su coche. Se había pegado un tiro. O esa impresión me dio. No me acerqué demasiado…
– ¿No viste a nadie más?
– Si te refieres a… a él, no. -Diana titubeó y luego añadió-: Pero sentí que estaba aquí. Intuía su presencia. Tal vez percibí su olor. Me pareció que me observaba durante todo el rato que estuve aquí arriba, pero por supuesto no había nadie. Sea como fuere, no podía hacer nada, así que llamé a las autoridades y luego me quedé esperando a que vosotros regresarais. Debo decir que todo el mundo ha sido muy amable, sobre todo el señor que está al cargo…