Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Regresó al dormitorio pero dejó la puerta corredera del balcón abierta, invitando al aire fresco a reunirse con ella en el interior. No es algo que hubiese hecho en su propia casa. Se vistió deprisa y bajó a la cocina.
Susan le había dejado bastante café en la cafetera para servirse una taza, cosa que hizo, y después añadió leche y azúcar para contrarrestar el sabor amargo de la bebida. No tenía hambre, y aunque sabía que debía comer algo, decidió dejarlo para después.
Diana se llevó su taza de café a la sala de estar y reparó en un sobre metido a medias en la ranura para el correo en la puerta de la calle. Esto le extrañó, y se acercó para coger la carta.
El sobre era de papel blanco, y en él no constaba dirección alguna.
Diana titubeó. Por primera vez esa mañana, recordó por qué estaba allí, en el estado cincuenta y uno. Y, también por primera vez aquel día, recordó que estaría sola, probablemente hasta la tarde.
A continuación, como consideraba que la cautela era compañera de la debilidad, rasgó el sobre para abrirlo.
Dentro había una sola hoja, también de papel blanco. La desplegó y leyó:
Buenos días, señora Clayton:
Siento no haber podido llevarla yo mismo a visitar otra vez Nueva Washington hoy, pero la tarea que compartimos requiere mi presencia en otro lugar.
Huelga decir que es usted dueña de su tiempo, pero yo le recomendaría encarecidamente que disfrutara de nuestro aire del Oeste con una caminata corta y rápida. La mejor ruta es la siguiente:
Salga de su casa, tuerza a la izquierda y avance, manteniendo siempre la piscina y las canchas de tenis a su derecha, hasta el final de la calle. Doble a la derecha por Donner Boulevard. ¿No es curioso el número de calles y plazas que llevan en el Oeste el nombre de esa desafortunada expedición?* Camine en la misma dirección a lo largo de un kilómetro. Comprobará que la calle asfaltada por la que circula termina aproximadamente medio kilómetro más adelante. Sin embargo, a cincuenta metros del final verá un camino de tierra que se aleja hacia la derecha. Tome ese camino.
Continúe andando por el camino de tierra aproximadamente un kilómetro más. Es cuesta arriba, pero verá usted recompensada su constancia. La vista desde la cima -que está sólo doscientos metros más adelante- es única. Y, una vez allí, descubrirá algo que a su hijo Jeffrey le resultará de especial interés.
Atentamente,
Robert Martin,
agente especial del Servicio de Seguridad
* Se refiere a un grupo de pioneros que, al dirigirse hacia el Oeste en la década de 1840, quedaron atrapados a causa de la nieve y se vieron obligados a recurrir al canibalismo. (N. del T.)
La carta estaba escrita a máquina, al igual que la firma.
Diana se quedó mirando las indicaciones y decidió que una caminata por la mañana sería agradable y que le vendría bien el ejercicio; además, la carta que sujetaba entre las manos, más que una sugerencia o recomendación, se le antojaba una orden.
Sin embargo, no estaba segura de lo que esa orden implicaba. También la desconcertaba la última frase. Intentó imaginar qué avistaría desde la colina que se alzaba sobre las casas adosadas que pudiera ser de interés para Jeffrey. No se le ocurrió nada que aclarase esta duda.
Releyó la carta de principio a fin y luego miró el teléfono, pensando en ponerse en contacto con el agente Martin para preguntarle a qué se refería exactamente. De nuevo recordó por qué estaba allí, en el estado cincuenta y uno, y recordó también qué otra persona se encontraba allí.
Diana regresó a la cocina y dejó la jarra de la cafetera en el fregadero. Sin un momento de vacilación, se acercó al armario donde Susan había ocultado el revólver. Lo sacó de su escondite, lo sopesó en la mano, abrió el tambor para asegurarse de que la pistola estuviese totalmente cargada y acto seguido fue en busca de sus zapatillas.
Hacía casi dos años que ella no tenía la oportunidad de tocar a su hermano. Su voz, acompañada por la imagen en un videoteléfono, había ayudado a restarle importancia a todo ese tiempo hasta el instante en que el pequeño avión de enlace se inclinó de forma pronunciada, bajó los flaps y el tren de aterrizaje, y cayó en la cuenta de que él estaría allí, esperándola.
Susan descendía hacia un mundo de recelos.
Deseaba poder recordar qué era exactamente lo que había causado su distanciamiento, pero no le venía a la mente un momento o suceso concretos. No había sido una discusión ni una disputa con gritos, lágrimas o lo que fuera lo que había enfriado las cosas entre ambos. Más bien, reconoció ella, había sido un proceso insidioso, algo que se había erigido despacio, como una pared, con la argamasa de la duda y los ladrillos de la soledad. Cuando ella intentaba analizar sus sentimientos, no encontraba nada firme, salvo la peligrosa creencia de que él la había dejado para que se valiese por sí misma y cuidase sola de su madre.
Mientras el pequeño avión tomaba contacto con la pista, Susan se dijo que lo que sucedería en los siguientes días no tendría nada que ver con la relación entre ella y su hermano, de modo que relegó sus sentimientos a un rincón aparte en su interior, pensando que allí estarían a buen recaudo y no interferirían en nada hasta después. Para una mujer capaz de apreciar las sutilezas de los rompecabezas más complicados, esta conclusión era curiosamente corta de miras.
Jeffrey la esperaba al pie de la escalera. Lo acompañaba un Ranger de Tejas larguirucho que más bien semejaba una caricatura de su profesión. Llevaba gafas de espejo, un sombrero de vaquero de ala ancha y unas botas puntiagudas y labradas con adornos elaborados. Además, el Ranger llevaba un arma automática al hombro, y un cigarrillo sin encender le sobresalía de la comisura de los labios.
Hermano y hermana se abrazaron tímidamente. Luego, guardando las distancias, se miraron el uno al otro por un momento.
– Has cambiado -comentó Susan-. ¿Te han salido canas o es cosa mía?
– No tengo ni una -replicó Jeffrey. Desplegó una sonrisa-. ¿Has adelgazado?
Esta vez le tocó a Susan sonreír.
– Ni un kilo, maldita sea.
– Entonces, ¿has engordado? -preguntó él.
– Ni un kilo, gracias a Dios -contestó Susan.
Jeffrey le soltó los brazos.
– Tenemos que irnos -dijo-. No nos queda mucho tiempo si queremos volver esta tarde.
El Ranger hizo un gesto hacia la salida.
– Las autoridades de este estado me deben algunos favores -explicó Jeffrey en respuesta a una pregunta no formulada-. De ahí que me proporcionen seguridad y un conductor rápido.
Susan se fijó en el arma del hombre.
– Es un Ingram, ¿no? En el cargador caben veintidós cartuchos calibre 45 de alto impacto. Lo vacía en menos de dos segundos, ¿verdad?
– Sí, señora -respondió el Ranger, sorprendido.
– Personalmente prefiero la Uzi -dijo ella.
– Sólo que a veces se encasquillan, señora -señaló él.
– La mía no -repuso ella-. ¿Cómo es que no lleva el cigarrillo encendido?
– Señora, ¿es que no sabe que fumar es peligroso?
Susan se rio y le propinó a Jeffrey un puñetazo en el hombro.
– El Ranger tiene sentido del humor -dijo-. Venga, vámonos.
Subieron al vehículo del Ranger y al cabo de unos minutos avanzaban por el terreno polvoriento y llano del sur de Tejas excediéndose del límite de velocidad en más de 150 kilómetros por hora.
Por unos instantes, Susan se quedó mirando por la ventanilla, contemplando el mundo que se estiraba hacia atrás, alejándose de ellos, y se volvió hacia su hermano.
– ¿Quién es el hombre a quien vamos a ver?