La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Perfecto —replicó Berdine con una cruel sonrisa—. Tendrás lo que deseas.
— No es mi deseo, sino el tuyo. Yo no deseo que me mates.
La mord-sith vaciló. Un tic agitó su frente.
— Defiéndete.
— No, Berdine. Si es esto lo que quieres, debes elegir por ti misma.
— ¡Lucha conmigo! —gritó la mujer, y lo golpeó en la cara con el agiel.
Fue como si los huesos de la mandíbula se le quebraran y le arrancaran todos los dientes. El dolor irradió hasta los oídos y era tan intenso que casi lo cegó. Jadeando y cubierto de sudor frío, se enderezó.
— Berdine, dos magias pugnan en tu interior. Una te une a mí y la otra es la que te infundieron cuando te arrancaron el pezón. No puedes seguir llevando ambas. Una de las dos debe desaparecer. Yo soy tu lord Rahl; estás vinculada a mí. Para matarme deberás romper el vínculo. Pongo mi vida en tus manos.
Berdine se precipitó sobre él. Richard notó cómo la parte posterior de la cabeza se estrellaba contra el suelo. Encima de él, la mord-sith gritaba con furia.
— ¡Lucha conmigo, cabrón! —Con una mano descargaba puñetazos contra su pecho, y con la otra sostenía el cuchillo. Las lágrimas le corrían por las mejillas—. ¡Lucha conmigo! ¡Lucha conmigo! ¡Lucha!
— No. Si quieres matarme, tendrás que hacerlo tú sola.
— ¡Lucha! —repitió la mord-sith, y le golpeó la cara—. ¡No puedo matarte si no luchas contra mí! ¡Defiéndete!
Richard la rodeó con sus brazos y la estrechó contra el pecho. Apoyándose con los talones en la alfombra se deslizó hacia atrás y se sentó contra el lecho, sin dejar de abrazarla.
— Berdine, si a ti el vínculo te impide matarme, a mí me obliga a protegerte. No permitiré que mueras así. Te quiero viva. Quiero que sigas siendo mi guardaespaldas.
— ¡No! —protestó la mord-sith—. ¡Tengo que matarte! ¡Lucha conmigo para que pueda matarte! ¡No puedo hacerlo si no te resistes! ¡Lucha!
Deshecha en llanto por la ira y la frustración, la mujer apretó el cuchillo contra la garganta de lord Rahl. Richard no trató de detenerla. En vez de eso, le acariciaba la ondulada melena castaña.
— Berdine, yo he jurado luchar para defender a quienes quieren vivir en libertad. Tú eres una de ellos. No haré nada que pueda dañarte. Sé que, en el fondo, no deseas matarme pues has jurado defenderme con tu vida.
— ¡Te mataré! ¡Sí lo haré! ¡Te mataré!
— Yo tengo fe en ti, Berdine. Creo en tu juramento. Pongo mi vida en tu palabra y en tu vínculo.
Berdine, con los ojos fijos en los suyos, jadeaba y sollozaba a lágrima viva. Tal era la intensidad del llanto que su cuerpo se agitaba sin control. Richard no hizo ningún movimiento para librarse del filo contra su cuello.
— En ese caso, mátame —suplicó Berdine—. Por favor… ya no puedo soportarlo más. Por favor… mátame.
— Yo nunca te haría daño, Berdine. Te he dado la libertad. No tienes que rendir cuentas a nadie más que a ti misma.
La mord-sith lanzó un prolongado gemido de congoja, tras lo cual arrojó el cuchillo al suelo y se desplomó sobre Richard, echándole los brazos al cuello.
— Oh, lord Rahl —sollozó—, perdonadme. Perdonadme. Oh, queridos espíritus, ¿qué he hecho?
— Has demostrado la fuerza del vínculo —le susurró Richard, abrazándola.
Berdine no podía dejar de llorar.
— Me hicieron mucho daño. Mucho. Nunca había sentido un dolor igual. Aún me duele resistirme.
Richard la estrechó contra sí con más fuerza.
— Lo sé, pero debes resistir.
Berdine puso una mano sobre el pecho del joven y se apartó de él.
— No puedo. —Richard pensó que jamás había presenciado tal grado de sufrimiento—. Os lo ruego, lord Rahl… matadme. No puedo soportar este dolor. Os lo suplico, acabad con mi vida.
El sufrimiento de la mord-sith generó en él un tormento comparable. Tratando de consolarla, volvió a estrecharla contra su pecho mientras le acariciaba la cabeza. Pero era inútil; sólo logró arreciar el llanto de Berdine.
Entonces la apoyó contra el lecho. Berdine no dejaba de llorar y agitarse. Sin pensar en lo que hacía, ni comprender la razón de sus actos, posó una mano sobre el seno izquierdo de la mujer.
Richard buscó su centro de calma, ese lugar en el que no existían pensamientos, su fuente de paz interior, y se abandonó a su instinto. Un abrasador dolor se adueñó hasta de la última fibra de su ser. Era el dolor de Berdine. Richard sintió lo que habían hecho a la mord-sith y el sufrimiento que esa magia le seguía causando. Lo soportó al igual que había soportado el dolor del agiel.
Por empatía sintió el tormento de la existencia de la mujer, la tortura que significaba convertirse en una mord-sith y la angustia de perder su yo original. Con ojos cerrados aceptó todo ese sufrimiento. Aunque no visualizaba los acontecimientos del proceso, percibía la serie de cicatrices que habían dejado en el alma de Berdine. Tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para soportarlo. Era como una sólida roca en medio del impetuoso torrente de sufrimiento que fluía por su propia alma.
Lo soportaba por ella. Richard derramó sobre el alma de Berdine el amor que sentía por aquel ser inocente, por aquella compañera de sufrimiento. Pese a que su comprensión de sus propios sentimientos era imperfecta, se guiaba por el instinto. Era como una esponja que absorbía el sufrimiento de Berdine para que ésta no tuviera que soportarlo, para ayudarla. Al mismo tiempo sentía un calor interior que manaba al exterior a través de la mano posada sobre la carne femenina. Era como si a través de esa mano estuviera conectado con su chispa vital, con su alma.
Paulatinamente Berdine se fue calmando, su respiración se normalizó, los músculos se relajaron y se recostó contra el lecho.
Richard sintió que ese dolor que lo invadía empezaba a desaparecer. Sólo entonces se dio cuenta de que contenía la respiración para soportar mejor el suplicio, y espiró.
También el calor que fluía de su mano empezó a disiparse hasta evaporarse. Richard retiró la mano y apartó algunas ondas de cabello del rostro de Berdine. La mord-sith abrió sus azules ojos, que buscaron los suyos.
Ambos bajaron la vista. Volvía a estar intacta.
— Vuelvo a ser yo misma —murmuró Berdine—. Me siento como si acabara de despertar de una pesadilla.
Richard cubrió con el uniforme de cuero rojo sus senos desnudos.
— Yo también.
— Nunca ha habido un lord Rahl como vos —dijo con asombro—. Benditos sean los espíritus, nunca ha habido otro como vos.
— Eso es una gran verdad —declaró una voz a sus espaldas.
Al volverse Richard contempló los rostros anegados en lágrimas de las otras dos mord-sith, arrodilladas.
— ¿Estás bien, Berdine? —preguntó Cara.
La interpelada, aún un tanto aturdida, asintió.
— Sí. Vuelvo a ser yo misma.
Pero el mayor sorprendido era el mismo Richard.
— Podríais haberla matado —dijo Cara—. De haber tratado de usar la espada, Berdine hubiera capturado vuestra magia, pero de todos modos os quedaba el cuchillo. Os hubiera sido fácil matarla. No teníais por qué sufrir el agiel. Podríais haberla matado.
— Lo sé. Pero el dolor de matarla hubiera sido mucho peor.
Berdine arrojó su agiel al suelo ante él.
— Os entrego mi agiel, lord Rahl.
Las otras dos se quitaron las cadenas de oro que les pendían de la mano y dejaron caer sus agiels al suelo junto al de Berdine.
— Yo también entrego mi agiel a lord Rahl —declaró Cara.
— Yo también, lord Rahl.
Richard se quedó mirando fijamente las varas rojas en el suelo, ante él. Entonces pensó en su espada, en lo mucho que odiaba los actos que cometía con ella, en cómo abominaba de las muertes que había causado y saber que aún causaría más. No obstante, aún no estaba preparado para cederla.