La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— ¡Ann, no sé cómo hacerlo! ¿Y si fracaso?
— No debes fracasar.
Verna se secó el sudor de las manos en el vestido.
— Y si hallo la manera de identificarlas, ¿qué debo hacer con esa información? No puedo enfrentarme al poder de las Hermanas de las Tinieblas.
— Una vez las hayas descubierto, Verna, ya te diré qué debes hacer. Debes saber que es peligroso injerirse en el curso de las profecías y que éstas son vulnerables. Del mismo modo que Nathan y yo nos servimos de ellas para contribuir a que los acontecimientos tomen la bifurcación correcta, también nuestros enemigos pueden utilizarlas.
Verna lanzó un suspiro de frustración.
— ¿Cómo puedo tratar de desenmascarar a nuestros enemigos si el puesto de Prelada me exige tanto trabajo? Me paso el día leyendo informes y, sin embargo, siempre voy retrasada. Todos dependen de mí y se desviven por mí. ¿Cómo encontrabas tú tiempo para hacer algo con todos esos informes por leer?
— ¿De veras lees los informes? Válgame el Creador, Verna, qué perseverancia la tuya. Desde luego, como Prelada eres mucho más concienzuda que yo.
Verna se quedó con la boca abierta.
— ¿Quieres decir que no es preciso que lea los informes?
— Bueno, Verna, desde luego has hecho bien en leerlos. Debido a ello te enteraste de la desaparición de varios caballos de las cuadras. Nos habría sido fácil comprar caballos tras abandonar el palacio, pero cogimos ésos para dejarte una pista. Y también podríamos haber pagado por los cuerpos en lugar de complicarnos tanto la vida como hicimos, pero en ese caso no habrías hablado con el sepulturero. Nos ocupamos de dejarte pistas que pudieras seguir para descubrir la verdad. Nos costó bastante preparar algunas de las pistas, por ejemplo la del descubrimiento de nuestros «cuerpos», pero fuiste muy lista al adivinarlo.
Verna se sonrojó. No se le había ocurrido preguntarse por qué los cuerpos habían sido descubiertos ya envueltos en sus mortajas. Esa pista se le había pasado completamente por alto.
— Pero debo confesar -prosiguió Ann—, que yo apenas leía ningún informe. Para eso estaban mis ayudantes. Yo les decía sencillamente que revisaran los informes usando su buen juicio y su sentido común, teniendo siempre en mente los intereses de palacio. De vez en cuando cogía al azar algunos informes ya revisados por ellas y leía qué habían dispuesto. De ese modo, por temor a que leyera las instrucciones que impartían en mi nombre y las encontrara poco satisfactorias, siempre se esmeraban en el trabajo.
Verna no salía de su asombro.
— ¿Me estás diciendo que simplemente debo decir a mis ayudantes o a mis consejeras cómo quiero que lleven los asuntos, y dejarlas a ellas que se ocupen de los informes? ¿No tengo que leerlos todos personalmente y después firmar con mis iniciales?
— Verna, ahora eres la Prelada y puedes hacer lo que se te antoje. Tú gobiernas el palacio; no a la inversa.
»-Pero tanto las hermanas Leoma y Philippa, mis consejeras, como Dulcinia, una de mis administradoras, son quienes me dicen cómo debo hacer las cosas. Ellas tienen mucha más experiencia que yo. Según ellas, si no reviso personalmente los informes estaré fallando a palacio.
— ¿Eso dicen? -escribió Ann casi al instante—. Vaya, vaya. Yo que tú, Verna, escucharía menos y hablaría más. Tienes una magnífica expresión ceñuda. Úsala.
Verna sonrió de oreja a oreja. Ya se imaginaba la escena. Por la mañana introduciría algunos cambios.
— ¿Cuál es tu misión, Ann? ¿Qué tratas de lograr?
— Tengo un pequeño asunto que resolver en Aydindril, y luego espero regresar.
Era evidente que Ann no iba a revelarle nada más, por lo que Verna pensó en qué más quería saber y qué debía decir a la Prelada. Sí, había una cosa importante.
— Warren ha tenido una profecía. La primera.
Sobrevino una larga pausa. Verna esperaba. Cuando finalmente llegó el mensaje, los trazos eran mucho más cuidadosos.
— ¿La recuerdas palabra por palabra?
Era imposible que pudiera olvidar ni una sola palabra de esa profecía.
— Sí.
Antes de tener tiempo a escribir la profecía empezó a aparecer otro mensaje en el libro. Eran garabatos enormes y escritos por alguien muy enfadado; las letras eran grandes mayúsculas.
— ¡SACA AL CHICO DE PALACIO! ¡SÁCALO DE AHÍ!
En la página surgió una línea serpenteante. Verna se enderezó en la silla. Era obvio que Nathan había arrebatado a Ann el punzón y que Ann trataba de recuperarlo. Hubo otra larga pausa hasta que, por fin, volvió a aparecer la letra de Ann.
— Perdona. Verna, si estás segura de que recuerdas la profecía palabra por palabra, escríbela para que la podamos leer. Pero si no estás del todo segura, dímelo. Es importante.
— La recuerdo palabra por palabra, pues se refiere a mí. Dice así: «Cuando la Prelada y el Profeta sean entregados a la Luz en el sagrado rito, las llamas llevarán a ebullición un caldero de engaño y promoverán el ascenso de una falsa Prelada, que reinará sobre los muertos del Palacio de los Profetas. En el norte, aquel vinculado a la hoja, la abandonará por la sliph plateada, a la que insuflará de nuevo vida, y ella lo entregará a los brazos de los perversos.»
Sobrevino otra pausa.
— Por favor, espera mientras Nathan y yo la estudiamos.
Verna esperó. En el exterior los insectos chirriaban y las ranas asomaban la cabeza. Verna se puso de pie, vigilando por el rabillo del ojo el libro, estiró la espalda y bostezó. El mensaje se hacía esperar. Volvió a sentarse, apoyó el mentón en una mano y los ojos se le cerraron.
Por fin empezó a aparecer algo.
— Nathan y yo la hemos estudiado, pero Nathan dice que es una profecía inmadura y que, por tanto, no puede descifrarla.
— Ann, yo soy la falsa Prelada. Me inquieta eso que dice sobre que reinaré sobre los muertos del palacio.
La respuesta le llegó casi al instante.
— Tú no eres la falsa Prelada a la que se refiere la profecía.
— Entonces, ¿qué significa?
Esa vez la pausa fue más breve.
— No somos capaces de comprenderla por completo, pero estamos seguros de que tú no eres la falsa Prelada que se nombra en ella.
Verna, escucha con atención: Warren debe marcharse de palacio. Es demasiado peligroso que siga allí. Debe ocultarse. Si huye por la noche alguien podría verlo. Mañana por la mañana envíalo a la ciudad con la excusa de un recado. En medio de la gente le será más fácil despistar a sus perseguidores. Entrégale oro para que pueda ocultarse sin problemas.
Verna se llevó una mano al corazón notando que le faltaba el aliento.
— Pero Prelada -escribió—, Warren es el único en quien puedo confiar. Lo necesito. Yo no conozco las profecías como él; estaré perdida si él se marcha. -Verna se calló que Warren era su único amigo, el único amigo en el que confiaba.
— Verna, las profecías están en peligro. Si se apoderan de un profeta… -El mensaje, rápidamente garabateado, se interrumpió de repente. Un instante después continuó, escrito ya más pausadamente—. Debe irse. ¿Lo entiendes?