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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Yo no le dije que viniera. Ella vino para matarme.

Egan apartó la mirada. Era evidente que comprendía las implicaciones. Cualquier lord Rahl del pasado lo habría ejecutado al instante por ese fallo.

— A mí también me engañó, Egan. No es culpa tuya. Pero nunca más dejes entrar en mi cuarto a otra mujer que no sea mi prometida, ¿entendido? Si una mujer, sea quien sea, se acerca a mi habitación, te doy permiso para que la arrestes.

— A vuestras órdenes, lord Rahl —dijo el soldado y ejecutó el tradicional saludo.

— Por favor, envuelve el cuerpo en la alfombra y sácala de aquí. De momento déjala en su cuarto. Vuelve a tu posición en el pasillo y cuando las tres mord-sith regresen, déjalas pasar.

Egan se dispuso a obedecer sin cuestionar las órdenes. Dada su fuerza y su tamaño, apenas le costó esfuerzo retirar el cadáver.

Tras inspeccionar el cerrojo de la puerta roto, Richard cogió una silla arrimada a la mesa, le dio la vuelta y la colocó junto al fuego, de cara a la puerta. Ojalá se equivocara. ¿Qué iba a hacer si estaba en lo cierto? En silencio, escuchando el chisporroteo del fuego, esperó a las tres mujeres.

— Adelante —dijo en respuesta al golpe en la puerta.

Entró Cara seguida por Raina, ambas vestidas de cuero marrón. Berdine fue la última. Las dos primeras se aproximaron a él echando una despreocupada mirada a la estancia, pero los ojos de Berdine recorrieron el cuarto con mucha mayor atención. Las tres se detuvieron ante él.

— ¿Nos habéis llamado, lord Rahl? —preguntó Cara con voz inexpresiva—. ¿Deseáis algo?

Richard se cruzó de brazos.

— Mostradme los senos, las tres.

Cara abrió la boca para decir algo pero volvió a cerrarla y, apretando la mandíbula, empezó a desabrocharse los botones situados a los costados, a la altura de las costillas. Con un vistazo a Cara, Raina comprobó que su compañera obedecía. También ella, al principio con renuencia, empezó a desabrocharse los botones. Berdine contemplaba a sus compañeras. Lentamente también ella empezó a soltar los botones a los costados de su uniforme de cuero rojo.

Una vez desabotonada la prenda, Cara la asió por el lateral de la parte superior aunque no la abrió. Mostraba una expresión de ardiente resentimiento. Richard cambió de lugar la espada desnuda que tenía sobre el regazo y cruzó las piernas.

— Estoy esperando —dijo.

Con un último suspiro de resignación Cara se abrió la parte delantera del uniforme. A la titilante luz del fuego, que él mismo había avivado mientras esperaba, Richard examinó los pezones fijándose especialmente en la trémula sombra que proyectaba la protuberancia central. Ambos pezones de Cara presentaban relieve. Si hubieran sido pintados habrían sido planos.

Seguidamente su mirada se posó en Raina, impartiéndole una orden sin palabras. Richard aguardó en silencio. Era evidente que la mord-sith hacía esfuerzos para mantenerse callada y al mismo tiempo luchaba por decidir qué hacer. Apretaba los labios con fuerza, indignada, pero finalmente alzó una mano y se abrió bruscamente el uniforme. Richard examinó sus senos. Ambos pezones eran reales.

La siguiente era Berdine; la mord-sith que lo había amenazado, la que había alzado el agiel contra él.

Lo que su rostro, rojo como el uniforme de cuero, expresaba no era humillación sino rabia.

— ¡Prometisteis que no tendríamos que hacer esto! ¡Lo prometisteis! Dijisteis que no…

— Descúbrete.

Cara y Raina rebullían, inquietas. Creían que Richard estaba eligiendo a una de ellas para pasar la noche y eso no les gustaba ni pizca. Por otra parte, ninguna de ellas deseaba oponerse a los deseos de su lord Rahl. Berdine seguía inmóvil.

Richard endureció la mirada.

— Te he dado una orden. Has jurado obedecerme. Vamos, descúbrete.

A la mord-sith se le escaparon lágrimas de furia. Levantó una mano y desnudó bruscamente el torso. Sólo tenía un pezón. El seno izquierdo se veía perfectamente liso. Respiraba agitadamente.

Sus compañeras contemplaron con asombro el seno izquierdo de Berdine. Por sus expresiones, Richard coligió que le habían visto antes los pechos y cuando bruscamente empuñaron los respectivos agiels, supo que no habían esperado ver eso.

Richard se puso en pie y se dirigió a Cara y Raina.

— Os pido que me perdonéis por lo que os he obligado a hacer. —Con un gesto les indicó que se cubrieran. Berdine temblaba de rabia mientras sus compañeras empezaron a abotonarse los uniformes de cuero a los costados.

— ¿Qué pasa aquí? —preguntó Cara, mirando amenazadoramente a Berdine mientras se abrochaba los prietos botones.

— Te lo explicaré más tarde. Vosotras dos podéis iros.

— No nos vamos a ninguna parte —declaró Raina con voz tan grave como sus ojos, fijos asimismo en Berdine.

— Pues yo creo que sí. —Richard señaló la puerta—. Pero tú te quedas —ordenó a Berdine, apuntándola con un dedo.

Cara se aproximó a él con intención de protegerlo.

— No nos vam…

— ¡No estoy de humor para discutir! ¡Fuera!

Cara y Raina se estremecieron, sorprendidas. Lanzando un último suspiro de furia Cara hizo una seña a Raina y ambas salieron cerrando la puerta tras ellas.

Instantáneamente Berdine empuñó su agiel.

— ¿Qué has hecho con ella?

— ¿Quién te ha hecho esto, Berdine? —inquirió Richard en tono amable.

— ¡He preguntado qué le has hecho!

Ahora que nada enturbiaba ya su mente Richard sintió claramente el hechizo que rodeaba a la mord-sith cuando ésta se aproximó. Notaba el inconfundible cosquilleo de la magia y una sensación desagradable en su interior. No era una magia bondadosa.

En los ojos de la mujer vio más que magia; vio la ira desatada de una mord-sith.

— Murió tratando de matarme.

— Sabía que debería haberme ocupado personalmente. —Berdine sacudió la cabeza, asqueada—. Arrodíllate —ordenó entre dientes.

— Berdine, no pienso…

La mord-sith lo atacó con su agiel, golpeándolo en un hombro. Lo tumbó de espaldas.

— ¡No te atrevas a llamarme por mi nombre!

La rapidez de Berdine lo tomó por sorpresa. Respiraba a bocanadas a causa del atroz dolor que sentía en el hombro. Vívidamente recordó todas y cada una de las torturas que había sufrido con un agiel.

La duda lo invadió. No estaba seguro de ser capaz de hacer lo que se proponía. Pero la única alternativa era matar a la mord-sith, y había jurado que no haría tal cosa. No obstante, el terrible dolor que le llegaba hasta los huesos hacía flaquear su resolución.

— Recoge la espada —ordenó Berdine, cada vez más cerca.

Richard hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y se levantó. Nuevamente Berdine posó el agiel sobre su hombro, obligándolo a arrodillarse. El joven hacía esfuerzos para mantener su objetivo. Denna le había enseñado a soportar la tortura. Tenía que aguantar. Cogió la espada y se puso en pie, tambaleante.

— Úsala contra mí.

Richard miró el frío azul de sus ojos, luchando contra la semilla de pánico que empezaba a germinar en su corazón.

— No —replicó, y arrojó la espada sobre el lecho—. Yo soy el lord Rahl. Estás vinculada a mí.

Berdine gritó de furia y le hundió el agiel en el vientre. Richard se encontró de pronto de espaldas. La habitación giraba a su alrededor. Pese a haberse quedado sin aliento, se puso en pie trabajosamente cuando Berdine se lo ordenó.

— ¡Usa tu cuchillo! ¡Lucha contra mí!

Con dedos temblorosos el joven se sacó el cuchillo de la funda que le colgaba del cinto y se lo ofreció por el mango.

— No. Mátame si de verdad es eso lo que quieres.

La mord-sith le arrebató el cuchillo de la mano.

— Me lo estás poniendo muy fácil. Pensaba hacerte sufrir un poco, pero lo único que importa es que mueras.

Aunque en su interior sentía un lacerante dolor que lo atormentaba, Richard recurrió a toda su fortaleza.

— Aquí está mi corazón Berdine —dijo, señalando el lugar exacto—. Aquí está el corazón de lord Rahl, a quién debes lealtad. Si quieres matarme, clávame aquí el cuchillo. —Con una mano se dio golpecitos en el pecho.

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