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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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De pie sobre él, Cathryn sonrió y le acarició el rostro con una mano; la otra permanecía a su espalda. Richard sentía el calor de la carne femenina. Cathryn se inclinó y sus labios se rozaron. El placer fue tan intenso que Richard creyó morir. La mano de la mujer se dirigió a su pecho.

— Túmbate, amor mío —susurró ella al tiempo que lo empujaba hacia abajo.

Richard se dejó caer en el lecho, mirándola a través de una agónica nube de deseo. Pensó en Kahlan, pero se sentía inerme. Richard recordó vagamente algunos de los consejos que le diera Nathan sobre cómo usar su don. Era algo que estaba dentro de él y que la furia hacía aflorar. Pero él no sentía furia. Según Nathan, un mago guerrero usaba su don por instinto. Cuando estaba a punto de morir a manos de Liliana, una Hermana de las Tinieblas, se había abandonado a ese instinto. Se había abandonado a su poder interior. Por necesidad había permitido que ese uso instintivo despertara su poder.

— Por fin, amor mío —susurró Cathryn, con una rodilla apoyada en el lecho.

Totalmente indefenso, Richard se abandonó a aquel centro de calma, al instinto oculto tras el velo que le nublaba la mente. Se dejó caer en el oscuro vacío. Renunció a controlar sus acciones. «Que sea lo que el Creador quiera», pensó. De todos modos, estaba perdido.

En su mente se hizo de pronto la luz, que disipó por completo la niebla.

Al alzar la vista vio a una mujer por la que no sentía nada. Con fría lucidez lo comprendió. No era la primera vez que Richard experimentaba los efectos de un hechizo; sabía qué se sentía. El velo había caído. Algo mágico rodeaba a la mujer. Una vez desaparecida la niebla, notaba los fríos dedos de la magia en su mente. Pero ¿por qué?

Entonces vio el cuchillo.

La hoja lanzó destellos a la luz de las llamas cuando Cathryn la alzó por encima de la cabeza. Rápidamente Richard se dejó caer al suelo al mismo tiempo que el cuchillo se hundía en el colchón. Sin darse por vencida, lo retiró y se abalanzó de nuevo hacia él.

Pero ya no tendría otra oportunidad. Richard alzó las piernas, listo para rechazarla, pero en aquella confusión de sensaciones y descubrimientos sintió la presencia de un mriswith casi al mismo tiempo que lo veía materializarse y volar por el aire encima de él.

Súbitamente el mundo se tiñó de rojo. Richard sintió que sangre caliente le salpicaba en la cara y vio que el camisón transparente de Cathryn se abría de un tajo; como fruto de una explosión, se derramaron los repliegues cercenados de tejido entre gris y azul. Las tres hojas casi partieron a la mujer por la mitad. El mriswith fue a estrellarse contra el suelo, más allá.

Richard rodó sobre sí mismo para zafarse de ella y se puso de pie de un salto, al mismo tiempo que Cathryn caía hacia atrás y sus vísceras se desparramaban por la alfombra. Sus terribles boqueadas se convirtieron en penosos jadeos.

Agachado, con pies y manos extendidos, el humano plantó cara al mriswith situado al otro lado de la mujer. La bestia sostenía sendos cuchillos de triple hoja en las manos. Entre ellos Cathryn se retorcía en la agonía de la muerte.

El mriswith retrocedió un paso hacia la ventana. Sus ojos brillantes y redondos como cuentas no se apartaban de Richard. Dio otro paso, cubriendo con su capa negra uno de sus escamosos brazos y recorrió rápidamente la habitación con la mirada.

Richard se lanzó a coger su espada. Pero se detuvo cuando el mriswith plantó un garrudo pie sobre la empuñadura, inmovilizando el arma contra el suelo.

— No. Iba a matarte —siseó la bestia.

— ¡Justo como tú!

— No. Yo te protejo, hermano de piel.

Richard, estupefacto, clavó la mirada en la oscura figura. El mriswith se echó la capa alrededor del cuerpo, se lanzó por la ventana y desapareció en la noche. Richard se abalanzó hacia él para detenerlo, pero aterrizó sobre el alféizar con medio cuerpo fuera, y sus manos solamente asieron aire. El mriswith se había ido. Richard ya no notaba su presencia en la mente.

El vacío mental dejado por la desaparición del mriswith se llenó con la imagen de una Cathryn retorciéndose en medio de sus propias tripas. Richard vomitó.

Cuando por fin el convulso acceso de náuseas cesó y la cabeza dejó de darle vueltas regresó tambaleante hacia donde yacía la mujer y se arrodilló junto a ella. Gracias a los espíritus había muerto y ya no sufría. Aunque hubiese intentado asesinarlo, había sido insoportable contemplar su agonía.

Al contemplar aquel rostro a Richard le pareció imposible haber albergado hacía ella esos sentimientos que vagamente recordaba. No era más que una mujer como las demás; era la magia la que la había dotado de atractivo. Tenía algún tipo de sortilegio que había nublado su razón. Por suerte, en el último momento había recuperado el juicio; su don había roto el hechizo.

La parte superior del camisón desgarrado se le enrollaba alrededor del cuello. Una fría sensación que le ponía la carne de gallina le hizo fijarse en sus senos. Richard entrecerró los ojos y se aproximó más a ella, observando fijamente. Con una mano le rozó el pezón derecho y luego el izquierdo. La sensación era distinta.

Richard acercó una lámpara al fuego y la prendió con una larga astilla. Entonces volvió junto al cadáver e iluminó el seno izquierdo. El joven se humedeció el pulgar con saliva y frotó el liso pezón; éste desapareció. Con el camisón le limpió la pintura del seno hasta dejar un montículo de carne liso y sin ninguna cicatriz. A Cathryn le faltaba el pezón izquierdo.

Del centro de calma de su interior surgió la comprensión. Eso debía de tener relación con el hechizo que había ejercido sobre él. No sabía de qué modo, pero tenía la certeza de que así era.

De pronto se sentó sobre los talones. Por un momento se quedó inmóvil, pensativo, para luego erguirse de un salto y correr hacia la puerta. Allí se detuvo. ¿Por qué pensaba eso? Tenía que estar equivocado.

Pero ¿y si no lo estaba?

Abrió la puerta sólo lo suficiente para colarse por la abertura y la cerró tras él. Egan echó un vistazo en su dirección, los brazos aún cruzados, y enseguida adoptó de nuevo la misma posición. Richard miró hacia el fondo del pasillo y vio a Berdine, vestida de cuero rojo, apoyada contra la pared. Lo observaba.

Con un dedo le indicó que se acercase. La mord-sith se irguió y obedeció, lentamente. Al llegar a su lado echó una rápida mirada a la puerta, puso ceño y alzó la vista.

— La duquesa desea estar con vos. Regresad junto a ella.

— Ve a despertar a Cara y a Raina. Quiero veros a las tres. Vamos —ordenó. Su voz reflejaba el mismo ardor que su mirada.

— ¿Hay algo que…?

— ¡Obedece!

La mord-sith miró de nuevo hacia la puerta y luego se marchó sin añadir ni media palabra más. Cuando hubo desaparecido al final del corredor, Richard se dirigió a Egan, que lo observaba:

— ¿Por qué la dejaste entrar en mi cuarto?

Egan arrugó la frente, desconcertado, y alzó una mano hacia la puerta.

— Bueno… por cómo iba… vestida. Dijo que deseabais verla esta noche y que vos le habíais dicho que se pusiera esa prenda y luego fuese a vuestro dormitorio. —Egan carraspeó antes de añadir—: Era obvio para qué queríais verla. Pensé que os enfadaríais si no la dejaba pasar.

Richard accionó el pomo y abrió la puerta de par en par. Con un gesto invitó a Egan a entrar. Tras un instante de vacilación el soldado entró.

Al ver el cadáver, se puso tenso.

— Lord Rahl, lo siento. No vi ningún mriswith. De haberlo visto lo habría detenido o al menos os habría avisado, lo juro. Queridos espíritus —añadió con un gruñido— qué modo tan horrible de morir. Lord Rahl, os he fallado.

— Mírale la mano, Egan.

La mirada del soldado le recorrió todo el brazo hasta posarse en el cuchillo que aún asía en una mano.

— Pero ¿qué…?

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