La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Por toda respuesta Nathan resopló con altivez y por fin se dignó a ayudarla a recoger el resto de sus cosas.
— Bueno, ¿qué dice?
— No lo sé. Prefiero esperar a leerlo cuando lleguemos a la posada.
— Si vuelves a jugarme el truco del sordomudo —Nathan la amenazó blandiendo un dedo—, te juró que lo lamentarás.
La mujer lo fulminó con la mirada.
— ¡Y si cuando nos cruzamos con alguien vuelves a gritar que te ha secuestrado una bruja loca que te mantiene prisionero mediante un collar mágico, te juro que serás realmente sordomudo!
Nathan resopló agriamente y siguió con su tarea. Cuando se volvió hacia su caballo, Ann lo vio sonreír con aire satisfecho.
Para cuando dieron con la posada y dejaron los caballos a cargo de un mozo del establo, situado en la parte trasera, las estrellas lucían ya en el cielo y la pequeña luna invernal había asomado por detrás de la ladera de una lejana montaña. El humo de madera que abrazaba el suelo también transportaba el aroma de un guiso. Ann dio al mozo un penique para que entrara el equipaje.
Diez Robles era una pequeña comunidad, y apenas media docena de vecinos ocupaban las pocas mesas, bebiendo, fumando en pipa e intercambiándose historias relatadas por soldados y los rumores sobre alianzas forjadas por el nuevo lord Rahl, aunque no todos estaban convencidos de que, realmente, fuese él quien tenía el control de Aydindril, como se decía. Otros les pedían que entonces explicaran por qué los soldados d’haranianos de pronto se habían vuelto tan disciplinados, a no ser que, finalmente, alguien los hubiera metido en cintura.
Nathan, ataviado con botas altas, pantalones marrones, una camisa blanca con volantes abrochada sobre el rada’han, un chaleco verde oscuro abierto y una pesada capa marrón oscuro que casi se arrastraba por el suelo, caminó tranquilamente hasta la corta barra situada ante unas pocas botellas y barriles. Con aire noble se echó la capa sobre un hombro en tanto que apoyaba un pie en el rodapié situado en la parte inferior del mostrador. A Nathan le encantaba llevar ropa distinta a la túnica negra que había sido su único atavío en el Palacio de los Profetas. Él lo llamaba «quitarse importancia».
El irascible posadero sólo sonrió después de que Nathan le entregara monedas de plata y comentara que, dado que el precio del alojamiento era tan alto esperaba que incluyera la cena. El posadero se encogió de hombros y asintió.
Antes de que Ann se diera cuenta, Nathan ya se había inventado que era un mercader que viajaba con su amante, mientras que su esposa se quedaba en casa criando a sus doce robustos hijos. Cuando el posadero le preguntó con qué comerciaba, Nathan se inclinó hacia él, bajó su autoritaria voz y guiñó un ojo mientras le decía que sería más seguro para él no saber nada.
El posadero, impresionado, se irguió e incluso invitó a Nathan a una jarra. Nathan bebió a la salud de Diez Robles, del posadero y de sus clientes, tras lo cual se dirigió a la escalera mientras pedía al mesonero que cuando les subiera el guiso, añadiera una jarra para su «mujer».
Los ojos de todos los presentes estaban fijos en él, maravillados por aquel imponente forastero.
Ann frunció los labios y se juró que no volvería a distraerse más, dando así a Nathan tiempo suficiente para urdir disparatadas explicaciones. Se había distraído por el libro de viaje. Deseaba saber qué decía, aunque también lo temía. Sería muy fácil que algo hubiese salido mal y que el libro estuviera en posesión de una Hermana de las Tinieblas que hubiese descubierto que ambos seguían vivos. Sería un desastre. La mujer se apretó el estómago para calmar las punzadas que sentía. Tal vez el Palacio de los Profetas había caído ya en manos del enemigo.
El dormitorio era pequeño pero estaba limpio. Tan sólo había dos estrechos camastros, un soporte enjalbegado con una jofaina de latón y un aguamanil, así como una mesa cuadrada sobre la que Nathan dejó el candil que había cogido de la pared al lado de la puerta. El posadero se presentó enseguida con cuencos de guiso de cordero y pan moreno, seguido por el mozo de cuadras con su equipaje. Una vez que ambos se hubieron marchado y cerrado la puerta, Ann se sentó y arrimó la silla a la mesa.
— Bueno, ¿no vas a echarme un sermón? —preguntó Nathan.
— No, Nathan, estoy cansada.
El Profeta agitó una mano con elegante gesto.
— Después de hacerme pasar por sordomudo, me pareció que era justo. —La expresión de Nathan se tornó sombría para añadir—: Excepto por los primeros cuatro años, durante toda mi vida el collar me ha mantenido prisionero. ¿Cómo te sentirías de ser una cautiva toda tu vida?
Ann pensó que, por ser su guardiana, era tan prisionera como él.
— Aunque nunca me crees cuando lo dijo —repuso, mirándolo a los ojos—, te repetiré una vez más que no me gusta que seas un prisionero, Nathan. No me produce ningún placer mantener cautivo a un hijo del Creador por el simple crimen de haber nacido como es.
Tras un largo silencio Nathan apartó la mirada. Con manos enlazadas en la espalda recorrió el dormitorio, examinándolo con ojo crítico. Sus botas resonaban contra el suelo de madera.
— Hummm, no es a lo que estoy acostumbrado —anunció sin dirigirse a nadie en particular.
Ann alejó de sí el cuenco con el guiso y colocó el libro de viaje encima de la mesa. Antes de decidirse a abrirlo se quedó unos segundos mirando su cubierta de cuero negro. Entonces leyó:
Primero debes decirme por qué me elegiste la última vez. Recuerdo cada palabra. Un error y arrojaré este libro al fuego.
— Caramba, caramba —murmuró—. Es cauta. Mejor. —Nathan echó un vistazo por encima de su hombro—. Fíjate en la fuerza de los trazos, Nathan. Creo que Verna está enfadada.
Ann se quedó mirando las palabras. Sabía a qué se refería Verna.
— Realmente debe odiarme —susurró Ann. Las palabras escritas temblaron cuando sus ojos se anegaron de lágrimas.
Nathan se irguió.
— ¿Y qué? Yo también te odio y no parece que eso te importe.
— ¿De veras, Nathan? ¿De veras me odias?
La única respuesta fue un gruñido desdeñoso.
— ¿Te he dicho ya que ese plan tuyo es una completa locura?
— No, desde el desayuno.
— Bueno, pues ahora te lo digo.
Ann seguía con la mirada fija en el mensaje escrito.
— No es la primera vez que trabajas para influir en qué bifurcación sigue una profecía, Nathan, porque sabes qué ocurriría si los acontecimientos tomasen un rumbo equivocado, y porque también sabes cuán fácilmente se corrompen las profecías.
— Si te empeñas en seguir tu insensato plan sólo lograrás que te maten y a mí contigo. ¿Y entonces qué? Quiero llegar a los mil años, ¿sabes? Por tu culpa nos matarán a los dos.
Ann se levantó de la silla y posó una cariñosa mano en el musculoso brazo del Profeta.
— Pues dime qué otra cosa puedo hacer, Nathan. Conoces las profecías, conoces la amenaza. Fuiste tú quien me alertó. Dime qué harías si dependiese de ti.
Ambos intercambiaron una larga mirada. Cuando por fin el Profeta puso una de sus manazas sobre la mano de Ann, su mirada ya no era furiosa.
— Lo mismo que tú, Ann. Es nuestra única oportunidad. Pero no por eso me callo lo que pienso sobre el peligro que corres.
— Lo sé, Nathan. ¿Están allí? ¿Están en Aydindril?
— Sólo uno de ellos —respondió Nathan en voz baja al tiempo que le apretaba una mano—; el otro estará allí cuando lleguemos. Lo he visto en la profecía.
»Ann, vivimos en una era en la que confluyen una maraña de augurios. Las guerras atraen a las profecías como el estiércol a las moscas. Hay ramas que van en todas direcciones, y cada profecía debe manejarse adecuadamente. Si tomamos el camino equivocado en cualquiera de ellas, iremos de cabeza al desastre. Lo peor es que hay huecos en los que ni yo sé qué hacer. Además, no somos nosotros los únicos que debemos tomar la bifurcación adecuada, sino que también otros deben hacerlo y no tenemos control sobre ellos.