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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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La verdadera razón por la que te envié en busca de Richard era porque de entre todas las Hermanas solamente a ti podía confiarte el destino del mundo. Ahora ya sabes la batalla que Richard ganó al Custodio. Sin él, todos habríamos sido arrastrados al mundo de los muertos. No era una misión de baja prioridad, ni mucho menos. Era el viaje más importante que jamás una Hermana hubiera emprendido. Y solamente podía confiártelo a ti.

Más de trescientos años antes de que tú nacieras Nathan me advirtió de la amenaza que se cernía sobre el mundo de los vivos. Quinientos años antes de que Richard viera la luz, Nathan y yo ya sabíamos que iba a nacer un mago guerrero. Las profecías nos dijeron algunas de las condiciones que debían cumplirse. Nunca nos habíamos enfrentado a tal desafío.

Cuando Richard nació, Nathan y yo navegamos alrededor de la gran barrera hasta el Nuevo Mundo. En Aydindril recuperamos un libro de magia del Alcázar del Hechicero para mantenerlo lejos de las manos de Rahl el Oscuro y se lo entregamos al padrastro de Richard, que nos prometió que Richard se lo aprendería de memoria. Era preciso que pasara por duras pruebas y viviera determinados acontecimientos en sus primeros años de vida para forjar a una persona capaz de neutralizar la primera amenaza —la de Rahl el Oscuro, su verdadero padre— y más adelante restablecer el equilibrio en el mundo de los vivos. Richard es quizá la persona más importante que haya nacido en los últimos tres mil años.

Él es el mago guerrero que nos guiará en la batalla final. Las profecías lo anuncian, pero no dicen si vencerá. Se trata de una batalla en la que está en juego la humanidad. Nuestra única oportunidad era asegurarnos de que mientras se convertía en hombre nada lo contaminara. En esta batalla se necesita magia, pero dicha magia debe estar gobernada por el corazón.

Si te envié a ti para que lo trajeras a palacio fue porque sólo confiaba en que tú estarías a la altura. Conocía tu corazón y tu alma, y sabía que no eras una Hermana de las Tinieblas.

Seguro que te estás preguntando cómo pude permitir que pasaras más de veinte años buscándolo, aunque en todo ese tiempo siempre supe dónde se hallaba. Sí, podría haber esperado y haberte enviado cuando Richard ya fuese adulto y por fin su don se activara, revelando así su paradero. Me avergüenza confesar que te utilicé, del mismo modo que utilicé a Richard.

Debido a los retos que nos aguardan era preciso que te enseñara cosas que no podías aprender en el Palacio de los Profetas mientras Richard crecía y aprendía algunas de las cosas esenciales que necesitaba. Quería que fueses capaz de pensar por ti misma en lugar de aferrarte al montón de reglas que rigen las vidas de las Hermanas de la Luz en palacio. Quería que desarrollaras tus capacidades innatas en el mundo real. La batalla que nos aguarda se librará en el mundo real; en el enclaustrado mundo de palacio no se aprende sobre la vida.

No espero que me perdones. Ésa es otra de las cargas que una Prelada debe llevar: el odio de aquellos a los que una ama como si fuesen sus propios hijos.

Cuando te dije esas cosas horribles, también tenía un propósito: quería que dejaras de creer que debías comportarte siempre según las normas de palacio y cumplir las órdenes ciegamente. Tenía que enfurecerte lo suficiente para que actuaras como tú creyeses justo. Desde que eras pequeña siempre pude contar con tu carácter.

No podía correr el riesgo de que, si te exponía las razones, no las comprendieras o no hicieras lo necesario. A veces, el único modo de que una persona influya como es debido en los acontecimientos es aplicar sus propios principios morales y no obedecer órdenes. Así lo afirma una profecía. Confiaba en que si tú misma llegabas a una conclusión, elegirías la justicia antes que las normas.

La otra razón por la cual te dije esas cosas fue que sospechaba que una de mis administradoras era una Hermana de las Tinieblas. Sabía que mi escudo no impediría que mis palabras llegasen a sus oídos. Asimismo me traicioné a mí misma para que me atacara y abandonara su disfraz. Sabía que podía morir, pero elegí jugármela antes que permitir que el mundo cayera en las garras del Custodio. Hay ocasiones en que una Prelada debe utilizarse incluso a sí misma.

Hasta ahora, Verna, has cumplido todas mis expectativas. Has desempeñado un papel esencial al salvar el mundo del Custodio. Con tu ayuda, hasta el momento hemos tenido éxito.

La primera vez que te vi te sonreí, porque fruncías el ceño, enfadada. ¿Recuerdas por qué? Por si no lo recuerdas te lo diré. Todas las novicias que llegaban a palacio eran sometidas a una prueba: más pronto o más tarde se las acusaba falsamente de cometer una pequeña falta de la que eran inocentes. La mayoría de ellas se echaba a llorar, otras hacían un mohín y otras soportaban la vergüenza con estoica resignación. Pero sólo tú te enfadaste por esa injusticia, lo cual me demostró que tenías carácter.

Nathan encontró una profecía que decía que descubriríamos a la persona adecuada no por una sonrisa, ni por un mohín, ni por una cara valerosa, sino por un ceño furioso. Cuando vi esa expresión en tu cara y cómo cruzabas los brazos, enojada, estuve a punto de echarme a reír. Desde ese día te he estado utilizando para que llevaras a cabo la más importante tarea del Creador.

Te elegí para que fueras Prelada tras fingir mi muerte, porque sigues siendo la Hermana en la que más confío. Es probable que muera en el curso de mi viaje con Nathan y, si es así, tú serás la verdadera Prelada. Ése es mi deseo.

Tienes razones para odiarme, y eso pesa en mi corazón. Pero lo importante es el perdón del Creador y sé que, al menos, eso lo tengo. Soportaré tu desprecio, del mismo modo que sufro otras cargas para las que no puedo encontrar alivio en esta vida. Es el precio de ser la Prelada del Palacio de los Profetas.

Incapaz de seguir leyendo, Verna alejó el libro de sí. Apoyó la cabeza sobre sus brazos cruzados y se echó a llorar. No recordaba esa injusticia que la Prelada había mencionado, pero recordaba lo que le dolió y también su enfado. Pero sobre todo recordaba la sonrisa de la Prelada, y cómo esa sonrisa la había reconciliado con todo.

— Oh, querido Creador —sollozó Verna en voz alta—, realmente tienes una servidora muy necia.

Si antes, cuando pensaba que la Prelada la había utilizado, sentía una profunda pena, el dolor de saber lo que la Prelada debía soportar le causaba un auténtico tormento. Cuando finalmente pudo secar sus lágrimas, volvió a acercarse el libro de viaje y siguió leyendo.

Pero el pasado es pasado, y ahora debemos mirar hacia el futuro. Las profecías anuncian que el mayor peligro aún está por llegar. Las pruebas del pasado podrían haber supuesto el final del mundo en un terrible instante final. En un solo instante todo se habría perdido para siempre jamás. Richard superó esas pruebas y nos salvó de tal destino.

Pero una amenaza mayor se cierne sobre nosotros. No proviene de otros mundos, sino del nuestro propio. Es ésta una batalla por el futuro de nuestro mundo, por el futuro de la humanidad y el futuro de la magia. Están en juego las mentes y los corazones de todos los hombres y las mujeres. El final no llegaría en un instante, sino en una inexorable y agotadora guerra, a medida que la sombra de la esclavitud iría cayendo lentamente sobre todo el mundo y oscurecería la chispa de la magia a través de la cual nos llega la luz del Creador.

La antigua guerra, que empezó hace miles de años, se ha vuelto a reavivar. Nosotros lo hemos hecho posible al proteger este mundo de otros. Esta vez no hay esperanzas de que cese gracias al esfuerzo conjunto de cientos de magos, pues esta vez sólo contamos con un mago guerrero que nos guíe: Richard.

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