La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Ann no encontró palabras, por lo que se limitó a asentir. Volvió a tomar asiento y arrimó la silla a la mesa. Nathan se sentó a horcajadas en la otra silla, partió un pedazo de pan moreno y masticó mientras observaba cómo sacaba el punzón del lomo del libro de viaje.
Entonces escribió: Mañana por la noche, cuando la luna esté alta, ve al lugar donde encontraste esto. Luego cerró el libro y se lo guardó en un bolsillo del vestido gris que llevaba.
— Espero que sea lo suficientemente inteligente para justificar la fe que tienes en ella —comentó Nathan, hablando con la boca llena.
— La hemos entrenado lo mejor que hemos sabido, Nathan. La enviamos lejos de palacio durante veinte años para que aprendiera a pensar por sí misma. Hemos hecho todo lo que podíamos. Ahora debemos confiar en ella. —Ann se besó el dedo en el que durante tanto tiempo llevara el anillo de Prelada—. Querido Creador, te lo ruego, dale fuerzas.
Nathan sopló sobre una cucharada de guiso.
— Quiero una espada —declaró.
— Eres un mago con pleno control de su don. ¿Para qué quieres una espada, en nombre del Creador?
El hombre la miró como si la creyera estúpida.
— Pues porque tendría un aspecto muy gallardo con una espada al cinto.
29
— Por favor —susurró Cathryn.
Richard se sumergió en los dulces ojos castaños de la mujer mientras le acariciaba un costado de su radiante rostro y le apartaba un rizo negro de la mejilla. Cuando se miraban a los ojos a Richard le resultaba casi imposible apartar la mirada si antes ella no lo hacía. En esos momentos lo intentaba y no podía. La mano femenina sobre su cintura le provocaba cálidas sensaciones de deseo en todo el cuerpo. El joven luchaba desesperadamente por conjurar la imagen de Kahlan en su mente para resistir el impulso de tomar a Cathryn entre sus brazos y decir «sí». Su cuerpo ardía pidiéndole que se rindiera.
— Estoy cansado —mintió. Lo último que deseaba era dormir—. Ha sido un día muy largo. Mañana volveremos a vernos.
— Pero yo quiero…
Richard la hizo callar posando un dedo sobre sus labios. Sabía que si volvía a escuchar aquellas palabras de sus labios, no podría resistirse. Pero era casi igualmente difícil resistirse al mensaje implícito del gesto de Cathryn al lamerle suavemente la yema del dedo. En medio de la niebla que le nublaba la mente casi era imposible formar pensamientos coherentes.
Por fin logró formar uno: «Queridos espíritus, ayudadme. Dadme fuerzas. Mi corazón pertenece a Kahlan».
— Mañana —repitió con esfuerzo.
— Eso mismo me dijiste ayer, y me ha costado horas encontrarte —le susurró la mujer a la oreja.
Richard había usado la capa de mriswith para volverse invisible. Le costaba un poco menos resistirse si Cathryn no podía apelar a él directamente, aunque eso sólo servía para aplazar lo inevitable. Cuando la veía buscarlo frenéticamente, no podía soportar su angustia y acababa yendo hacia ella.
La mano de Cathryn ascendía por su cuello. Richard la tomó y la besó brevemente.
— Que duermas bien, Cathryn. Hasta mañana.
Por el rabillo del ojo vio que Egan montaba guardia de pie con la espalda contra la pared a apenas tres metros de distancia. Tenía los brazos cruzados y miraba al frente, como si no se diera cuenta de nada. Más allá, en las sombras del tenebroso pasillo, Berdine también vigilaba. Pero la mord-sith no fingía no verlo junto a la puerta con Cathryn abrazada a él. Berdine lo observaba sin ninguna expresión. Sus otros guardaespaldas —Ulic, Cara y Raina— dormían.
Richard deslizó una mano a su espalda y accionó el pomo. La puerta se abrió. Richard dio un paso a un lado y Cathryn se tambaleó y fue a dar al interior de su dormitorio. Para guardar el equilibrio la mujer le cogió una mano. Luego, mirándolo a los ojos, se la besó. Richard sintió que las piernas le temblaban.
Consciente de que si no se alejaba de Cathryn no podría seguir resistiendo, retiró la mano. Mentalmente trataba de justificar que no estaría mal ceder. ¿Qué mal podría haber en ello? ¿Por qué era algo tan malo? ¿Por qué creía él que era algo malo?
Era como sentir un denso velo que cubría sus pensamientos y los sofocaba antes de que pudieran aflorar.
En su cabeza resonaban voces que trataban de racionalizar por qué debería abandonar aquella estúpida resistencia y gozar de los encantos de aquella preciosa mujer. Era más que evidente que ella lo deseaba, de hecho, se lo suplicaba. Richard la deseaba tanto que sentía un nudo en la garganta. Casi lloraba por el esfuerzo de hallar razones que lo frenaran.
Sus pensamientos se arremolinaban como aletargados. Una parte de él, la principal, luchaba desesperadamente para que cejara en su resistencia, pero un pequeño y débil rincón de su mente se batía ferozmente para tratar de contenerlo, quería avisarlo de que algo estaba mal. Era absurdo. ¿Qué estaba tan mal? ¿Por qué? ¿Qué era eso en su interior que lo refrenaba?
«Queridos espíritus, ayudadme.»
En su mente apareció una imagen de Kahlan que le sonreía con esa sonrisa que reservaba sólo para él. Vio que los labios de la mujer se movían y le declaraban su amor.
— Necesito estar a solas contigo, Richard —dijo Cathryn—. Ya no puedo esperar más.
— Buenas noches, Cathryn. Que duermas bien. Nos veremos mañana. —Con estas palabras cerró la puerta.
Jadeando por el esfuerzo entró en su propio dormitorio y cerró la puerta. Tenía la camisa empapada de sudor. Casi sin fuerzas alzó una mano y corrió el cerrojo. Pero justo al encajar, se rompió. Richard se quedó mirando el soporte, que colgaba de un solo tornillo. A la mortecina luz del fuego no distinguió el resto de tornillos entre los intrincados motivos de las alfombras.
Tenía tanto calor que apenas podía respirar. Richard se quitó el tahalí por encima de la cabeza y dejó caer la espada al suelo mientras se dirigía a la ventana. Con el ansia de un hombre que se está ahogando levantó el pestillo, abrió la ventana de par en par y respiró a bocanadas. Pero aunque sus pulmones se llenaron de aire frío, él siguió igual de acalorado.
Su dormitorio estaba situado en la planta baja, por lo que por un momento barajó la idea de salvar el alféizar y rodar sobre la nieve. Al fin decidió limitarse a dejarse envolver por el frío aire mientras contemplaba la noche y el solitario jardín.
Algo iba mal pero no conseguía discernir qué. Por una parte deseaba estar con Cathryn pero algo en su interior se lo impedía. ¿Por qué? No podía comprender por qué no cedía al deseo.
Una vez más pensó en Kahlan. Ella era la razón.
Pero si amaba a Kahlan, ¿por qué deseaba tan intensamente a Cathryn? No lograba apartarla de su pensamiento, y le costaba incluso mantener el recuerdo de Kahlan.
Arrastrando los pies llegó al lecho. Instintivamente sabía que había llegado al límite de su capacidad para resistir el deseo de Cathryn. Aturdido, se sentó en la cama. La cabeza le daba vueltas.
La puerta se abrió. Richard alzó la vista. Era ella. Llevaba una prenda tan fina que la tenue luz del pasillo perfilaba su cuerpo. La mujer cruzó el cuarto hacia él.
— Richard, por favor —le suplicó con aquella voz dulce que lo dejaba paralizado—, no me rechaces esta vez. Por favor. Moriré si no estamos juntos ahora mismo.
¿Morir? Queridos espíritus, no quería que ella muriera. De sólo pensarlo a punto estuvo de echarse a llorar.
Cathryn avanzó sinuosamente hasta la zona iluminada por el fuego. Llevaba un camisón de delicado drapeado que llegaba hasta el suelo, pero que no ocultaba lo que había debajo, sino que realzaba su cuerpo y lo convertía en lo más bello que Richard hubiese visto en su vida. Todo él se encendió. No podía pensar en nada más que en lo que veía y en lo mucho que la deseaba. Si no la hacía suya, moriría de deseo insatisfecho.