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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Ahora no puedo decírtelo todo. Hay algunas cosas que sencillamente ignoro y otras, aunque las sé, debo callármelas, pues para que los acontecimientos sigan correctamente las bifurcaciones en las profecías es necesario que algunas personas implicadas actúen por instinto y no siguiendo indicaciones. De otro modo, esas bifurcaciones serían infranqueables. Parte de nuestra tarea consiste en enseñar a nuestros pupilos a que actúen correctamente para que cuando llegue el momento de prueba, hagan lo que deben hacer. Perdóname, Verna, pero una vez más dejo algunos hechos en manos del destino.

Espero que, como Prelada, estés aprendiendo que no siempre es posible justificar tus actos ante todo el mundo, sino que a veces debes dar órdenes y esperar que se cumplan.

Verna suspiró. Cuánta razón llevaba la prelada Annalina. Era cierto que ya no intentaba explicarse ante todo el mundo y había empezado a esperar que sus instrucciones se cumplieran al pie de la letra.

No obstante, hay cosas que sí puedo revelarte para que puedas ayudarnos. Nathan y yo hemos partido en una misión de vital importancia. De momento nadie más debe conocer su naturaleza.

Si sobrevivo, mi intención es regresar a palacio. Pero antes de eso es preciso que descubras a las Hermanas de la Luz, novicias y jóvenes magos que nos son leales, e identificar a aquellos que han entregado su alma al Custodio.

— ¿Qué? —exclamó Verna hablando sin darse cuenta en voz alta—. Pero ¿cómo?

Te dejo a ti el cómo. No dispones de mucho tiempo. Verna, es muy importante que lo hagas antes de que llegue el emperador Jagang.

Tanto Nathan como yo creemos que Jagang es lo que en la antigua guerra se llamaba «Caminante de los Sueños».

Verna sintió cómo un reguero de sudor le caía entre los omóplatos y le bajaba por la espalda. Recordó la charla con la hermana Simona, cuando ésta había gritado, fuera de sí, a la mera mención del nombre Jagang. Según Simona, Jagang la visitaba en sueños. Pero todos tenían a Simona por loca.

Y, según Warren, en la antigua guerra el Caminante de los Sueños era un tipo de arma. Su visita a Simona había confirmado lo que Warren sospechaba.

Y, sobre todo, recuerda esto: no importa qué ocurra, tu única salvación es permanecer leal a Richard. Un Caminante de los Sueños puede apoderarse de la mente de casi cualquier persona, especialmente de los nacidos con el don, y esclavizar su voluntad. Sólo hay un antídoto: Richard. Uno de sus antepasados creó una forma de magia que protege a los Rahl y a todos sus leales, los vincula a ellos y, de este modo, quedan fuera del alcance de los Caminantes de los Sueños. Todos los Rahl nacidos con el don heredan esa magia. Por supuesto Nathan la tiene, pero no creo que sea el más indicado para protegernos y guiarnos. Él es un profeta y no un mago guerrero.

Verna leyó entre líneas que sería de locos convertirse en leales seguidores de Nathan, de alguien prisionero de sí mismo.

Al oponerte por propia voluntad a una ley de palacio y ayudar a Richard a escapar, elegiste serle fiel. Ese vínculo que te une a Richard te protege del poder del Caminante de los Sueños, pero no de la fuerza de sus ejércitos, cada vez más numerosos, y de sus sicarios. Ésa es otra de las razones por las que, ese día en mi despacho, tuve que mentirte. Quería que por voluntad propia eligieras ayudar a Richard aunque fuera a costa de violar las órdenes y las enseñanzas recibidas.

A Verna se le puso la carne de gallina. De haber convencido a la Prelada de que revelara sus planes y ésta le hubiera dicho que ayudara a Richard a escapar, sería tan vulnerable ante el Caminante de los Sueños como la hermana Simona.

Naturalmente Nathan está protegido y hace mucho tiempo que está vinculado a Richard. Yo también le juré en silencio lealtad la primera vez que lo vi. A mi manera he permitido que él fijara las normas sobre el modo de luchar en nuestro bando. Debo confesar que en ocasiones es difícil. Aunque hace lo que debe para proteger a las personas inocentes y libres que necesitan su ayuda, tiene ideas propias y hace cosas que, de depender de mí, no haría. En ocasiones puede ser una verdadera cruz; peor que Nathan. Así es la vida.

Ya te he dicho todo lo que tenía que decirte. Estoy en el cuarto de una acogedora posada, esperando tu respuesta. Lee mi mensaje todas las veces que desees; si deseas preguntarme algo, estaré esperando. Debes comprender que llevo cientos de años estudiando el futuro y las profecías, por lo que es imposible que te transmita todo ese conocimiento en una sola noche, y mucho menos a través de un libro de viaje. Sin embargo, te diré todo lo que pueda.

Asimismo, debes comprender que hay ciertas cosas que no puedo decirte por miedo a contaminar las profecías y los sucesos. Cada palabra que te digo lleva implícito ese peligro, aunque unas más que otras, pero es necesario que conozcas algunos hechos.

Ya sólo me queda decirte que espero tus preguntas. Pregunta pues.

Al acabar de leer, Verna se enderezó. ¿Preguntar? Le llevaría siglos preguntar todo lo que quería saber. ¿Por dónde empezar? ¿Querido Creador, cuáles eran las preguntas importantes?

Leyó de nuevo el mensaje entero para asegurarse de que nada le pasaba por alto, tras lo cual se quedó mirando la siguiente página en blanco. Finalmente cogió el punzón.

— Queridísima madre, perdonadme por lo que he pensado de vos. Me habéis dado una lección de humildad con vuestra fuerza, y me avergüenzo de mi estúpido orgullo. Por favor, que no os maten. No soy digna de ser Prelada. No soy más que un buey al que pedís que surque los cielos como un pájaro.

Verna esperó que en el libro apareciera el mensaje de respuesta, si es que la Prelada realmente estaba esperando.

— Gracias, hija. Me has quitado un gran peso de encima. Pregunta lo que necesitas saber y, si puedo, te responderé. Estoy a tu disposición toda la noche para tratar de aliviar tu carga.

Verna sonrió por primera vez en días y derramó unas lágrimas que eran dulces y no amargas.

— Prelada, ¿realmente estáis a salvo? ¿Seguro que tanto vos como Nathan estáis bien?

— Verna, quizá a ti te guste que tus amigos te llamen Prelada, pero a mí no. Por favor, llámame por mi nombre como hacen mis auténticos amigos.

Verna soltó la carcajada. Conocía esa frustración de que todo el mundo se empeñara en llamarla Prelada. Ann siguió escribiendo.

— Y sí, estoy bien, al igual que Nathan, que ahora mismo está muy ocupado. Hoy se compró una espada y en este momento está librando un duelo contra enemigos invisibles en el mismo cuarto. Según él, la espada le da un aspecto muy «gallardo». Aunque tiene más de mil años sigue siendo un niño, y en estos mismos instantes sonríe como lo haría un niño mientras corta las cabezas de sus imaginarios rivales.

Verna leyó de nuevo el mensaje para asegurarse de que lo había entendido bien. ¿Nathan con una espada? Realmente el Profeta estaba más loco de lo que había imaginado. Desde luego la Prelada no tenía tiempo para aburrirse.

— Ann, has dicho que debo averiguar quiénes han entregado su alma al Custodio. Pero no se me ocurre cómo hacerlo. ¿Puedes ayudarme?

— Si supiera cómo, Verna, te lo diría. De algunos, pocos, sospeché; pero de la mayoría, no. Nunca pude hallar el modo de adivinar quiénes servían al Custodio. Yo debo ocuparme de otros asuntos y esa tarea te la dejo a ti. Recuerda que son tan astutos como el mismo Custodio. Algunas Hermanas de las que creía a pies juntillas que estaban contra nosotros debido a su carácter desagradable, resultó que nos eran leales. Mientras que otras que se pusieron en evidencia al huir en el barco, eran Hermanas a las que habría confiado incluso mi vida. Claro que, de haberlo hecho, ahora estaría muerta.

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