Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Con suavidad despertó a Juanita y la condujo desde el sofá hasta la alfombra, donde colocó almohadones como almohadas. Tierna y amorosamente la desvistió, después se desvistió él; la besó, la abrazó y subió sobre ella confiado, avanzó con vigor hacia adelante, gloriosamente, adentro, mientras Juanita le abrazaba, le apretaba y gritaba con fuerza de dicha.
– ¡Te quiero, Miles! ¡Cariño mío, te quiero!
Y él supo que, por intermedio de ella, había vuelto a recobrar su virilidad.
9
– Quiero hacerle dos preguntas -dijo Alex Vandervoort. Su tono era menos cortante que de costumbre; su mente estaba preocupada y un poco deslumbrada por lo que acababa de oír.
– Primero: ¿cómo, en nombre de Dios, ha conseguido toda esta información? Segundo: ¿hasta qué punto es verídica?
– Si no le molesta -dijo Vernon Jax- prefiero contestar en orden inverso.
Estaban en el despacho de Alex en la Casa Central del FMA al terminar la tarde. Afuera todo estaba tranquilo. La mayoría del personal del piso treinta y seis se había ido a su casa.
El detective privado que, hacía un mes, Alex había contratado para que realizara un estudio independiente sobre la Supranational Corporation -un «trabajito de entrometido» como ambos habían dicho- permanecía tranquilamente sentado, leyendo un periódico de la tarde, mientras Alex estudiaba el informe de setenta páginas que incluía un apéndice de documentos fotocopiados, que Jax había traído personalmente.
Hoy, si fuera posible, Vernon Jax parecía de aspecto más insignificante que la última vez. El traje azul brillante que llevaba podría haber sido donado al Ejército de Salvación… y rechazado… Los calcetines colgaban sobre los tobillos, y los zapatos estaban más descuidados que antes. El poco pelo que le quedaba sobre la cabeza calva se enderezaba en desorden, como mechas engomadas y sucias. De todos modos era evidente que, lo que faltaba a Jax en elegancia, era compensado por su habilidad como espía.
– En cuanto a la confianza que merecen estas informaciones -dijo-, si me pregunta usted si los hechos que he anotado, en su forma actual, pueden usarse como prueba ante un tribunal, le diré que no. Pero me alegro de decir que la información es auténtica, y no he incluido nada que por lo menos no haya sido controlado en dos buenas fuentes, en algunos casos en tres. Otra cosa: mi reputación por llegar a la verdad es mi mayor mérito en mi trabajo. Tengo buena fama. Y pienso conservarla.
«Bueno, ¿cómo lo consigo? La gente para la que trabajo en general me hace esa pregunta, y supongo que tiene usted derecho a una explicación, aunque retendré algunas cosas que caen bajo lo que denomino «secretos del oficio» y «fuentes protectoras».
»He trabajado durante veinte años para el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, casi ininterrumpidamente, como investigador, y he mantenido frescos los contactos, no sólo allí sino en otras partes. No muchos lo saben, míster Vandervoort, pero una de las maneras en las que trabajan los detectives es vendiendo informes confidenciales y, en mi trabajo, nunca se sabe cuándo uno puede necesitar de alguien o cuándo van a necesitarnos. Uno ayuda a alguien esta semana y, tarde o temprano, tropezaremos con él. También de esta manera se crean deudas y créditos, y hay pagos… en informes y detalles… por ambas partes. De manera que, cuando usted me contrató, yo no sólo le vendí mi sabiduría financiera… que pienso que es bastante buena, sino una red de contactos. Algunos de éstos le sorprenderían.
– Ya he recibido hoy todas las sorpresas necesarias -dijo Alex. Tocó el informe que tenía ante sí.
– De todos modos -dijo Jax- es así como he conseguido buena parte de lo que hay ahí. Lo demás ha sido habilidad, paciencia y saber debajo de qué rocas hay que mirar.
– Comprendo.
– Hay otra cosa que quiero aclarar, míster Vandervoort, y creo que lo considerará usted orgullo personal. He visto que usted me ha examinado las dos veces que nos hemos visto, y que no ha apreciado bastante lo que veía. Bueno, yo prefiero que la gente me vea de esta manera, porque un hombre insignificante e inofensivo es poco probable que sea notado o tomado en serio por las personas que él está investigando. También da resultado a la inversa, porque la gente con la que hablo no cree que yo sea importante, y bajan la guardia. Si yo tuviera un aspecto como el suyo, desconfiarían. Ése es el motivo, pero también le diré una cosa: el día que me invite usted a la boda de su hija, me presentaré tan bien trajeado como el mejor.
– Si alguna vez tengo una hija -dijo Alex- lo recordaré.
Cuando Jax partió, volvió a estudiar de nuevo el sorprendente informe. Era, pensaba, un fraude con las más graves implicaciones para el First Mercantile American. El poderoso edificio de la Supranational Corporation, la SuNatCo, estaba tambaleándose y a punto de caer.
Lewis D'Orsey, recordó Alex, había hablado de rumores sobre «grandes pérdidas que no se han informado… audaces prácticas de contabilidad entre las subsidiarias… el Gran George Quartermain que andaba detrás de una especie de subsidio gubernamental del tipo del de la Lockheed»… Vernon Jax había confirmado todo esto y había descubierto mucho, mucho más.
Era demasiado tarde para hacer nada ese mismo día, decidió Alex. Tenía toda la noche por delante para meditar cómo debía usar la información.
10
La cara normalmente colorada de Jerome Patterton adquirió un rojo todavía más profundo. Protestó:
– ¡Caramba! ¡Lo que usted pide es ridículo!
– No pido -la voz de Alex Vandervoort estaba tensa por la rabia que se había ido acumulando desde la noche anterior-. Le digo: hágalo.
– Pedir… decir… ¿cuál es la diferencia? Usted quiere que yo realice una acción arbitraria sin motivo sustancial.
– Más adelante le daré un montón de motivos. Poderosos.
Estaban en las oficinas de la presidencia, donde Alex había estado esperando a Patterton esa mañana.
– El mercado de la bolsa de Nueva York se ha abierto hace cincuenta minutos -previno Alex-. Hemos perdido ese tiempo y estamos perdiendo más. Porque usted es el único que puede dar la orden al departamento de depósitos para que venda todas las acciones que tenemos de la Supranational.
– ¡No lo haré! -Patterton elevó la voz-. Además, ¿qué demonios significa todo esto? ¿Quién se cree usted que es? Se ha presentado aquí como una tromba, ha empezado a dar órdenes…
Alex miró sobre el hombro. La puerta del despacho estaba abierta. Fue a cerrarla y volvió a su sitio.
– Le diré quién soy yo, Jerome. Soy el tipo que le previno a usted, y previno también a la Dirección, contra un compromiso amplio con la SuNatCo. Luché para que el departamento de grandes depósitos no comprara las acciones… y nadie, incluido usted… quiso escucharme. Ahora la Supranational se viene abajo… -Alex se inclinó sobre el escritorio y golpeó con fuerza con el puño. Su cara y sus ojos, que ardían, estaban cerca de los de Patterton-. ¿Entiende? ¡La Supranational puede arrastrarnos en su ruina!
Patterton quedó conmovido. Se dejó caer pesadamente en el asiento detrás del escritorio.
– Pero ¿está realmente en dificultades la SuNatCo? ¿Está usted seguro?
– Si no lo estuviera, ¿cree usted que habría venido aquí y me comportaría de esta manera? ¿No comprende que le estoy dando la oportunidad de salvar algo de lo que, de todos modos, será catastrófico? -Alex señaló su reloj de pulsera.- Ha pasado una hora desde la apertura del mercado. ¡Jerome, tome el teléfono y dé la orden!
Los músculos que rodeaban la cara del presidente del banco se retorcieron, nerviosos. No era un hombre fuerte ni decidido, y reaccionaba ante las situaciones, no las creaba. Una fuerte influencia, como la de Alex en este momento, con frecuencia le hacía vacilar.