Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Lo que siguió fue un desastre. Miles había deseado a Juanita en su mente y -según creía- con su cuerpo. Pero, cuando llegó el momento en el que un hombre debe probarse, su cuerpo se negó a funcionar como debía. Desesperado, se esforzó, se concentró, cerró los ojos y deseó, pero nada cambió. Lo que debía haber sido la ardiente y rígida espada de un hombre joven, era algo fláccido, inefectivo. Juanita procuró tranquilizarlo y ayudarlo.
– No te preocupes, Miles querido, ten paciencia. Deja que te ayude y todo pasará.
Intentaron, una y otra vez. Finalmente, se dieron cuenta de que era inútil. Miles se echó en la cama, avergonzado y a punto de llorar. Sabía, miserablemente, que, detrás de su impotencia estaba la certeza de su homosexualidad en la cárcel. Había creído y esperado que la cosa no le inhibiera con una mujer, pero así había sido. Miles llegó desesperadamente a una conclusión: ahora sabía con certeza lo que tanto había temido. Ya no era un hombre.
Finalmente, agotados, desdichados, frustrados, durmieron.
Durante la noche Miles se despertó, dio vueltas inquieto unos momentos, después se levantó. Juanita le oyó y encendió la luz junto al sofá cama. Preguntó:
– ¿Qué pasa?
– Estaba pensando -dijo él- y no puedo dormir.
– ¿Pensando en qué?
Fue entonces cuando le contó… sentado muy tieso, con la cabeza vuelta, para no encontrar los ojos de Juanita, le habló de su experiencia en la cárcel, empezando con el momento en que el grupo lo había violado, después habló de su «amistad» con Karl, como medio para protegerse; contó cómo había compartido la celda del negrazo; le explicó cómo había continuado las prácticas homosexuales y cómo habían empezado a gustarle. Habló de sus sentimientos ambivalentes hacia Karl, cuya amabilidad y bondad Miles todavía recordaba… ¿con cariño?… ¿con amor?… Incluso ahora no lo sabía.
En aquel momento Juanita lo interrumpió:
– ¡Basta! Ya he oído bastante. ¡Me asquea!
Él preguntó:
– ¿Qué crees que siento?
– No quiero saber. No sé ni me importa -todo el horror y el asco que sentía estaban en su voz.
En cuanto hubo luz Miles se levantó, se vistió y se fue.
Dos semanas más tarde. Otra vez era sábado, el mejor momento, según había descubierto Miles, para desaparecer del club sin ser notado. Todavía estaba agotado por la tensión nerviosa del viaje de la noche anterior a Louisville y desesperado por la falta de progresos.
Se había preguntado, también si debía volver a ver a Juanita.
Se preguntaba si ella querría verle. Pero finalmente decidió que, por lo menos, era necesaria otra visita y, cuando se presentó, ella estuvo cortante, y fue derecho al punto, como si lo que había pasado la última vez hubiera quedado atrás.
Escuchó el informe, y Miles habló también de sus dudas.
– No descubro nada importante. Claro, trato con Jules La Rocca y con el tipo que me vendió los billetes falsos de veinte dólares, pero ambos son peces pequeños. Cuando hice preguntas a La Rocca… como por ejemplo, de dónde venía el permiso falsificado para conducir… se cerró y desconfió. No tengo más idea ahora que cuando empecé, de la gente importante que puede estar metida en el asunto, y no sé lo que pasa detrás del Double Seven.
– No lo puedes descubrir todo en un mes -dijo Juanita.
– Tal vez no haya nada que descubrir… por lo menos lo que Wainwright quiere.
– Tal vez no. Pero, en todo caso, no es culpa tuya. Además, es posible que hayas descubierto más de lo que crees. Está el dinero falsificado que me diste, el número del coche que condujiste…
– Que probablemente era robado.
– Que Sherlock Holmes Wainwright lo averigüe… -una idea cruzó la mente de Juanita-. ¿Y tu billete de avión? ¿El que te dieron para que volvieras?
– Lo he usado.
– Siempre hay una copia que se guarda.
– Tal vez… -Miles buscó en el bolsillo de la chaqueta; era el traje que había usado en el viaje a Louisville. El sobre del billete estaba allí, y la copia doblada dentro.
Juanita tomó ambas cosas.
– Quizás alguien entienda. Y recobraré los cuarenta dólares que pagaste por el dinero falso.
– Te ocupas mucho de mí.
– ¿Por qué no? Alguien debe hacerlo.
Estela, que había estado visitando a una amiga en otro apartamento, entró.
– Hola -dijo- ¿vas a quedarte otra vez?
– Hoy no -dijo él-. Tengo que irme pronto.
Juanita preguntó bruscamente:
– ¿Es necesario?
– No… pero pensé que…
– Entonces cenarás aquí. A Estela le gustará.
– Oh, qué bien -dijo Estela. Preguntó a Miles-: ¿Quieres leerme un cuento?
Cuando él dijo que iba a hacerlo, ella trajo un libro y se sentó feliz en su rodilla.
Después de cenar, antes de que Estela diera las buenas noches y fuera a acostarse, le leyó de nuevo.
– Eres una persona muy buena, Miles -dijo Juanita, saliendo del cuarto y cerrando la puerta tras ella. Mientras acostaba a Estela, él se levantó para irse, pero ella le hizo una seña:
– Quédate. Quiero decirte algo.
Como la vez anterior se sentaron juntos en el sofá de la sala. Juanita habló lentamente, eligiendo las palabras.
– La última vez, cuando te fuiste, lamenté las cosas duras que había pensado y dicho mientras estabas aquí. No hay que juzgar demasiado, pero eso es lo que hice. Sé que has sufrido en la cárcel. No he estado ahí, pero puedo adivinar cómo es, y nadie puede saber… a menos de estar allí… cómo son las cosas. En cuanto al hombre de quien hablaste, Karl, si fue bueno cuando los otros eran crueles… eso es lo único que importa.
Juanita se detuvo, meditó, y siguió:
– Para una mujer es difícil entender que dos hombres pueden amarse de la manera que has dicho, y hacer entre sí el amor. Pero hay mujeres que se quieren también de esa manera, al igual que los hombres y, tal vez, si se piensa, amar así es mejor que no amar a nadie, es mejor que el odio. Te ruego, pues, que olvides las palabras hirientes que te dije; sigue pensando en tu Karl, y reconoce que le has amado… -levantó los ojos y miró de frente a Miles-: Le querías, ¿verdad?
– Sí -dijo él en voz muy baja-. Le quería.
Juanita asintió.
– Es mejor que lo hayas dicho. Tal vez ahora ames a otros hombres. No lo sé. No entiendo estas cosas… pero sé que el amor es bueno, dondequiera que se encuentre.
– Gracias, Juanita -Miles vio que ella lloraba y sintió que su propia cara estaba llena de lágrimas.
Guardaron silencio largo tiempo, escuchando el zumbido del tráfico del sábado y las voces en la calle. Después empezaron a hablar, como amigos, más cerca que nunca. Hablaron, olvidando el tiempo, y donde estaban, hablaron hasta avanzada la noche, acerca de sí mismos, de sus experiencias, de las lecciones aprendidas, de los sueños que habían tenido alguna vez, de sus actuales esperanzas, de las metas que debían alcanzar. Hablaron hasta que el amodorramiento apagó sus voces. Después, siempre uno junto al otro, tomados de la mano, se abandonaron al sueño.
Miles se despertó primero. Su cuerpo estaba incómodo y acalambrado… pero había otra cosa que lo llenó de excitación.