El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– ¿Cómo ha reaccionado Fiona?
– Bien, me va a dejar desplumado. Siempre me amenazó con ello, y Fiona cumplirá su palabra, lamento decirlo. Desde luego, tiene pruebas. Agradezco tu advertencia. Es bastante embarazoso. El abogado dijo que si realmente quería separarme, podría haberme ahorrado mucho dinero con sólo escribir una nota.
Stern sólo pudo encogerse de hombros. Pero lo lamentaba por Nate, que había causado tanto daño con esa cinta. Infligir dolor no formaba parte del carácter de Nate. Stern se sintió unido a él por el extraño lazo que creaba la confusión que ambos habían compartido sin saberlo. Él conocía la vergüenza de Nate, y Nate, desde luego, había conocido la suya durante años.
– Diría que Fiona lo tomó con bastante valor. ¿Quieres saber qué dijo? Esto te gustará. Dijo que los hombres aún la encuentran muy atractiva. Está segura de que en cuanto nos divorciemos los hombres la perseguirán. Mencionó tu nombre. Después de decirme que había inventado la historia. ¿Qué te parece? -Nate rió, pero la mirada de Stern lo frenó-. Puedes hacer lo que quieras, ya sabes.
– Desde luego -dijo Stern.
No más. Era un momento incómodo, pero se sintió en la obligación de no formar parte de una conspiración contra Fiona. Ellos tenían ahora su propio acuerdo, y por lo que decía Nate, tal vez él tuviera que aclarar unas cuantas cosas con Fiona. En tal caso, era su propia culpa.
Stern acompañó a Nate hasta la puerta. Cuando éste empezó a culparse de nuevo, Stern lo contuvo con un ademán.
– Sé lo que significa guardar una confidencia, Nate. Clara tenía un secreto y tú no podías contarlo.
Nate parecía estar pensando en otra cosa. Stern se preguntó si había algo más que él hubiese resuelto silenciar por respeto a Clara. Nate pareció leer ese pensamiento.
– No sé quién fue, Sandy, si te estás preguntando esto.
La frase sonaba tan brusca que Stern tuvo el impulso de negar que sintiera curiosidad-. Pero, desde luego, no era cierto.
– Ella me dijo hace años que esa persona estaba al corriente del problema. Era el único detalle que yo tenía derecho a conocer. La relación ya había terminado cuando ella recurrió a mí. -Nate lo miró con impotencia-. Supongo que era un hombre. Ya sabes, hoy en día…
– Sí, desde luego -lo interrumpió Stern.
Desde luego. Stern pronto desechó esa posibilidad, que había considerado por un instante.
Se dieron la mano. Cuando Nate se fue, Stern regresó al solario, donde las fotos familiares enmarcadas lo miraban desde la mesa. En un extremo había un retrato de Clara cuando era muy joven. Llevaba una blusa blanca y una falda plisada, posaba con su peinado estilo paje con una mano en la bola de la escalera central del hogar de los Mittler. La sonrisa era forzada, una mueca de esperanza para vencer una gran resistencia interna. El mundo estaba en guerra, e incluso a los trece o catorce años Clara Mittler parecía abrigar dudas acerca del futuro.
40
Stern lo había meditado durante tres días y no consideraba que el hecho fuera un robo. No legalmente. La propiedad en cuestión, la caja fuerte, estaba bajo su custodia legal, no la de Dixon. Por otra parte, el riesgo de una acusación, en todo caso, era inexistente; ni Dixon ni Silvia presentarían una denuncia. Este acto era sólo una solución expeditiva. Había abusado de la buena fe de Silvia al preguntar por la caja. Involucrarla en la devolución, dada la obstinada determinación de Dixon de no ceder ante el gobierno, le crearía una situación imposible con el marido. Esta solución era drástica y eficaz, y Dixon la merecía por su conducta. Pero mientras iba en el coche con Remo, atravesando las colinas boscosas con sus edificios de recreo y sus vestigios de fincas de terratenientes, Stern sentía una gran angustia. En veinte años ninguna aparición ante el tribunal lo había asustado tanto. Temía no poder controlar el vientre ni la vejiga, y le temblaba todo el cuerpo. ¿Y si el corpulento chófer alemán se presentaba y recurría a la violencia? ¿Si alguien avisaba a la policía y los agentes entraban pistola en mano? Stern más de una vez había imaginado a Remo y él ensangrentados y muertos.
Remo conducía jovialmente el viejo Mercury. Le gustaba su trabajo. Le había dicho a Stern que lo dejara por su cuenta, pero eso era impensable. Ante cualquier imprevisto, Stern, a pesar del embarazo, podría dar explicaciones, pero Remo lo pasaría mal. Así los riesgos -en la medida en que podía calcularlos- eran mínimos. Los Hartnell estarían en el club. Dixon en un partido de golf, Silvia bronceándose junto a la piscina, y en un domingo por la tarde nadie más estaría en casa. La cocinera y el mayordomo se iban a las dos de la tarde. El chófer se quedaba con el coche, descansando en el club mientras el tiempo fuera bueno -y el cielo aparecía totalmente despejado-, el plan no podía fallar.
Remo fumaba un cigarrillo y platicaba afablemente.
– Hace mucho que no entro en una casa. Desde que era joven. No hay tipos buenos para trabajar. Son todos chiflados. Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, un tío me consiguió un trabajo en uno de esos lugares cerca del río. Un apartamento lujoso. Derribamos la puerta. Cielos, las cosas que tenía esa gente. Magnífico material, hermoso. -Remo se besó dos dedos con los labios-. Cogimos el botín, y cuando entré en el salón, ese hijo de puta, que se llamaba Sangretti, se había bajado los pantalones y estaba cagando en la alfombra. Qué diablos. Desde entonces he sabido que todos los que roban casas hacen cosas como ésa. ¡En una casa de familia, por amor de Dios!
Stern, demasiado nervioso para responder, asintió y se sintió obligado a explicar una vez más que no se trataba de un robo. Era la casa de su hermana; se trataba de una broma entre parientes. Un destello de ironía cruzó los ojos de Remo. No necesitaba excusas, ya entendía. Todos querían cosas y hacían lo necesario. Remo era uno de esos malandrines que no se creía peor que los demás.
Al intuir esta opinión, Stern quiso hablar en su defensa. No era uno de esos abogados con cicatrices del tribunal estatal, que trabajaban sólo para «los muchachos» y recibían la paga en cocaína u obras de arte robadas. Años atrás Stern había oído hablar de uno que había pedido que le liquidaran a la esposa a cambio de sus servicios. Cuando era un abogado joven había hecho ciertas cosas por dinero, pero ya no le interesaba recordarlas. Uno de los rasgos más claros de su carácter profesional era el deseo de indicar a sus clientes que no se revolcaba en el mismo albañal que ellos. La mezquindad de esta convicción -y su dudoso fundamento- lo asaltó con turbadora y repentina claridad: otra visita a otro aspecto desagradable de su alma. Estos meses de introspección habían sido como una excursión a un espectáculo de monstruos de feria, pero la fealdad de lo que descubría no siempre se imponía a su compulsión de mirar.
Siguiendo las indicaciones de Stern, Remo enfiló por el estrecho camino arbolado que había frente a la casa de Dixon y Silvia. La casa, construida más de un siglo atrás en piedra Lannon con argamasa, se alzaba a medio kilómetro, detrás de un parque interrumpido por una cancha de tenis iluminada. Detrás de la cárcel titilaba el lago Fowler, lleno de lanchas motoras y pequeños veleros.
– Bonito -comentó Remo.
Viró y aparcó el coche de tal modo que quedó parcialmente oculto por los arbustos que crecían con exuberancia estival junto al camino. Irían por la calzada de grava, decidió Remo. En cuanto tuvieran la caja, uno de los dos acercaría el coche. Nunca hay que aparcar donde pueden cerrarle el paso a uno, explicó Remo. Stern asimiló estas lecciones en silencio y comprendió que Remo no había creído nada de lo que él había dicho acerca de la ausencia de riesgos.