Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Al final de la sexta calle, caí de rodillas sobre la grava.
La niña no había muerto en 1988.
Era una buena y una mala noticia.
Buena: Manon había sobrevivido a su asesinato.
Mala: había sido gracias al diablo.
Era una Sin Luz y había matado a su madre.
IV MANON
77
Urgente y prioritario.
Ajuste de cuentas con Stéphane Sarrazin.
El gendarme siempre había sabido que Manon estaba viva. Al ser designado para llevar a cabo la investigación del caso Simonis, debió de consultar el expediente de 1988. Pretendía que dicho expediente ya no existía, pero mentía; ahora estaba seguro. También debió de ponerse en contacto con Setton, que para entonces ya era prefecto, y con los demás investigadores. Lo sabía todo. ¿Por qué no me había dicho lo esencial?
Crucé nuevamente la frontera, con la rabia en las tripas.
Y traté de reconstruir los hechos.
Noviembre de 1988
Temiendo el acoso de los medios de comunicación, la madre y los responsables de la investigación se ponen de acuerdo para mantener oculta a la niña, que ha sobrevivido. El juez De Witt, el inspector Lamberton, el comisario Setton y los abogados cierran la boca. En cuanto al fiscal, emite algunos comunicados sibilinos para lanzar falsas pistas y luego, nada más.
El sumario se mantiene en secreto.
Diciembre de 1988
Sylvie Simonis pasa por un período de intensa confusión. Acaba de matar a su propia hija para destruir el diablo que estaba en ella, pero la niña ha sobrevivido. ¿Qué puede pensar? Lo presiento: cristiana, Sylvie ve en esta resurrección una intervención de Dios. Es la historia de Abraham. Yahvé no ha querido que sacrifique a su hija. Sylvie da otra oportunidad a Manon. Sin duda, el milagro ha purificado su alma y ha expulsado a la Bestia.
Veía claramente la continuación, sobre un fondo de plegarias y escondrijos. Sylvie había criado a Manon en secreto, en algún lugar de los valles del Jura. O en otro sitio. En ese momento, un detalle cobraba sentido: las transferencias a una cuenta suiza durante catorce años. No iban destinadas ni a un chantajista ni a la misma Sylvie. ¡Eran para los tutores de su hija! ¿Quiénes eran? ¿Manon había vivido en Suiza? ¿Había conservado su verdadero nombre?
Sarrazin. Más le valía empezar a cantar.
Me había dado su dirección particular. No vivía en el cuartel de Trepillot sino en una vivienda aislada, en la salida sur de Besançon. La casa pertenecía a una aldea: Les Mulots. Sarrazin me había hablado de un chalet apartado. Rodeé el pueblo y localicé el cartel.
En la pequeña hondonada, a un lado de la carretera, el tejado de madera parecía flotar en la oscuridad.
Me detuve cincuenta metros antes de llegar, al abrigo de las miradas, y cogí mi bolsa. También cogí la pistolera, saqué las piezas de la Glock 21 y monté el arma tan rápido como me fue posible. Introduje un cargador de balas Arcane y dejé la pistola dispuesta para disparar. Sopesé el artilugio. Aunque estaba fabricada con polímeros, era más pesada que la 9 mm Parabellum. Una automática compacta, letal, que correspondía exactamente a mi estado de ánimo.
Eran las dos de la mañana; esperaba sorprender a Sarrazin durmiendo y poner las cosas en su sitio.
Salí del coche sin hacer ruido, con el arma en la mano. El chaparrón había cesado. La luna reaparecía, afilando sus reflejos sobre el asfalto mojado. Bajé hacia el chalet y me detuve en el umbral. La puerta de entrada estaba abierta: un charco de lluvia penetraba por el resquicio. Mal presagio. Evité el agua y me deslicé en el interior, en estado de alerta máxima. Después del vestíbulo, un salón rectangular con tres ventanas. Una voz interior me prevenía del desastre pero prefería no escucharla.
Llamé.
– ¿Sarrazin?
No hubo respuesta. Pasé por la cocina, por un dormitorio perfectamente ordenado y encontré la escalera. Tiritaba de pies a cabeza, con el agravante de que mi ropa estaba mojada.
– ¿Sarrazin?
Ya no esperaba respuesta. Aquel lugar apestaba a muerte.
Otro pasillo al final de los escalones. Una habitación. La de Sarrazin, seguramente. Eché un vistazo. Vacía, impecable. Recuperé la esperanza. ¿Tal vez el tipo se había marchado a alguna misión?
Me respondió un ruido.
Moscas, a mis espaldas. En cohortes.
Seguí a los insectos, que se agrupaban al final del pasillo, alrededor de una puerta entreabierta. El baño. Las moscas zumbaban aglutinándose en torno a los goznes. El olor a podredumbre era ahora claramente perceptible. Me acerqué. Desenfundé el arma, contuve el aliento y empujé la puerta con el codo.
La fetidez de la carne en descomposición me saltó a la cara. Stéphane Sarrazin estaba acurrucado dentro de la bañera llena de agua marrón y estancada. Su torso sobresalía de la superficie; la cabeza estaba echada hacia atrás en una forzada postura de dolor. Su brazo derecho pendía en el exterior, evocando La muerte de Marat de David. Encima del alicatado los regueros de sangre parecían formar un dibujo, pero los reflejos de la luz de la luna salpicaban la cerámica. Encontré el interruptor.
Luz cruda sobre el horror. Sarrazin no tenía rostro; estaba despellejado desde las cejas hasta el mentón. Los dedos de su mano estaban quemados. Su busto estaba abierto desde el esternón hasta el pubis, que en medio de la sombría marea se adivinaba profundamente hendido. Las vísceras caían sobre su costado y sus piernas dobladas; el agua parecía profundamente negra. Por encima, las moscas revoloteaban en los vapores que emanaban del cuerpo.
Retrocedí. Mis temblores se transformaron en espasmos y ya no hallaba en mí la necesaria concentración ni la agudeza para analizar la escena del crimen. Solo deseaba una cosa: largarme. Pero me obligué a seguir mirando.
Cerca de la bañera encontré un resto inequívoco: el sexo de Sarrazin. El asesino lo había castrado. Al haberme alejado pude ver mejor las manchas sobre la pared de azulejos. Componían una frase, con letras de sangre; el asesino había utilizado el sexo de la víctima como pincel.
En letras mayúsculas, había escrito:
solo tú y yo
La escritura era la misma del confesionario.
Y estaba seguro de que el mensaje, una vez más, iba dirigido a mí.
78
Me alejé de Besançon a toda velocidad. Una única idea en la mente: el asesino solo podría expiar sus crímenes con su sangre. En adelante, reinaba la ley del talión. Ojo por ojo. Sangre por sangre.
En un pueblo dormido, encontré una cabina telefónica. Me detuve y llamé al Centro Operativo de la Gendarmería de Besançon. Llamada anónima. Otro nombre para la necrología del expediente. Casi una rutina.
Luego, a fondo por la carretera.
Mis pensamientos viraban hacia la pura pesadilla. El diablo quería que yo siguiera su huella; únicamente yo. Y me esperaba en algún lugar del valle del Jura, yo protejo a los sin luz. Un diablo que velaba por sus criaturas y que las vengaba de la peor manera; había eliminado a Sarrazin, un investigador demasiado curioso.
Un hotel, urgente.
Una habitación, un lugar seguro donde rezar por la salvación del gendarme y quizá, dormir unas horas. Al borde de la carretera vi un edificio rematado por un neón apagado. Frené. Era efectivamente un hotel, anodino, engullido por la hiedra. Un dos estrellas para viajantes de comercio.
Desperté al hotelero, que me acompañó a mi habitación. Me desnudé, me metí bajo la ducha y luego, en calzoncillos, recé en la oscuridad. Recé una y otra vez por Sarrazin. Pero no conseguía borrar mis sospechas. A pesar de su agonía, a pesar de nuestro acuerdo, sospechaba todavía que había una vertiente oculta en el gendarme. El famoso treinta por ciento de culpabilidad.