Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– El diablo actuó cuando la pequeña se hundió en el coma.
– ¿Cómo lo sabe?
Nuevo silencio. Otro gesto sobre la frente.
– Tenía mis sospechas desde el principio.
– ¿Qué sospechas?
Suspiró como si tuviera que iniciar una explicación muy compleja.
– Se lo repito: dirigí la Oficina durante veinticinco años. Conozco los engranajes de la ciudad, las redes que la gobiernan. Las asociaciones que organizan las peregrinaciones. Algunas de ellas tienen mala reputación.
Mencioné la unita16. Al oír ese nombre, Bucholz asintió.
– Había rumores. Se murmuraba que en esa organización a veces se consolaban las ilusiones perdidas de una manera un poco particular. Pasado cierto umbral de desesperación, el ser humano está dispuesto a escucharlo todo. A probarlo todo.
– ¿Tanto como llamar al diablo?
– Unos elementos podridos, absolutamente podridos de la unita16 se aprovechaban de ciertas miserias para proponer ese recurso. Misas negras, invocaciones, no lo sé con exactitud.
La advertencia del enigmático sacerdote: «En las tinieblas hay varios frentes». Por el momento, yo contaba tres. Los Sin Luz y sus asesinatos por influencia externa. Mis asesinos, que parecían proteger la puerta del limbo. Y ahora los que estafaban con el más allá, comerciantes de milagros negros.
– ¿Cree que los padres de Agostina se dejaron convencer?
– La madre; el padre, no. Él no creía en nada. Ella creía en todo.
– ¿Ella pagó una misa negra?
– Estoy seguro.
– ¿Y esa vez la llamada fue escuchada?
Abrió las manos y luego las cerró, como el telón de un teatro.
– Es posible imaginar, frente al espíritu de amor, una antifuerza; del mismo modo que existe una antimateria en el universo. Ese poder a contracorriente es el que actuó sobre Agostina. Una superestructura de odio, de vicio, de violencia, que hizo retroceder la enfermedad y la salvó. A eso se le puede llamar el «diablo». Se le puede dar cualquier nombre. El ángel caído, malvado, que acosa a nuestra civilización cristiana, es solo el símbolo de esa energía viciada.
– Cuando Agostina despertó del coma, nada en ella indicaba que estuviera poseída.
– Es cierto. Pero yo sabía que Lourdes y Nuestro Señor no tenían nada que ver. Me olía la conjura. Desconfiaba de la personalidad de la madre, ignorante, supersticiosa. También estaba la unita16, que olía a azufre.
– ¿Interrogó usted a la niña?
– No. Pero vi crecer a Agostina. Vi cómo la serpiente alcanzaba la plenitud.
– ¿De qué manera?
– Por algunos detalles de su conducta. Ciertas palabras. Determinadas miradas. Agostina parecía un ángel. Rezaba. Acompañaba a los enfermos a Lourdes. Pero todo era falso. Una cortina de humo. El diablo estaba en ella. Se desarrollaba como un cáncer.
El doctor Bucholz me parecía un loco de remate.
– ¿Ha oído usted hablar de los Sin Luz?
Soltó una carcajada grave.
– ¡El secreto mejor guardado del Vaticano!
– Pero ha oído hablar de ellos.
– ¿Veinticinco años en Lourdes le dicen algo? Soy un viejo centinela. Los Sin Luz, el Juramento del Limbo…
– ¿Cree usted que Agostina hizo un pacto con el demonio?
Abrió nuevamente las manos.
– Tiene que comprender un principio básico. El diablo espera hasta el último momento para aparecerse a sus víctimas. Espera la muerte. Solo en ese instante las rescata. Todo sucede en el limbo, cuando la vida ya no está presente pero la muerte todavía no ha cumplido con su tarea. Ahora bien, cuanto más tiempo se mantiene al sujeto entre las dos orillas, más profundo e intenso será su intercambio con el diablo. En el caso de las NDE positivas el principió es el mismo. Cuanto más larga sea la experiencia, más precisos serán los recuerdos. Y mayor la conmoción de la vida de ahí en adelante.
– ¿Agostina sufrió una muerte clínica?
– Sí. La última noche, pasó de la vida al óbito.
– ¿Cómo lo sabe?
– Su madre me llamó.
– ¿Lo llamó a usted, que estaba a mil kilómetros?
– Confiaba en mí. Era el único médico que había ido a verlos a su casa, en Paterno. Escúcheme. -Juntó las palmas-. Agostina había muerto. Según mis informaciones, su corazón debió de dejar de latir durante por lo menos treinta minutos. Eso es excepcional. El diablo la marcó en ese momento. Profundamente.
– Pero ella no le dijo nunca nada.
– Nunca.
Había ido hasta allí para aclarar el milagro maléfico de Agostina. Estaba bien servido. A su manera, el hombre seguía una lógica impecable.
– ¿Comentó con alguien esas conclusiones? -pregunté.
– Con todo el mundo. La resurrección de Agostina no es un milagro. Es un escándalo en el sentido etimológico del término. Del griego skandalon: un obstáculo. Una abominación. Agostina, por sí misma, es un obstáculo para el amor. ¡La prueba física de la existencia del diablo! Se lo dije a todo aquel que quiso escucharme. De ahí mi jubilación anticipada. Incluso entre los cristianos, las verdades no siempre caen bien.
Su razonamiento era irreprochable, pero Bucholz era un personaje extravagante que había terminado por convencerse de sus propias hipótesis. Observándome por el rabillo del ojo, pareció intuir mi escepticismo.
– Conozco otro caso -añadió-. Una pequeña que estuvo todavía más tiempo en el fondo del limbo.
Contuve el aliento.
– Una historia aterradora -prosiguió-. ¡La niña estuvo más de una hora sin dar señales de vida!
Saqué mi libreta.
– ¿Su nombre?
Pierre Bucholz abrió la boca pero se calló. Acababan de dar un golpe en el cristal.
Se quedó inmóvil durante un segundo y luego se derrumbó encima de la mesa baja.
La espalda empapada de sangre.
Eché una mirada hacia la cristalera. Vi la marca de un disparo en forma de diana. Me tiré al suelo. Un nuevo plop sonó. La cabeza del perro estalló. Su cerebro se desparramó sobre el canapé. Al mismo tiempo, el cuerpo de Bucholz cayó al suelo, junto con la colección de jarras de cerveza de Fátima posadas sobre la mesa baja.
Los licores de los monjes explotaron salpicándolo todo. Las estatuillas de la Virgen y de Bernadette quedaron reducidas a polvo. Las velas, los vasos de metal, estallaron. Pegado al suelo, me arrastré bajo la mesa. La casa se hundía, sin huellas de ninguna deflagración. Las cristaleras se hicieron añicos. Los sofás, el canapé, los cojines, salieron despedidos y luego rebotaron, destripándose. Las cómodas y los armarios cedieron, reventándose y dispersando su contenido.
Pensé: «Un francotirador. Silencioso. Mi segundo asesino». Por fin íbamos a poder saldar cuentas. Esa idea me infundió una energía inesperada. Me aventuré a asomar la cabeza mirando la cristalera hecha añicos, para deducir el ángulo de tiro del agresor. Estaba situado en la cima de la colina desde la que se divisaba la casa. Me maldije; una vez más, no llevaba mi pipa. Y no podía arriesgarme a caminar al descubierto hasta el coche.
Arrastrándome bajo las balas, salí de mi escondite y pasé a la cocina, que estaba a mi izquierda. Cogí el cuchillo más grande que pude encontrar y localicé la puerta trasera.
Salí de la casa por el lado de los campos, listo para el duelo.
Un duelo irrisorio.
Un tirador de élite contra un matarife.
Un fusil de asalto contra un cuchillo de cocina.
74
Repté por el jardín y observé la ladera. No había manera de divisar al hombre camuflado, ni siquiera de ver el reflejo de la mirilla del fusil -hoy en día las miras ópticas están fabricadas con polímeros y el vidrio de precisión está tintado-. Sin embargo, buscaba una señal, un indicio, observando cada monte bajo, cada matorral en lo alto de la colina.
Nada.
Al abrigo de una quebrada, agachado entre las hierbas, inicié el ascenso. Cada cincuenta pasos me asomaba por el flanco del abismo y miraba con la mano en visera. Seguía sin ver nada. Sin duda, el tirador estaba agazapado bajo una alfombra de ramas y de hojas, vestido con un traje de camuflaje. Quizá incluso había construido pacientemente un puesto de tiro, al estilo de los francotiradores de Sarajevo.