Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Pisé a fondo hacia Lourdes; luego me dirigí hacia el norte por la D940 y tomé la autopista, la Pyrénéenne. De camino, llamé a los gendarmes desde una cabina telefónica, para que pusieran al día sus estadísticas necrológicas.
Al volante de mi coche, murmuré una oración. Esta vez, para mí. El Miserere, salmo 51 de David. Mi mente, destrozada, tenía más agujeros que un queso gruyer y no conseguía recordar el texto completo. Pero muy pronto, la investigación, con sus muertos, sus interrogantes, sus grietas, volvió a atraparme. Pensé en Stéphane Sarrazin. No me había puesto en contacto con él desde Catania y me había dejado tres mensajes el día anterior.
Debía haberlo llamado en cuanto descubrí la identidad de Cazeviel. ¿No era el más indicado para exhumar el pasado del criminal? Con Moraz, el gendarme ya tenía trabajo para rato. Marqué su número. Contestador. No dejé mensaje, movido por un reflejo de prudencia, y volví a mis elucubraciones.
Seguía por la autopista. Decidí, una vez más, revisar la situación de mis tres expedientes criminales y compararlos.
Mayo de 1999.
Raïmo Rihiimäki mata a su padre según el método llamado de los «insectos».
Una venganza en caliente, inspirada por el diablo.
Abril de 2000.
Agostina Gedda mata a su esposo, Salvatore, con el mismo método.
Una venganza a sangre fría, también inspirada por el demonio.
Junio de 2000.
Sylvie Simonis es sacrificada según el mismo ritual.
Una venganza más.
La del homicidio de una niña poseída, catorce años atrás.
El único problema era que la niña estaba muerta y enterrada desde hacía catorce años.
No podía haber cometido el crimen.
¿Quién era el Sin Luz del caso Simonis?
¿Quién era el homicida que volvía del limbo, inspirado por Satán?
Frené en seco en plena autopista y me metí en el arcén. Apagué el motor y, a mi pesar, me agarré la cabeza. La respuesta era obvia pero tan demencial, tan desmesurada, que nunca se me habría ocurrido aventurar semejante hipótesis.
Ahora, una pequeña voz me susurraba que probara, solo por intentarlo.
En Sartuis, había algo que nunca había visto y que, precisamente por su ausencia, debería haberme sorprendido.
En ningún momento había tenido en mis manos una prueba tangible de la muerte de Manon Simonis. Censura de los magistrados, discreción de los investigadores, desconocimiento de los periodistas. En todo caso, nunca había visto ni la sombra de un certificado de defunción o de un informe de autopsia.
¿Y si Manon Simonis no hubiera muerto?
Puse primera y aceleré, las ruedas derraparon, dejando restos de caucho sobre el asfalto. Diez kilómetros más adelante, encontré la salida a Pau. Pagué el peaje y di media vuelta en medio de un chirrido de los neumáticos.
Dirección Toulouse.
Primera etapa para cruzar Francia.
Una carrera nocturna para llegar a Sartuis.
76
A medianoche estaba en Lyon. A las dos, en Besançon. A las tres entraba nuevamente en Sartuis, la ciudad de los relojes parados. Cerca de los valles del Jura, había caído un aguacero sobre la carretera. Ahora, el agua corría sobre los tejados, hinchaba los canalones, formaba torrentes a lo largo de las aceras. La arteria principal parecía ladearse, tambalearse en el vacío de la noche como si fuera una cuba.
Encontré la plaza principal y, con ella, el ayuntamiento. Edificio moderno sin alma ni pasado que se hundía en el barro de la tormenta. Hice el camino a pie, arrastrando hojas muertas y pisando charcos de agua hasta la casa del portero.
Golpeé a la ventana enrejada. Los ladridos de un perro resonaron. Al cabo de dos largos minutos, la puerta se entreabrió. Un hombre me lanzó una mirada estupefacta. En medio del estrépito de la lluvia grité:
– ¿Es usted el conserje del ayuntamiento?
El hombre no contestó.
– Usted es el portero, ¿sí o no?
El perro no cesaba de ladrar. Me alegré de que ese tipo no hubiera abierto la puerta completamente.
– ¿No ha visto qué hora es? -gruñó por fin-. ¿Qué pasa?
– ¡Joder! Tiene usted las llaves del ayuntamiento, ¿sí o no?
– ¡Si sigue hablándome así soltaré al perro! Soy funcionario del ayuntamiento. Hago dos rondas por noche y se acabó.
– Coja las llaves. Es hora de salir a dar una vuelta.
– ¿A santo de qué?
Le puse mi identificación debajo de la nariz.
– Yo también soy funcionario.
Cinco minutos más tarde, el hombre estaba a mi lado vestido con una enorme parka con capucha. Llevaba una linterna en la mano.
– He dejado el perro dentro. ¿Lo necesita?
– No. Solo debo consultar unos ficheros. Dentro de una hora volverá a estar en la cama.
Al cabo de unos segundos ya estábamos en el corazón del edificio. Avanzamos por los pasillos como por la cala de un buque, con los tímpanos a punto de estallar por el fragor del viento y la lluvia.
– ¿Qué busca, exactamente?
– El registro civil. Defunciones.
– Habrá que subir al primero.
Una escalera, otro pasillo; luego, el hombre dirigió el haz de luz hacia una puerta. Una llave y accedimos a una sala grande, atravesada por los relámpagos oblicuos de la tormenta.
Accionó el interruptor. La estancia parecía una biblioteca. Unas estanterías de metal formaban varios pasillos donde se alineaban unos expedientes amarillentos. A la izquierda, un único escritorio presidía el lugar. Encima, un ordenador nuevo y flamante.
– ¿Sabe usarlo? -pregunté.
– No. Tengo un perro. Hago las rondas y se acabó.
Me volví hacia las estanterías.
– ¿Estos son los archivos?
– ¿Y a usted qué le parece? ¿La cafetería?
– Me refiero a si se conservan todavía las copias en papel de cada certificado.
– Ni idea. Todo lo que puedo decirle es que esos capullos se pasan la vida enterrados en sus papelajos y…
Recorrí algunos pasillos y observé los expedientes. Nacimientos, matrimonios, defunciones; allí estaba todo. Una pared estaba dedicada a los desaparecidos; desde el período de la posguerra hasta la fecha. Rápidamente, encontré los años ochenta.
Cogí la carpeta «1988» y hojeé las fichas hasta noviembre. Ningún certificado a nombre de Manon Simonis. Mis manos temblaban. Estaba sudando. Mes de diciembre. Nada. Volví a colocarlo todo en su lugar.
Un ruido blanco resonó en mi interior.
Comprobar otro detalle.
Por la noche, Le Locle parecía más salvaje aún que Sartuis. Una gran avenida tipo ciudad del Far West, con edificios búnker azotados por la lluvia. Y la voz del padre Mariotte, en el fondo de mi mente, explicándome que Manon había sido enterrada al otro lado de la frontera.
– Su madre quiso evitar los medios de comunicación, el escándalo.
El cementerio se situaba al final de la ciudad. Aparqué el coche, cogí mi linterna y tomé el sendero de pinos. Escalé la reja y caí en un charco, del otro lado.
La muerte hace iguales a los hombres. Los cementerios también. Las lápidas, las cruces; cerrojos de piedra que lo sellan todo: las vidas, los destinos, los nombres. Avancé y consideré la tarea: seis calles que daban por ambos lados a varias decenas de tumbas. Calculando por lo bajo, tendría que revisar trescientas o cuatrocientas lápidas.
Cogí el primer sendero, linterna en mano. La lluvia caía tan fuerte que parecía un torrente. El viento golpeaba por ráfagas, por delante, por detrás, por los lados, con la violencia de un boxeador que se encarniza con un contrincante que está contra las cuerdas, sin la menor posibilidad de ganar.
Primera calle: ninguna Manon Simonis.
Segunda calle: ninguna Manon Simonis.
Tercera, cuarta, quinta: Manon no aparecía.
La luz de la linterna se deslizaba sobre las cruces, sobre los nombres; era como una cuenta atrás que me llevaba hacia una verdad alucinante. ¿Cuánto hacía que lo había comprendido? ¿Cuántos segundos habían pasado desde que mi hipótesis se había transformado en una certeza absoluta?