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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Los pasos sobre las piedras, los jadeos del perro. La puerta se abrió. Inmediatamente, presentí que el doctor Pierre Bucholz iba a ocupar el primer puesto en la dilatada lista de lunáticos que había conocido hasta entonces. Alto, fornido, llevaba una chaqueta de patas de gallo con coderas y un pantalón negro de lana. En la sesentena, un rostro de frente alta, despejada, que le daba el aspecto de una gran piedra gris; lucía una austera barba. Sus rasgos crispados estaban coronados por unos ojos de zumbado, penetrantes, brillantes. La mirada de un inquisidor contemplando las crepitantes hogueras.

– ¿Qué quiere? -gritó.

Hablaba como si me encontrara a una decena de metros de él. En realidad, estaba tan cerca que acababa de recibir una lluvia de saliva. Le expliqué el motivo de mi visita. Se agarró al marco del portal con un movimiento teatral; luego, masajeándose el corazón con la otra mano, murmuró:

– Agostina… Esa tragedia…

Esquivé al perro, un moloso de pelo corto, y seguí al médico hasta su antro. La casa negra estaba horadada por ventanales con las juntas desencajadas. El conjunto tenía más de mobil home que de wooden house de arquitecto.

Bucholz se detuvo para quitarse los zapatos y ponerse unas pantuflas. Le propuse descalzarme. La idea pareció agradarle, pero finalmente cambió de idea y solo cogió mi gabardina. El vestíbulo contaba con un paragüero, un perchero y todo lo necesario para el perfecto cazador: botas, impermeable, sombrero de fieltro. El fusil de perdigones no debía de andar lejos.

El médico hizo un gesto señalando el salón. Descubrí una decoración sobrecargada. Madera negra, de nuevo, pero sobre todo innumerables chismes, efigies de la Virgen, de Cristo, de santos. Rosarios expuestos en una vitrina. Sobre cada mueble, cruces, vasos de metal, cirios. Un olor a humo frío provenía de la chimenea apagada.

– Siéntese.

La invitación no admitía ninguna discusión. El perro nos había seguido. Plácido, parecía acostumbrado al megáfono que hacía las veces de amo. Atravesé con cuidado la proliferación de objetos y me instalé en el canapé, mirando hacia la puerta cristalera. Bucholz se inclinó sobre una mesa con ruedas, en la que tintinearon las botellas.

– ¿Quiere beber algo? Tengo chartreuse, licor de cerezas fabricado por los dominicos, calvados de los padres de la capilla de Mondigeon, un excelente aguardiente de la abadía de…

– Se lo agradezco. Para mí es un poco temprano.

Observé un catecismo de 1992 sobre la mesa baja, señal de que no estaba en casa de un cristiano de la nueva tendencia; no era alguien que militara por el matrimonio de los sacerdotes precisamente. Se hundió en un sofá frente a mí y colocó las manos sobre las rodillas.

– ¿Qué desea saber?

Opté por no ir directamente al grano.

– Primero, me gustaría conocer su opinión.

– ¿Sobre qué?

– Sobre el fenómeno del milagro en general. ¿Cómo lo explica?

Su suspiro estuvo a punto de hacer vibrar los cristales.

– Me pide usted que le resuma veinticinco años de mi vida. ¡Y cincuenta de fe!

– Pero ¿existe alguna explicación científica?

– Como médico, créame, mi mayor interés es llegar a comprender el proceso interno de la curación. He visto tantas…

Busqué un cenicero con la mirada. En vano. No merecía la pena preguntarle si podía fumar. Bajo el olor de la chimenea, de los efluvios de cera y de los productos con lejía, se adivinaba un maníaco de la limpieza. Bucholz prosiguió:

– Se habla siempre de la sesentena de milagros reconocidos por la Iglesia pero… ¡Eso es solo una parte de las curaciones registradas por la Oficina de Constataciones Médicas! Según usted, ¿cuántos milagros se han registrado desde las apariciones de la Virgen?

– No sé.

– Diga una cifra.

– Sinceramente, no tengo la menor idea. ¿Quinientos?

– Seis mil. Seis mil casos de remisión espontánea, sin la menor explicación.

– ¿Es un efecto del agua?

Negó con violencia. A través de sus gestos se manifestaba una especie de rencor agresivo. Me hacía pensar en un sacerdote que ha colgado los hábitos o en un militar degradado.

– El agua no tiene ningún poder -dijo-. Ha sido analizada. Nada.

– ¿La influencia espiritual del sitio? ¿Un proceso psicológico?

Barrió el aire con su gran mano moteada de manchas:

– No. Cerramos el caso a la menor sospecha de histeria o de enfermedad psicosomática.

– ¿Entonces?

– Después de veinticinco años de experiencia -dijo en voz más baja-, me he formado una opinión.

– Lo escucho.

– Es un problema de llamada y de energía. Detrás de cada milagro, antes que Lourdes, antes que el agua, hay una llamada. Una plegaria. Una esperanza. A veces, la de una familia. Otras, la de toda una aldea. Esa gente concentra una formidable fuerza de amor, que actúa como un imán. Esa fuerza atrae a un poder superior, de orden cósmico, pero de la misma naturaleza. Ese poder bienhechor es lo que los cura. Es otra manera de decir que Dios ha escuchado la llamada.

Nada nuevo bajo el sol. Subrayé:

– Detrás de cada peregrino existe siempre una plegaria, una esperanza.

– Estoy de acuerdo. Y no puedo explicar la selección divina. ¿Por qué un sujeto y no otro? Pero de vez en cuando, el imán funciona. La plegaria desencadena el… magnetismo divino.

– ¿El agua de la fuente no cumple ninguna función?

– Quizá la de un conductor -admitió-. La energía a la que me refiero sería comparable a una electricidad transmitida por el agua de Lourdes. ¿Es usted cristiano?

– Practicante.

– Muy bien. Entonces sin duda comprende a qué me refiero. Esa fuerza no es un prodigio, una energía sobrenatural. Hoy en día, hasta los astrofísicos de mayor relevancia han llegado a esta conclusión. ¿Qué hay detrás de los átomos? ¿Quién los orienta, los ordena? Conocemos las cuatro fuerzas elementales que han presidido la creación del universo: las dos fuerzas nucleares, esto es, la «fuerte» y la «débil»; la fuerza de gravedad y la fuerza electromagnética. Podría ser que existiera una quinta fuerza: el espíritu. Cada vez con más frecuencia, los científicos formulan la hipótesis de que semejante poder actúa detrás de la organización de la materia. Para mí, ese espíritu es el amor. ¿Qué tiene de increíble imaginar que cada tanto esa fuerza reconoce a uno de nosotros, se focaliza para prestar ayuda a un simple mortal?

Era hora de entrar en el meollo de la cuestión.

– ¿Es eso lo que sucedió con Agostina?

Se incorporó bruscamente:

– En absoluto. No es ese el poder que salvó a la pequeña.

– ¿Existiría otro, además?

Una sonrisa infundió calidez a su semblante de iluminado.

– Una versión corrupta. Una fuerza negativa. El mal. Agostina Gedda fue salvada por el diablo. -Blandió un dedo amenazador-. ¡Lo supe siempre! No tuve que esperar que ella matara a su marido para reconocer su naturaleza maléfica.

No dije nada. Solo tenía que esperar que prosiguiera. Bucholz se pasó la mano por la frente.

– Su visita a Lourdes no había dado resultado. Era evidente. Cuando hay curación, es espontánea. O tiene lugar pocos días después de la inmersión. En el caso de Agostina no pasó nada. La gangrena continuó su progresión.

– ¿Usted hizo un seguimiento del caso?

– Apreciaba a esa niña. Antes de pasar por las piscinas, es obligatoria una visita a la Oficina Médica. Una niña de once años en silla de ruedas, que se estaba pudriendo a ojos vista; me conmovió. Al mes siguiente, en julio, yo mismo hice el viaje para confirmar el diagnóstico. No había esperanzas.

– Sin embargo, Agostina se curó unas semanas más tarde.

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